El sol comenzaba a recostarse sobre los picos blancos de Methisarys, pintando las torres del Palacio de la Sabiduría con tonos de fuego suave. Una brisa perfumada a laurel y piedra húmeda acariciaba los pliegues de los vestidos, arrastrando consigo el murmullo lejano de músicos afinando en los patios altos.
El sonido de cascos amortiguados por grava anunció la llegada de las invitadas. Luna descendió del caballo con la ligereza de quien ha crecido entre mármol y escalinatas. Llevaba el cabello suelto, apenas trenzado por detrás, y una sonrisa honesta que parecía desafiar la solemnidad del evento.
—¡Me encantan los banquetes! —exclamó con los ojos brillando—. Me recuerdan a los banquetes de peregrinación en el Palacio de Santa Elvira. Mucha comida rica, bailes y música por todas partes.
Astrid desmontó con más mesura, sacudiendo con elegancia visible la capa polvorienta. Su vestido verde claro no intentaba competir con la luz, pero la abrazaba como si supiera que le pertenecía.
—A mí me gustan los libros. Silenciosos, previsibles —respondió con una media sonrisa—. Pero es mi deber estar aquí. Hay demasiadas voces que creen en mí como para dejarlas solas esta noche.
Guiaron los caballos hasta los establos, donde un joven mozo los recibió con una reverencia atropellada. Tras agradecer, se dirigieron a pie hacia la gran puerta occidental del palacio, donde dos figuras aguardaban con postura erguida.
Ambos guardias vestían capas de ceremonia, color vino profundo y capuchas con bordados de oro apagado. Uno de ellos, de mandíbula firme y ojos casi grises, mantenía una postura impecable. El otro, más relajado, parecía luchar por contener una sonrisa al verlas llegar.
Cuando estuvieron a pocos pasos, el segundo rompió el protocolo y saludó con tono cómplice:
—Vaya, Lady Astrid ¿No nos ibas a presentar a tu misteriosa acompañante?
Astrid respondió con una leve inclinación de cabeza, sonriendo con la comisura de los labios.
—Ferrah, sigues sin poder contener tu lengua.
El más serio, sin romper su gesto adusto, intervino:
—Mis disculpas por el protocolo, Guardiana. Es un honor recibirla. Por motivos de seguridad, necesito saber el nombre de su acompañante.
—Hermes, siempre tan formal —dijo Astrid, como si lo regañara con afecto—. Esta es Luna. Viene conmigo esta noche, me ayudará en los preparativos y estará a mi lado en el banquete.
Se hizo un pequeño silencio respetuoso.
—Luna, ellos son Hermes y Ferrah. Dos de los centinelas asignados a la puerta occidental.
Ambos se quitaron la capucha con sincronía casi ensayada y se inclinaron con respeto.
—Esperamos que pasen una velada agradable —dijo Hermes, sin cambiar el tono grave.
—Y si necesitan algo, cualquier cosa —añadió Ferrah, guiñando un ojo con descaro—, estaremos aquí toda la noche.
Hermes lo fulminó con una mirada silenciosa. Ferrah soltó una risa breve, pero se cuadró de inmediato, fingiendo compostura.
Luna los observó con una chispa divertida. Astrid negó con la cabeza, sin poder evitar sonreír.
—Vamos, antes de que Ferrah diga algo de lo que se arrepienta —susurró Astrid.
Y juntas, cruzaron el umbral y atravesaron el patio infundado de un manto verde salpicado de colores propios de flores y plantas de todos las tonalidades. En el medio, un camino recto señalaba el camino inconfundible que les llevaría hacia la entrada del palacio. A cada paso se distinguían arcos elevados decorados con lámparas, campanillas de bronce y cintas colocados justo para la recepción de los emisarios del banquete especial.
Apenas cruzaron la puerta principal, Luna sintió que el aire cambiaba, como si el mundo interior tuviera otro ritmo. El vestíbulo principal, vasto y solemne, estaba colmado de movimiento: cortesanas con vestidos color marfil y bordados en hilo dorado cruzaban de un lado a otro, cargando telas, candelabros y bandejas cubiertas con paños de lino. Jóvenes aprendices bajaban por las escaleras con rollos de pergaminos y máscaras festivas, mientras otros extendían alfombras o abrillantaban columnas con franelas perfumadas.
El sonido de la actividad era constante, pero no caótico: había una especie de armonía en ese trajín, como si cada pieza supiera con exactitud cuál era su lugar. Voces suaves daban órdenes, risas fugaces escapaban de entre las puertas abiertas, y un aroma a resina, frutas escalfadas y flores recién cortadas flotaba en el ambiente.
—Vaya... —murmuró Luna, girando lentamente sobre sus talones, mientras contemplaba los vitrales que lanzaban destellos multicolores sobre el suelo de mármol pulido—. Esto parece un hormiguero encantado.
Astrid soltó una risa breve y cómplice.
—Así son los preparativos antes de un banquete del Ciclo. Todo Methisarys quiere causar una buena impresión, sobre todo si vienen emisarios del Oriente.
Una doncella se detuvo frente a ellas, apenas un instante, para reverenciar a Astrid y luego siguió su camino con una caja de copas tintineantes. Luna observó cómo cada rincón del palacio se transformaba ante sus ojos, y sintió —con una mezcla de nervios y curiosidad— que la verdadera ceremonia ya había comenzado, aunque no hubiera música ni brindis aún.
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Editado: 04.01.2026