La mujer de gris, que se hacía llamar Cassiel, no caminaba por las calles; parecía deslizarse a través de ellas. Evelyn la seguía por el distrito financiero, un laberinto de cristal y acero que, bajo la mirada de su nueva mentora, empezaba a distorsionarse.
—La mayoría de los humanos ven edificios —dijo Cassiel, deteniéndose frente a un rascacielos de espejos—. Los de nuestra clase vemos prisiones. Daniel intentó convertir el arte en una ventana, pero el sistema prefiere los espejos. En un espejo solo te ves a ti mismo, y eso te mantiene ciego a la verdad.
Evelyn observó su reflejo en el cristal. Por un segundo, su imagen no le devolvió su rostro, sino una silueta compuesta de hilos dorados, la misma geometría que Daniel había pintado.
—¿Qué estamos buscando aquí? —preguntó Evelyn, sintiendo que el cuaderno de bocetos vibraba en su bolso.
—Buscamos la "Resonancia" —respondió Cassiel—. Daniel no desapareció porque sí. La realidad lo expulsó porque su frecuencia era demasiado alta para este plano. Pero dejó fragmentos. Como un espejo roto, cada pedazo conserva una parte de la imagen original.
De repente, Cassiel tocó el cristal del edificio. El vidrio no se rompió; se onduló como el agua. Al otro lado de la superficie, la ciudad no era de cemento, sino de luz blanca y sombras puras. Era la versión "sin editar" de la realidad.
—Entra —ordenó Cassiel—. Si quieres encontrar el rastro de Daniel, tienes que dejar de confiar en tus ojos humanos.
Evelyn dudó un segundo, pero recordó la pluma blanca y el calor del beso que desafió a la eternidad. Dio un paso hacia adelante y atravesó el espejo.
El mundo al otro lado era abrumador. El ruido de la ciudad fue reemplazado por un coro de susurros constantes. Los edificios eran transparentes, revelando las "corrientes de energía" que los sostenían. En el centro de la plaza, donde Daniel había luchado contra las sombras, Evelyn vio algo que la hizo caer de rodillas.
No era Daniel, pero era su huella: una columna de fuego blanco que se alzaba hacia el cielo, invisible para cualquiera en el mundo exterior. Era el ancla que él había dejado para no perderse del todo en el olvido.
—Él está ahí —dijo Evelyn, señalando la base de la columna.
—No —corrigió Cassiel, apareciendo a su lado—. Eso es solo su eco. Pero ese eco está siendo cazado. Mira.
Desde las sombras de los edificios transparentes, empezaron a emerger figuras vestidas de negro, similares a los hombres de negocios que Evelyn veía todos los días, pero sus rostros eran pantallas en blanco. Eran los Arquitectos del Olvido, los encargados de "limpiar" las anomalías como Daniel.
—Están tratando de borrar el ancla —susurró Evelyn, viendo cómo los Arquitectos rodeaban la columna de luz con cables de sombra.
—Si borran esa luz, Daniel nunca podrá volver. Y tú, Evelyn, perderás la parte de ti que despertó esa noche.
Evelyn apretó el cuaderno de bocetos. Sintió una rabia que no era suya, sino una herencia del guerrero que la amó. No era una víctima; era la guardiana de un recuerdo que el universo quería destruir.
—¿Cómo los detengo? —preguntó, mientras su mano empezaba a emitir un tenue brillo argénteo.
—Usa el arte, Evelyn. No como Daniel lo hacía, para esconderse, sino como un arma para reclamar tu espacio.
En la ciudad de los espejos, Evelyn se dio cuenta de que el "Precio del Olvido" aún no se había pagado del todo. Ella era la última línea de defensa entre la luz de un ángel y el silencio absoluto de la nada.