Luna abrió los ojos con suavidad, como si el mundo aún flotara entre la niebla de los sueños. Afuera, el canto de los pájaros anunciaba la llegada de un nuevo día en Methisarys, ese susurro de alas que sólo los que han sobrevivido al silencio saben valorar.
El techo de madera crujía levemente con el vaivén de la brisa matinal, y a su lado, sentía el calor familiar del cuerpo de Astrid, dormida aún, dándole la espalda. Tenía la cabeza apoyada en su propio brazo, con el cabello despeinado como si hubiera luchado en sueños contra alguna criatura de tinta y pergamino.
Fue entonces cuando Luna sintió aquella sensación extraña, tibia y viscosa, corriendo lentamente por su antebrazo.
Levantó la cabeza con curiosidad, aún entre las brumas del despertar… y lo vio.
Astrid, la guardiana de la sabiduría, la voz que recitaba versos antiguos, la poderosa vidente portadora del espejo Catharos… dormía con la boca entreabierta, y de ella colgaba un fino hilo de baba que descendía con serena determinación hacia el brazo de Luna.
Durante un instante, el mundo se detuvo.
Luna se llevó la mano a la boca para reprimir una carcajada, apretando los labios con fuerza para no estallar en risas. Pero el gesto fue tan brusco que el colchón cedió levemente y Astrid se removió. Con un parpadeo confundido, abrió los ojos.
Se quedó mirando el brazo húmedo, luego se tocó los labios y, al descubrir la escena, sus ojos se agrandaron como si hubiera despertado en mitad de un ritual ancestral.
—Por todos los códices antiguos… —murmuró al tiempo que se limpiaba la boca con la manga, azorada.
Giró para mirar a Luna… que ya no podía contener la risa. Las carcajadas brotaron de ambas como una cascada liberada tras una presa rota.
Las risas fueron bajando hasta apagarse. Astrid se quedó en silencio, bajó la mirada y, después de un instante, murmuró:
—Lo siento.
Luna la miró con ternura. No dijo nada. Solo se acercó y la abrazó, acariciándole los brazos con suavidad.
—No pasa nada —susurró—.
Astrid cerró los ojos. Por un momento, dejó caer la cabeza sobre el hombro de Luna. Y no dijo nada más.
Después de alistarse y de un desayuno ligero, Luna y Astrid se prepararon para partir. Montaron a caballo y tomaron el camino empedrado que serpenteaba entre los árboles, rumbo al Palacio de los Eruditos. No estaba lejos: a pocos minutos de la cabaña y el altar, pero en lo alto, en una meseta que parecía haber sido esculpida por manos mágicas para sostener aquello que merecía ser recordado.
Cuando lo vio por primera vez, Luna se quedó sin palabras.
El palacio se alzaba como una joya entre las rocas, con columnas blancas que ascendían como raíces invertidas hacia el cielo. La piedra era clara, casi dorada bajo la luz del sol matutino, y su estructura combinaba simetría y misterio: grandes ventanales circulares, balcones escondidos tras jardines colgantes, y un domo central de cristal que capturaba la luz como una estrella atrapada. Era como si toda la montaña lo protegiera… o lo temiera.
Mientras tanto, en los jardines del castillo de Therion Neos, los falsos emisarios de Ebrath tomaban el desayuno bajo la sombra de los cipreses. Una suave brisa agitaba las copas de los árboles y el sonido de una fuente cercana acompañaba el murmullo lejano de la ciudad despertando.
Una figura se acercó con paso discreto pero firme: era Tharos, vestido con los colores de la delegación local. Al llegar junto a los cuatro emisarios restantes, se inclinó apenas y habló con tono contenido.
—Mi señor Cassian, tengo novedades.
Cassian Drehl alzó la vista con calma desde su copa de vino. No dijo nada, pero el leve gesto de su ceja indicó que escuchaba.
—Logré infiltrarme anoche entre los cuidadores del templo de Mnemosyne —dijo Tharos—. Me hice pasar por un voluntario nuevo, alguien silencioso, útil, que no hace preguntas.
Cassian asintió, casi aburrido.
—¿Y?
—Uno de los voluntarios me habló de una joven de piel muy clara que abandonó la ciudad a pleno día a caballo. Iba acompañada de otra chica.
Cassian giró la cabeza y lo miró con mayor atención.
—¿La sanadora? ¿Estás seguro?
—Casi completamente. Todo encaja: la descripción física, el momento en que partió, y algo más...
—¿La otra chica? —interrumpió Cassian, entornando los ojos—. ¿Quién era?
Tharos esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.
—Según los cuidadores del templo, es una vidente que vive cerca del altar de Aitherion. Nadie mencionó su nombre, pero la llaman “El Guardián de la Sabiduría”.
Cassian guardó silencio unos segundos. El rumor del jardín pareció disiparse mientras procesaba lo que oía. Finalmente, su voz volvió, baja pero afilada.
—¿Estás diciendo que el vidente… es esa chica?
—No lo puedo asegurar —respondió Tharos con cautela—, pero si alguien ha vivido oculto todo este tiempo, protegido entre los templos y bajo un título simbólico, no sería extraño que se tratara de quien buscamos.
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Editado: 04.01.2026