Parte 1: Sentimiento repulsivo.
El sol ya proyectaba reflejos visibles sobre las cúpulas de piedra de las torres de la ciudad de Methisarys.
Cassian Drehl gritaba encolerizado dentro de la habitación cerrada de una posada. Las paredes gruesas apenas lograban contener los rugidos furiosos del líder del Guante Carmesí.
—¡Una infiltración perfecta! —bramaba, caminando de un lado a otro como una fiera acorralada—. ¡Semanas de planificación! ¡De analizar cada escenario, cada salida! ¡Un plan principal y un plan de resguardo!
Se volvió abruptamente hacia los presentes, con la mirada encendida.
—¡Y me dicen que una simple niña curandera, con un caballo moribundo, logró escapar! ¡Uno de ustedes me ha traicionado, maldita sea, y no descansaré hasta descubrirlo!
Sus ojos pasaban de Kaevin a Lira, ambos aún vestidos con los trajes de emisarios de Ebrat, aunque ya sin las máscaras blancas. Luego se desplazó hacia dos jóvenes espías de la red carmesí, vestidos de forma más informal. Cassian los estudiaba con una mezcla de furia e instinto depredador, como buscando el más leve parpadeo de culpa, una vacilación en la mirada.
Los cuatro permanecían inmóviles, con la cabeza gacha, sin atreverse a sostenerle la mirada.
Se detuvo frente a Lira, tan cerca que su sombra la cubrió por completo.
—Cinco cadáveres —espetó—. Cinco malditos cadáveres en las afueras de la fiesta más importante del reino. ¿Te parece eso un éxito?
Lira tragó saliva en seco. Cassian ya se había dado vuelta y encaraba ahora a los dos espías.
—Y ustedes… ¿Dónde diablos estaban? Se suponía que debían encargarse de los guardias de la puerta. Y lo que tengo son dos aliados muertos, frente a la entrada del maldito Palacio de los Eruditos.
Uno de los muchachos empezó a temblar. La tensión lo quebraba. Intentó balbucear algo, con voz débil:
—No, señor… n-nos atacaron…
Cassian desenfundó una daga en un solo movimiento y la apoyó en el cuello del chico, tan cerca que la hoja rozó su piel.
—Será mejor que no te equivoques —murmuró con voz baja, tan amenazante como un rugido contenido—. Ni en una sola de las palabras que estás a punto de decir.
El otro chico, a su lado, intervino. Lo hizo sin pensarlo, como si el miedo por su amigo fuera más fuerte que el que le tenía a Cassian. Un enorme hematoma morado le cubría media frente y el párpado derecho.
—A-algo nos atacó en la oscuridad, señor —dijo con la voz entrecortada—. Justo cuando los guardias se acercaban a la trampa… algo nos lanzó con fuerza contra el muro de piedra que rodea el castillo, muy lejos de donde estábamos.
Cassian lo observó un segundo en silencio. Luego bajó la daga lentamente, pero no del todo. La deslizó hasta acercarla a la mejilla del joven, tan cerca que pudo sentir el frío del metal. El chico comenzó a temblar, sus piernas apenas lo sostenían.
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió bruscamente.
Tarn entró tambaleándose. Estaba pálido, demacrado. La sangre seca aún le manchaba la nariz y la comisura de los labios. Una herida profunda, mal cerrada, se abría en su cabeza, justo por encima de la oreja. El costado izquierdo de su rostro tenía la piel inflamada y amoratada. Respiraba con dificultad.
Todos se giraron hacia él. Cassian bajó lentamente el cuchillo, pero no lo envainó. Lo mantuvo en la mano como un aviso silencioso. Lo miró un instante con desdén, luego resopló con rabia y exclamó:
—Maldito idiota. Seguro te emborrachaste aburrido en la cabaña esperando a la chica y te caíste por algún barranco.
Tarn alzó la vista con dificultad. Sus ojos no tenían el brillo de la vergüenza ni de la ira, sino algo más frío, más distante. Como si aún estuviera allí, atrapado en ese instante.
—Ha… había alguien ahí, Cassian —dijo con la voz áspera, quebrada—. Ya casi tenía a la chica. Peleó conmigo, me rompió la nariz. Pero cuando iba por ella, apareció otra figura. Una sombra, una silueta en la oscuridad. Me hizo un gesto con la mano y… y sentí cómo una fuerza invisible me lanzaba contra una mesa, como si todo el aire del mundo me empujara a la vez. Aún tengo astillas clavadas bajo el pelo —agregó, llevándose la mano temblorosa a la cabeza, como si necesitara confirmar que seguía allí.
Titubeó, dio dos pasos inseguros y se dejó caer en una de las camas, cabizbajo, derrotado. La habitación quedó en un silencio áspero. Solo se oía su respiración entrecortada.
Cassian lo observó en silencio. Sus ojos, inyectados en sangre, evaluaban si lo que Tarn decía era una excusa más o el primer eco de un problema mayor. De pronto alzó la voz con una intensidad que sacudió el aire:
—¿Dónde está Velka?
Uno de los chicos espías respondió con timidez:
—Aún no despierta.
Cassian se volvió hacia él con furia desatada. Se acercó en dos zancadas y le gritó a quemarropa, tan cerca que el aliento caliente lo salpicó de saliva:
—¡¡¡PUES TRÁELA!!!
El chico salió corriendo de la habitación sin atreverse a mirar atrás, como si el grito lo hubiera arrojado contra una pared invisible.
Un par de minutos después, Velka cruzó el umbral.
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Editado: 25.01.2026