La puerta de la habitación se abrió lentamente, emitiendo un chirrido apenas audible. Una pequeña silueta asomó el rostro al corredor: todo estaba a oscuras, apenas sostenido por la luz temblorosa de las lámparas de aceite nocturnas del palacio de Veritas.
Al comprobar que no había nadie, la niña salió descalza, con pasos sigilosos sobre la alfombra de terciopelo. Una larga trenza de cabello castaño se distinguía en la penumbra. En la mano izquierda apretaba una cobija contra su pecho; con la derecha arrastraba una almohada que parecía demasiado grande para ella.
Avanzó unos pasos y se detuvo frente a la habitación contigua. La puerta le resultaba enorme desde su altura. Alzó su manito cerrada en un pequeño puño y golpeó la madera con suavidad, dos veces. Luego esperó, apretando la cobija bajo la barbilla. El silencio se alargó.
Volvió a intentarlo. Dos golpes más. La espera le pareció eterna… hasta que la puerta se abrió despacio, dejando escapar un chirrido largo y tenue.
Sofía asomó la cabeza. Una lámpara sobre la mesa iluminaba una cama vacía. Entró con cautela, mirando a su alrededor, confundida. Caminó hasta la cama y dejó allí la almohada y la cobija. Se rascó la cabeza, buscando con la mirada.
Entonces, una voz grave y fingida retumbó entre los muros de piedra.
—¡¿Quién osa importunar mi sueño?!
Lejos de asustarse, Sofía sonrió, arrugando su rostro cubierto de pecas.
—¡Nata! Sé que eres tú —dijo riendo, mientras se agachaba para mirar debajo de la cama.
De pronto, una sombra surgió detrás de ella y la tomó por la cintura, alzándola en el aire.
—¡Te atrapé!
La voz se hundió en su cuello, haciendo cosquillas. Sofía estalló en carcajadas.
—¡Nata, bastaaaa! —rogó entre risas.
—Es el precio por interrumpir mi descanso —respondió Natalia, exagerando el tono, mientras se sentaba en la cama con Sofía en brazos y continuaba el ataque de cosquillas.
—¡Yaaa! —suplicaba la niña, sin poder dejar de reír.
Natalia se detuvo al fin. La abrazó con fuerza y suspiró, meciéndola suavemente. Sofía se acurrucó contra su pecho como un polluelo, rodeándola con los brazos. Permanecieron así unos instantes, en silencio.
Hasta que Sofía susurró:
—Vamos a ver las estrellas, Nata. Quiero ver la estrella roja.
Natalia la miró con ternura y asintió, apoyando una mano sobre su pecho. Al rozar el metal, sus dedos encontraron el relicario oculto entre las ropas de dormir.
—¿No te lo quitas ni para dormir?
Sofía negó con la cabeza, traviesa. Tomó el relicario de las manos de Natalia y lo abrió para mirar su contenido.
—Es el regalo más lindo que me dio mamá. Me encanta.
Mientras lo observaba, lo acarició con cuidado y añadió:
—Deberíamos invitar algún día a nuestro hermano a ver las estrellas.
Natalia sonrió, conmovida. Le acarició el cabello.
—Sí, deberíamos… aunque creo que se entretiene más con otras cosas.
Sofía cerró el relicario con delicadeza y, de un salto, bajó de las piernas de Natalia.
—¡Vamos, Nata! ¡Quiero ver la estrella roja antes de que se oculte!
Natalia se encogió de hombros y sonrió. Rodeó la cama para tomar unas mantas y una almohada. Sofía la apuraba con gestos y pequeños pasos inquietos.
—¡Vamos, vamos!
—Ya está bien, ya vamos —dijo Natalia, acomodando todo contra su pecho.
Sofía salió corriendo al pasillo. Natalia fue tras ella, tropezando en la penumbra, intentando seguirle el ritmo.
—¡Espera, Sofi! ¡Las estrellas no se van a ir! —dijo entre risas—. Siempre tendremos las estrellas… y la cúpula.
La risa de Sofía resonó por los corredores mientras ambas se perdían en la oscuridad del palacio.
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Editado: 04.01.2026