El Despertar: La Herencia De La Luz

Capítulo 26: El Idioma de los Ángeles

La Ciudad de los Espejos vibraba con una estática que hacía que los dientes de Evelyn castañearan. Los Arquitectos del Olvido ya habían comenzado a conectar sus cables de sombra a la columna de luz de Daniel. Cada vez que una de esas fibras negras tocaba el resplandor blanco, un grito silencioso resonaba en la mente de Evelyn, como si estuvieran rasgando su propia memoria.

—No saben hablar, pero entienden la estructura —dijo Cassiel, retrocediendo hacia las sombras—. Si quieres salvar ese eco, tienes que romper su lógica.

—¿Cómo? —preguntó Evelyn, abriendo el cuaderno de bocetos. Las páginas pasaban frenéticamente bajo un viento invisible—. No sé luchar, no tengo alas.

—Tienes algo mejor: tienes la voz que él te dio. Daniel te amó en el idioma del origen. Ese idioma no se habla con la lengua, sino con la voluntad. Dibuja el sonido, Evelyn.

Evelyn observó a los Arquitectos. Se movían con una eficiencia mecánica, rodeando la luz como si fueran operarios reparando una avería en el tejido del universo. Para ellos, la luz de Daniel era solo ruido que debía ser silenciado.

Ella cerró los ojos y recordó la primera vez que vio a Daniel pintar. Recordó el sonido del pincel contra el lienzo, un sonido que en su momento le pareció mundano, pero que ahora recordaba como una nota musical perfecta. Recordó las palabras de Daniel: "La luz no necesita permiso para brillar".

Evelyn metió la mano en su bolso y sacó un carboncillo que Daniel había usado meses atrás. Al tocarlo, el carboncillo se encendió con una llama azul que no quemaba.

Se arrodilló en el suelo de cristal de la ciudad espejo y, con un movimiento fluido y desesperado, trazó un círculo alrededor de sí misma y de la columna de luz. No era un círculo perfecto; era una línea cargada de emoción, de dolor y de una fe que quemaba.

Fiat Lux —susurró ella, no porque supiera latín, sino porque la palabra emergió de su sangre como un recuerdo ancestral.

En cuanto terminó el trazo, la línea en el suelo se elevó como una muralla de fuego blanco. Los Arquitectos del Olvido se detuvieron en seco. Sus rostros de pantalla parpadearon con estática violenta. El idioma de los ángeles, manifestado a través de una mano humana, era un veneno para su lógica fría.

Uno de los Arquitectos intentó atravesar la línea, pero su brazo se desintegró en píxeles negros al contacto con el dibujo de Evelyn. Ella sintió una descarga de energía que casi la hace perder el conocimiento, pero se mantuvo firme.

—Este lugar no les pertenece —gritó Evelyn, y su voz tuvo el mismo eco polifónico que Daniel solía tener cuando perdía el control—. ¡Él no es una anomalía! ¡Él es la verdad!

La columna de luz reaccionó a su voz. El resplandor se intensificó, expandiéndose y rompiendo los cables de sombra como si fueran hilos de seda. Por un instante, en el centro del fuego blanco, Evelyn vio una silueta: la figura de Daniel, de espaldas, sosteniendo el universo sobre sus hombros.

Él no se giró, pero ella sintió un pensamiento cruzar su mente como una caricia: "Sigue escribiendo, Alba".

La explosión de luz fue tan fuerte que la Ciudad de los Espejos se agrietó. Evelyn sintió que caía hacia atrás, atravesando capas de realidad, hasta que el suelo duro del distrito financiero la recibió de vuelta en el mundo real.

Se encontró sentada frente al rascacielos de espejos. Cassiel ya no estaba. La gente pasaba a su lado, ignorándola, pero Evelyn miró su mano: el carboncillo se había convertido en un cristal transparente.

Había aprendido la primera lección: la realidad es un lienzo, y ella acababa de aprender a sostener el pincel.




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