Malakai dio un paso al frente, y la esfera de luz negra que sostenía pareció devorar los últimos restos de claridad de la fundición. Sus ojos, a diferencia de los de Daniel, no brillaban con estrellas; eran pozos de una nada absoluta que amenazaba con succionar la voluntad de cualquiera que lo mirara fijamente.
—Daniel fue un ingenuo al dejar su esencia en manos de una mortal —dijo Malakai, rodeando a Evelyn como un depredador—. Él creía que tu memoria lo mantendría vivo, pero la memoria es una prisión de cristal. Solo hace falta un golpe para que todo desaparezca.
Evelyn sintió que el frío de Malakai empezaba a entumecer sus dedos. El cristal transparente que sostenía se estaba volviendo opaco, perdiendo la batalla contra la gravedad de la luz negra.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó ella, tratando de mantener la voz firme mientras sus propios recuerdos de Daniel —el sabor del café compartido, el trazo de su pincel, el calor de su abrazo— empezaban a sentirse borrosos, como si una neblina estuviera cubriendo su mente.
—Quiero lo que él te dio —respondió Malakai, extendiendo su mano pálida hacia la frente de Evelyn—. No puedes salvarlo, pero puedes dejar de sufrir. Entrégame el recuerdo de su rostro, el sonido de su voz y el sentimiento de su beso. A cambio, te daré una vida de paz. Olvidarás que alguna vez existió un ángel pintor, y volverás a ser una mujer común en una ciudad común.
Evelyn sintió la tentación como un peso físico. El dolor de la ausencia de Daniel era una herida abierta que no dejaba de sangrar. Olvidar significaba dejar de sufrir. Significaba la paz.
—Si lo olvido... —susurró ella, con las lágrimas rodando por sus mejillas— él morirá de verdad.
—Él ya no existe, Evelyn. Es solo un eco atrapado en tu tejido nervioso. Libéralo. Libérate.
Malakai tocó la sien de Evelyn con la punta de sus dedos helados. En ese instante, una ráfaga de imágenes cruzó la mente de ella: el primer encuentro en la galería, la batalla en la plaza, la luz de las alas de Daniel. Todo empezaba a ser succionado por la mano de Malakai, como humo entrando en una aspiradora.
Pero entonces, en el fondo de su conciencia, Evelyn escuchó algo. No fue la voz de Daniel, sino el latido de su propio corazón, que ahora latía con el ritmo de la Geometría Sagrada. Recordó que Daniel no le había dado solo recuerdos; le había dado una nueva forma de ver.
—No —dijo Evelyn, y la palabra resonó con una fuerza que hizo que Malakai retrocediera—. No voy a sacrificar mi memoria para salvarme a mí misma. Voy a sacrificar mi paz para mantenerlo vivo.
En lugar de proteger sus recuerdos, Evelyn hizo algo que Malakai no esperaba: los expandió. Abrió su mente por completo, dejando que el amor y el dolor de su historia con Daniel inundaran la fundición. La luz que Malakai intentaba robar se volvió demasiado brillante, demasiado humana, demasiado llena de vida para que una entidad de vacío pudiera contenerla.
El cristal en la mano de Evelyn estalló, pero no se rompió; se convirtió en una lluvia de esquirlas de luz que se clavaron en las sombras de Malakai.
—¡Es imposible! —rugió Malakai, cubriéndose los ojos mientras su forma empezaba a agrietarse bajo la presión de una emoción que no podía procesar—. ¡Eres una mota de polvo! ¡No puedes sostener tanta luz!
—No la sostengo yo —respondió Evelyn, de pie en medio del torbellino de memorias—. La sostenemos nosotros.
La explosión de energía lanzó a Malakai hacia el fondo de la nave industrial y rompió el vínculo de la luz negra. Evelyn cayó de rodillas, agotada, con la mente ardiendo, pero con una certeza inamovible: Daniel seguía allí, porque ella había elegido el dolor del recuerdo sobre el vacío del olvido.
Malakai se desvaneció entre las sombras, derrotado por ahora, pero Evelyn sabía que el precio había sido alto. Había quemado parte de su propia esencia para ganar esta batalla.