El anfitrión principal tomó nuevamente la palabra desde el escenario, esta vez con un tono más festivo:
—¡Y ahora, amigos del mundo, caminemos hacia el corazón de esta celebración! El Gran Banquete nos espera en la Sala de Cristal. Que la unión no sólo se diga, sino se comparta, bocado a bocado.
Las puertas del teatro se abrieron y los emisarios comenzaron a salir en columnas ordenadas, guiados una vez más por los silenciosos delegados. Los murmullos crecieron como olas contenidas que al fin encontraban espacio para romper.
Luna aprovechó para acercarse a Astrid, que conversaba con dos organizadores.
—¿Qué te pareció? —le preguntó Astrid al verla.
—Estuviste fantástica —respondió Luna con una sonrisa sincera, aún con algo de emoción en los ojos.
—Voy a ayudar con los preparativos del banquete —le dijo Astrid, ajustándose el vestido sin perder su tono sereno—. Tú probablemente tendrás un lugar reservado en alguna de las mesas especiales, pero si no te llaman, busca una buena mesa y guárdame un asiento. Siempre hay sorpresas en estas cenas.
Luna asintió y se dejó llevar por el flujo de asistentes que avanzaban hacia el gran salón. Lo que encontró al cruzar el umbral fue casi onírico.
La Sala de Cristal hacía honor a su nombre. Altos ventanales abovedados dejaban ver el cielo de Methisarys, ahora teñido con las primeras estrellas de la noche. Candelabros flotaban en el aire como medusas doradas, pulsando una luz cálida que parecía danzar al ritmo de las voces. El techo, tallado en vidrio celeste y mármol blanco, reflejaba la luz como si el cielo estuviera debajo de los invitados.
Las mesas se extendían en largas hileras, con manteles de lino color marfil y senderos de hojas doradas que serpenteaban entre copas, jarras de arcilla esmaltada y bandejas humeantes. En el centro de cada mesa, un pequeño obelisco de piedra translúcida emitía un resplandor tenue, cambiando de color con el paso de los minutos.
Los platos eran tan diversos como los reinos representados. En una mesa se servía pescado asado en hojas de mirto, acompañado de salsa de frutos del este. En otra, panecillos de especias y semillas crujientes, junto a estofados de raíz y legumbres, en grandes fuentes de cerámica. También había platos fríos: queso de montaña, higos frescos, aceitunas negras y peras confitadas en almíbar de azafrán.
Los aromas se entrelazaban: carne ahumada, canela, vino especiado, flor de naranjo… y al fondo, sobre una mesa circular en el centro de la sala, un pastel ceremonial cubierto de pétalos y perlas de azúcar, esperando el momento del brindis.
Músicos tocaban suavemente en una galería elevada: laúdes, arpas y flautas de madera. La música flotaba sin invadir, como un recuerdo que no quiere irse.
Luna encontró su nombre en una de las mesas secundarias, junto a otros invitados jóvenes de distintas delegaciones. Se sentó, pero dejó un lugar vacío a su derecha, tal como Astrid había pedido.
A la izquierda de Luna, mientras aún llegaban los últimos emisarios al gran salón, se sentó un hombre de aspecto curioso: de edad indeterminada, quizás en los albores de los cuarenta, con un rostro bien delineado por el tiempo, sin perder aún la lozanía. Su cabello estaba cortado en un estilo peculiar, con los lados rasurados en líneas limpias y una cresta corta y ordenada que caía hacia un costado como una ola contenida. La excentricidad del corte, lejos de restarle, acentuaba un aura magnética y elegante. Detrás de la máscara negra que le cubría la cara, sus ojos enigmáticos parecían azules a los ojos de la lámpara en el centro de la mesa, sin embargo, al voltear la vista, eran como el verde de algas marinas bajo la superficie del mar.
Desde una mesa lejana, un emisario de Hesperia vestido con traje color vino, bordados dorados y de piel oscura, miraba al hombre sentado al lado de Luna. Sentía que aquel rostro detrás de la máscara le era extrañamente familiar. Theron estuvo al borde de la intriga hasta que un par de doncellas llegaron con bandejas llenas de copas de vino y bocadillos a su mesa, la algarabía del grupo que le acompañaba le robó su atención como si hubiese roto un conjuro.
Luna miró al hombre misterioso solo un instante. Ocultó las manos en su regazo, bajo la mesa, para disimular un nerviosismo mínimo pero real. Se dispuso a saludar… cuando una figura en movimiento reclamó su atención.
Frente a ellos, deslizándose con la elegancia etérea de una mantis, se acercó una dama vestida con un traje de terciopelo gris noche, ceñido a la silueta como si hubiese sido tejido por el viento mismo. Del cuello descendía una fina línea de encaje dorado que trepaba en espirales por los brazos hasta las muñecas. Cada paso era medido, casi ceremonial. En su cabeza reposaba un sombrero de ala ancha, inclinado con picardía hacia la izquierda, adornado por una fina pluma azul oscuro que parecía flotar con sus movimientos.
Con la cabeza aún baja, la dama murmuró con una voz suave y afilada como el filo de un recuerdo:
—Vaya... ¿Quién diría que encontraría una avecilla tan lejos en el continente?
Luego, con lentitud estudiada, alzó la cabeza para dejar que el ala del sombrero revelara su rostro. Su mirada, tan pulida como el mármol, encontró de inmediato los ojos de Luna.
—¡Lady Elara! —exclamó Luna con un chispazo de alegría, casi levantándose de su asiento para abrazarla.
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Editado: 25.01.2026