Partieron luego del mediodía, cuando el sol empezaba a inclinar su balanza hacia el oeste y la brisa cálida de Methisarys ya no quemaba, sino que acariciaba con suavidad.
Astrid había conseguido, gracias a un viejo amigo de las postas, un hermoso corcel de pelaje marrón oscuro, tan liso y profundo que parecía hecho de barro bruñido por la lluvia. Lo había llamado Mistral, por su galope ágil y silencioso, como viento sobre piedra.
Luna cabalgaba sobre Relámpago, su fiel compañero de caminos. Aunque el paso de los años y la carga de las travesías se le notaban en los músculos tensos y el andar menos impetuoso, mantenía el ritmo con dignidad. No parecía querer quedar atrás del nuevo ejemplar, como si supiera que su orgullo aún tenía cuentas por saldar con la juventud.
El camino hacia la montaña era corto. Apenas unas horas, desde las murallas exteriores de Methisarys, hasta los altos salones del Palacio de los Eruditos. Pero antes de alcanzarlos, debían desviarse brevemente hacia el este, donde la roca y el cielo custodiaban juntos un sitio olvidado por muchos y reverenciado por pocos: el altar de Aitherion.
Durante el viaje, apenas cruzaron palabras.
Luna cabalgaba en silencio, con el viento tibio en el rostro y el alma todavía temblando por las revelaciones que Astrid le había confiado. Las palabras danzaban en su mente como hojas sueltas arrastradas por una corriente invisible, y aunque el suelo bajo sus pies era firme, sentía que algo en su interior se balanceaba al borde del abismo. Aun con las dudas latiendo fuerte, consideraba si podría seguirla, dar un salto de fe ciego. Porque algo en su corazón, más hondo que el miedo, le decía que debía confiar en ella a pesar de sus propios miedos.
Astrid, por su parte, tenía la mirada perdida más allá de los árboles. Su cuerpo montaba, pero su mente viajaba por caminos que el ojo no ve. Aún sentía el eco de las visiones que el Espejo de Catharos le había mostrado la noche de las revelaciones: bifurcaciones infinitas, sendas enredadas como raíces antiguas, futuros que se entrelazaban y se disolvían como humo. Su alma buscaba con desesperación la senda más segura. O al menos, una que la alejara del hilo del destino que pudo ver: el de la tragedia.
Fue Astrid quien rompió finalmente el silencio, sin girarse siquiera:
—No llegaremos al palacio de los eruditos aún, Luna. Esta noche dormiremos en mi cabaña, en la montaña. Pero antes, haremos una parada en el altar de Aitherion.
Luna frunció el ceño, algo contrariada. Si bien la última noche había dormido como hacía tiempo no lo lograba, venía arrastrando semanas de caminos ásperos: habitaciones húmedas de posadas olvidadas, bodegas con olor a madera rancia, noches a la intemperie bajo cielos indiferentes. Esperaba, al menos, que la cabaña fuera acogedora. Que hubiera un rincón con silencio limpio y un fuego pequeño.
Tras unos minutos, no aguantó la curiosidad.
—¿Cómo es ese altar…? ¿El de Aitherion?
Astrid tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz fue como una brisa que rozaba lo sagrado:
—Es un sitio santo. De peregrinación y meditación. Hay algo especial allí, algo que no se puede nombrar sin profanarlo. Invita al alma a reposar, a escucharse, a volverse pequeña frente a la inmensidad del universo. Lo verás al llegar.
Cabalgaron durante unas horas más, hasta que el camino comenzó a inclinarse suavemente. El sol, ya declinando, teñía el cielo de ámbar mientras la montaña se alzaba ante ellas como un coloso dormido. A medida que ascendían, el sendero se estrechaba y serpenteaba, cubierto de piedras sueltas y raíces que asomaban como venas de la tierra.
Relámpago, que hasta ese momento había seguido el ritmo con firmeza, comenzó a flaquear. Sus pasos se volvieron más lentos, y su aliento se hizo pesado. Luna lo sintió en el vaivén de su cuerpo y en la vibración apagada del animal bajo la montura. Con dulzura, le susurró:
—¿Estás cansado, Relámpago? Ya queda poco, solo un poco más, amigo.
Se inclinó hacia adelante y posó una mano sobre el cuello del corcel. Su palma emitió un resplandor tenue, cálido como la luz del ocaso. No era magia estruendosa ni impuesta, sino un soplo de gratitud, de vínculo. Como si entre ambos no existiera ya separación.
Relámpago relinchó suave, con los ojos levemente dilatados por la energía que lo recorría, y con un renovado ímpetu, retomó el paso montaña arriba.
Astrid, que cabalgaba unos metros por delante, giró apenas el rostro, sonriendo con esa mezcla de ternura y picardía que a veces dejaba escapar:
—De veras parece que le gusta. Ten cuidado con ese caballo, podrías volverlo adicto a tus caricias.
Luna rió por lo bajo, con una chispa de alivio en la voz acariciando el pelaje de Relámpago.
—Es un buen chico. Solo lo estoy ayudando.
Y continuaron el ascenso, envueltas en la luz dorada del atardecer, con la montaña aguardando en silencio. Casi cuando la luz del día se desvanecía en los últimos suspiros del crepúsculo, llegaron a una encrucijada. El camino se bifurcaba en dos sendas marcadas por viejos carteles de madera, ennegrecidos por el tiempo y el musgo.
El de la izquierda, adornado con símbolos arcanos tallados a mano, rezaba:
«Templo de los Eruditos».
El que se abría de frente, más estrecho, decía simplemente:
«Altar de Aitherion».
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Editado: 04.01.2026