El Destino de la Estrella

Capítulo XXX: Volver a las arenas

—Estamos por llegar —anunció el cochero con voz grave, apenas audible tras la madera del carruaje.

El sol aún no se alzaba del todo sobre Thalyra, pero la claridad del amanecer comenzaba a dibujar perfiles tenues en el horizonte. Dentro del carruaje, Luna abrió los ojos lentamente, vencida por un sueño que apenas había conseguido arañar durante el viaje.

—Buenos días, Luna —dijo Lady Elara con suavidad—. Ya casi estamos.

Luna se incorporó, apoyándose en el respaldo, y miró por la ventanilla. Los techos en el puerto se recortaban contra el cielo pálido; algunos ciudadanos apagaban faroles o revisaban puestos de comercio, y el olor a sal y redes húmedas se colaba ya por las rendijas del vehículo.

Lady Elara la observó un momento, luego preguntó, aún probando un último intento:

—¿Estás segura de que no quieres volver a Gadiris conmigo?

Luna negó con la cabeza sin añadir palabras. La diplomática inclinó el rostro. Permaneció en silencio unos segundos antes de buscar algo entre los pliegues de su túnica. Sacó una pequeña bolsa de cuero y la sostuvo con ambas manos.

—Necesitarás dinero para tu viaje. Espero que esto alcance.

Luna la recibió con cuidado. Al abrirla, vio destellos de plata y oro mezclados en su interior. Sin decir nada, alzó la mirada.

Lady Elara sacó entonces un pequeño bulto de su bolso de mano: un rollo de pergamino atado con un lazo carmesí, y dos sobres cerrados con cera real.

—Son pases diplomáticos, firmados por la reina en persona. También hay cartas de recomendación con el sello de la corona. Te abrirán algunas puertas y quizás mantendrán otras cerradas para tu seguridad.

Luna los examinó apenas un instante, luego los guardó con cuidado entre sus cosas.

Lady Elara no pudo contener la emoción que venía sofocando desde hacía días. Sus ojos se tornaron brillosos, y aunque luchó por mantener la compostura, su voz tembló:

—Luna… necesito saber que no irás a buscar a Astrid sola.

—No lo haré. No aún —respondió Luna, sin girarse, la mirada fija en el amanecer.

—¿Podrías decirme al menos a dónde irás primero?

Hubo un breve silencio.

Entonces Luna levantó la vista, y con voz firme, respondió:

—Aridia.

El carruaje se detuvo con un crujido de ruedas y el relinchar breve de los caballos. Luna descendió primero, sintiendo el aire fresco y húmedo del puerto en la piel.

Lady Elara la siguió, pero no dijo nada de inmediato. En su lugar, se acercó y la abrazó con ternura, con esa calidez serena que sólo tienen quienes han protegido sin pedir nada a cambio. No pudo evitarlo: las lágrimas comenzaron a correrle por el rostro.

—Cuídate mucho, Luna —susurró contra su oído—. Todos te esperamos en casa.

Luna cerró los ojos unos segundos, permitiéndose ese instante de abrigo. Luego se apartó con suavidad.

—¿Y tú? ¿Qué harás ahora, Lady Elara?

—Iré en carruaje al Puerto de Elenhor. Un barco de la corona vendrá a buscarme a mí y al resto de la comitiva en dos días.

Se acomodó el manto sobre los hombros mientras continuaba:

—Cruzaré el Adriantys y el Mar de Lyor, rumbo a Elirya. Puedo llevarte conmigo hasta las costas de Aridia, si lo deseas. No sería problema.

La joven bajó la mirada, negando suavemente con la cabeza. Sus dedos buscaron entre sus ropas y sacaron el relicario que aún colgaba de su cuello: la joya de Astrid. La piedra, como si respirara, pulsaba con una luz tenue pero constante, como una estrella atrapada en cristal.

La observó en silencio, sintiendo cómo algo dentro de ella se tensaba.

—Debo apresurarme… —murmuró finalmente—. Se le acaba el tiempo a Astrid.

Lady Elara asintió, y aunque quiso protestar, comprendió que no había palabras que pudieran detener lo inevitable.

Así, sin más, Luna se giró. Su capa ondeó con el viento costero mientras sus pasos se perdían entre el bullicio del puerto. Thalyra despertaba lentamente, y con ella, parecía que también lo hacía el destino.

Avanzaba entre los muelles, con la mirada inquieta. El puerto era un caos. Las noticias del rapto de la Guardiana de la Sabiduría habían llegado hasta allí, y la guardia del reino revisaba cada embarcación hasta la última caja.

Había redes desordenadas, aparejos colgando, barriles abiertos, cajas apiladas al azar. Marineros protestaban, los soldados no daban abasto. Luna sabía que necesitaba partir pronto, pero encontrar un barco disponible en medio de ese desorden parecía poco probable.

Buscaba con atención algún navío ya inspeccionado, cuando vio a un viejo conocido.

Un marinero de baja estatura, con una pipa en la boca y el ceño fruncido, caminaba entre barriles vacíos, refunfuñando. Sus gestos eran exagerados, como si discutiera con el aire. Se notaba frustrado. Luna se detuvo. Lo reconoció de inmediato.

—¿Tassio? —dijo en voz baja, casi sin creerlo.

El viejo se giró justo entonces, molesto por algo que un guardia le decía sobre su cargamento. Pero al verla, se quedó inmóvil por un segundo. Abrió mucho los ojos, se sacó la pipa de la boca y la sostuvo en el aire como si no creyera lo que veía.



#1424 en Fantasía
#845 en Personajes sobrenaturales
#1744 en Otros
#132 en Aventura

En el texto hay: aventura, epico, elegidos

Editado: 15.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.