En el primer día del mes de Oktyarov, fui alcanzado por una visión tan vívida que aún hoy, al recordarla, tiembla mi corazón. Vi a una reina nacida no de la nobleza ni de los dioses, sino del hambre, del hielo y de la crueldad. Una reina bautizada por la sangre y por la guerra.
Al principio creí que mis ojos habían sido llevados a un tiempo antiguo, a los días oscuros de nuestros ancestros del norte. Pero cuanto más regreso en mi memoria, más temo que aquello que vi no pertenezca al pasado, sino a un destino aún por cumplirse. Y si es así, ruego al cielo que yo no viva para contemplar su llegada.
Contemplada mi visión viaje hasta Methisarys y la escribo con mi puño y letra para que quede registrada en los textos proféticos de la Biblioteca del Saber del Templo de Mnemosyne.
La Reina de Hielo
Yo vi a la joven. No sé su nombre, pues el viento lo arrancó antes de alcanzarme, y la nieve lo guardó en silencio. Pero sí vi su semblante: piel tostada por soles antiguos, cabello oscuro azotado por la tormenta, y ojos azules, encendidos como brasas que no se apagan en el invierno.
Su aldea había caído. Guerreros de hierro y fuego arrasaron con todos: padres, hermanos, niños. El humo se alzó hacia los cielos, y los ecos de los gritos murieron en la ventisca. Ella sola quedó, caminando entre cadáveres, empujada por un soplo que no era de este mundo.
La vi vagar entre montañas cubiertas de escarcha, con los labios partidos, el cuerpo vencido, pero la voluntad endurecida como piedra. El viento la golpeaba con cuchillas invisibles, y sus pies dejaban huellas que la tormenta borraba de inmediato. Finalmente cayó, como árbol abatido por el hacha.
En el sueño, descendió un dios. No le ofreció calor ni alimento, sino una visión: un resplandor helado, oculto en la entraña de una montaña blanca. Allí aguardaba el poder que la arrancaría de la muerte.
Ella despertó con los huesos quebrados por el frío, pero avanzó. Reptó entre riscos, escaló peñascos, atravesó grietas donde los lobos acechaban. No llevaba armas, no llevaba fuerzas, sólo llevaba la voz del dios retumbando en su memoria. Y al fin llegó al paraje señalado: un glaciar resquebrajado, donde el silencio pesaba como tumba.
Allí, enterrado en hielo eterno, reposaba un arma. La joven hundió las manos, desgarrando su piel hasta la sangre, y al fin la liberó. Era un hacha, oscura y letal, con filos como fragmentos de invierno.
Cuando la tomó, no sintió calor ni alivio. Al contrario: el frío penetró en ella desde el corazón, sellando su alma al hielo. Sus ojos se tornaron como glaciares, y la furia que dormía en su interior encontró cauce. El invierno y su espíritu quedaron fundidos en uno.
Con el hacha en mano, descendió de la montaña. No buscó abrigo, no buscó descanso. Buscó venganza.
Llegó hasta los soldados que habían destruido su pueblo. Eran más de cien contra una sola. Se burlaron de su figura solitaria, creyéndola frágil. Pero la tempestad caminaba con ella.
El hacha trazó círculos de muerte. Se movía con velocidad inhumana, con una fuerza que rompía lanzas y astillaba armaduras. La nieve se levantaba en torbellinos a cada golpe, el aire se llenó de gritos y de acero roto. Ninguno sobrevivió.
Cuando la batalla terminó, el campo ya no era blanco. Un río de sangre corría sobre la escarcha, tiñendo la nieve de rojo hasta el horizonte.
La joven permanecía de pie. Respiraba con calma, como si la matanza hubiera sido un acto natural, inevitable. Entonces se inclinó sobre uno de los cuerpos caídos. Hundió sus dedos en la sangre tibia, y con el índice y el medio trazó dos líneas descendentes por su rostro, desde la frente hasta las mejillas, pasando sobre los párpados cerrados.
Al abrir los ojos, no eran ya los de una huérfana, sino los de una bestia consagrada a la guerra. La sangre se volvió su pintura, su máscara, su sello eterno.
Desde ese instante, la nieve y la sangre, el frío y la furia, fueron uno solo en ella.
El hacha descansaba en su mano, goteando escarcha y muerte. El viento la nombró, aunque yo no pude escuchar el nombre. Sólo comprendí lo que había nacido en aquella noche:
No una sobreviviente,
Ni una hija del invierno,
Sino una Reina de Hielo.
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Editado: 25.01.2026