Ese mismo día, cuando el sol se alzaba en su cénit y las sombras se encogían bajo su fuego, el Guante Carmesí abandonó Methisarys. Las consecuencias de un plan que había salido terriblemente mal comenzaban a reverberar como ecos en un salón vacío. El reino, herido en su orgullo y su alma, levantó puestos de vigilancia en todos los caminos que conducían dentro y fuera de sus murallas. Ningún viajero podía cruzar sin ser interrogado.
La Guardiana de la Sabiduría había sido raptada, y los indicios señalaban a una nación que ya hacía tiempo daba indicios de ser hostil: Azurova.
El reino buscaba a un grupo de forajidos. Y Cassian lo sabía demasiado bien. Por eso decidieron separarse.
La huida sería difícil. Las rutas más transitadas ya estaban cerradas como la boca de un lobo, y los ojos del reino se afilaban. Así que Cassian encargó a Tharos, el Maestro del Disfraz, la misión más delicada: llevar el libro de tapa azul, hallado en el Templo de Mnemosyne, hasta su destino final. Su contenido podría reescribir la historia. Junto con Astrid, aquel libro era uno de los trofeos más valiosos de la misión, y debía llegar sin falta a manos de Natalia.
No se dirigen de inmediato a Azurova. En lugar de eso, se reagruparían en Velgorod, al otro lado del río Velmora, en territorio aliado. Enviaron cuervos oscuros como augurios hacia Kaerthyn, era de sobra conocido que la ciudad brindaba alojamiento a la princesa desde hace varias semanas.
En el mensaje notificaban a Natalia sobre una reunión en el Castillo de Draegomir, un bastión vetusto al borde de las colinas grises, cercano a la ciudad de Myroslava. Allí se encontrarían.
Informaron con orgullo la captura de la vidente, como si se tratara de una joya arrebatada a los cielos. Pero omitieron, con fría intención, el fracaso de capturar a la sanadora. Sabían que las verdades a medias viajaban más rápido, y que la furia de Natalia no debía invocarse antes de cruzar la frontera.
Esa tarde, el Consejo de Methisarys hervía como un caldero de acero al fuego.
En la gran sala abovedada, donde los estandartes azules colgaban como velos de solemnidad entre columnas de mármol blanco, siete figuras debatían con intensidad bajo la luz dorada de los ventanales altos. El aire olía a incienso apagado y papel viejo, a decisiones mal tomadas y a urgencias sin nombre.
Estaban todos los rostros del poder.
El general Thalassios ocupaba uno de los extremos de la mesa, con la armadura de gala aún salpicada de tierra y rabia, como si hubiese llegado directo del campo de batalla al corazón del reino. A poca distancia, Lord Kaelen Dravos permanecía en silencio, envuelto en una túnica gris claro con bordes dorados, vigilante e inmóvil, semejante a una sombra anclada al mármol.
El archiguardián Velmyr observaba desde la penumbra, cubierto por una túnica azul oscuro ribeteada en plata, la presencia severa de quien custodia murallas… y secretos.
En el centro, el príncipe Kalrion, heredero del trono de Methisarys, se mantenía erguido. Vestía un uniforme ceñido de azul oscuro, con una camisa blanca asomando bajo la rigidez marcial; los puños cerrados tras la espalda y los ojos encendidos delataban una furia contenida a fuerza de disciplina.
Frente a él, Lady Hiphatia, con su vestido color marfil, sostenía la calma con una voz tan serena como afilada. No muy lejos, Lord Aemior Valestra, custodio del Palacio de los Eruditos, vestía una túnica blanca y dorada, demasiado luminosa para el peso de la vejez y la decepción que surcaban su ceño.
Y, por último, Lady Cassandra, encargada de los asuntos exteriores, vestía un traje color vino, bordeado en plata. Su expresión era indescifrable, como si ya estuviera calculando las consecuencias de cada palabra antes de que estas fueran pronunciadas.
El General Thalassios hablaba con furia. Su mano derecha apretada como un nudo, amenazaba con golpear hasta al mismo viento.
—¡Esto fue un ataque directo a nuestro corazón! —bramó, dando un paso hacia la mesa de ébano oscuro que los reunía—. ¡A nuestras ideas! ¡A nuestra alma!
Lady Hiphatia, siempre mesurada, intervino con elegancia cortante.
—Por lo que sabemos, general, el Guante Carmesí es una leyenda. Un mito. No se sabe de ellos más que por informes vagos, sombras en los pasillos y rumores recogidos por oídos prestos a exagerar. El resto es fantasía popular, cuentos para guardias perezosos o bardos sin inspiración.
Thalassios giró hacia ella como un rayo amarrado a la tierra. Su voz era ahora más baja, pero más pesada.
—No son un mito —respondió, sacando papeles arrugados y cartas selladas del interior de su uniforme—. Mi oficina ha recopilado sus acciones durante meses. En Striba, Hesperia, y Monthelor. Aquí —dijo golpeando la mesa con las cartas como si fueran espadas—, están los informes. Detalles de infiltraciones, desapariciones y asesinatos limpios. No actos de bandidos, sino de profesionales. Silenciosos. Precisos. Letales.
Guardó un instante de silencio, dejando que los documentos hablaran en su lugar, como si el papel quemara más que su voz.
—Y eso no es todo —añadió—. Estas cartas interceptadas mencionan cuervos con mensajes cifrados, enviados desde territorios cercanos a Azurova. No es una coincidencia. No puede serlo.
Un murmullo recorrió la sala como un viento contenido. Los ojos de todos buscaron los del príncipe Kalrion, que hasta ese momento no había hablado.
#1214 en Fantasía
#651 en Personajes sobrenaturales
#1696 en Otros
#116 en Aventura
Editado: 25.01.2026