El Destino de la Estrella

Capítulo XXXI: Siguiendo la flecha

Dos guardias avanzaban por el corredor subterráneo, arrastrando a un hombre herido que apenas lograba mantenerse consciente. Sus botas raspaban las losas húmedas, dejando un rastro irregular de sangre y barro. El cuerpo colgaba entre ellos, inerte, como si cada paso fuera un castigo más.

Una herida abierta le cruzaba la frente hasta la ceja; un ojo completamente cerrado por la hinchazón, la mandíbula amoratada. La camisa, hecha jirones, estaba pegada al torso por el sudor y la sangre seca. A cada sacudida de los guardias, soltaba un gemido sordo, como si aún se aferrara al orgullo de no gritar.

No hablaba. No protestaba. Y aun así, en medio del deterioro, conservaba en el rostro algo desconcertante: una calma extraña. Como si, de algún modo retorcido, todo esto le divirtiera.

Llegaron a una pesada puerta de roble con enchapado metálico ennegrecido por el hollín y los años. Uno de los guardias empujó la hoja chirriante, y el olor a óxido y humedad rancia salió como un aliento estancado.

La sala de interrogatorio era un rectángulo de piedra apenas más ancho que una celda común, con paredes ennegrecidas por antorchas y una sola ventana estrecha, alta, que apenas dejaba pasar un hilo de luz mortecina. En la bóveda del techo colgaban ganchos y cadenas abandonadas que tintineaban con cada corriente de aire. En el centro, una silla de madera, equipada con correas de cuero y anillos de sujeción, se alzaba como el lugar de los vencidos.

Un eufemismo, lo llamaban "sala de interrogatorio". Pero los ecos de gritos apagados, aún incrustados en las paredes, sugerían otra historia.

Los guardias lo lanzaron con brusquedad sobre la silla. El hombre soltó un leve quejido, más por fastidio que por dolor. Le fijaron los tobillos, luego las muñecas. Una correa le sujetó el torso al respaldo y, por último, le aseguraron el cuello con un anillo de hierro que crujió al cerrarse.

Kaevin sonrió. Un hilo de sangre le cruzaba el rostro hasta el mentón, pero parecía más molesto por la suciedad de la sala que por su situación. Observó la habitación con una ceja alzada, como quien evalúa una posada de mala muerte.

—¿Es aquí donde hacen las preguntas profundas? —musitó con voz ronca, burlona—. Pensé que habría más decoración. Tal vez una flor, un cuadro... ¿Una ventana que diera al mar?

Los guardias no respondieron. Uno de ellos soltó aire por la nariz con molestia y se acomodó detrás de la silla. El otro miró hacia la puerta. Afuera, ya se oían pasos. El general estaba por llegar. Kaevin ladeó la cabeza todo lo que le permitía el anillo de hierro.

Se oyó el eco metálico de una cerradura girando. La puerta de hierro se abrió con un chirrido, y por ella entró el general, llevando una bolsa de tela gruesa en una mano. Su rostro era una máscara de piedra, inalterable.

Detrás de él, cruzó el umbral una figura aún más inquietante: un hombre alto, con la cara cubierta por un velo de lino oscuro. El verdugo. Su sola presencia hizo que el aire pareciera más denso.

Kaevin, encadenado a la silla, no mostró reacción alguna. Ni miedo, ni sorpresa. Observó la entrada de ambos como si se tratara de un espectáculo mediocre que ya había visto demasiadas veces.

En silencio, el general se acercó a la mesa de interrogatorio frente a él. Con una precisión casi ritual, desató la bolsa y comenzó a vaciar su contenido:

Primero, una ballesta. La colocó con cuidado sobre el lado derecho de la mesa, alineada con el borde. Luego, cinco flechas. Las dispuso una a una junto a la ballesta, paralelas entre sí, como si preparara una ofrenda o un juicio. Finalmente, hurgó en el fondo del saco y extrajo una sexta flecha. Estaba astillada, el asta agrietada cerca de la punta, pero aún entera. La depositó a la izquierda, aislada, como si fuera una prueba condenatoria.

El verdugo permaneció de pie, inmóvil, a un costado de la mesa con los brazos cruzados. El general tomó su lugar frente a Kaevin, los ojos clavados en los suyos. Kaevin lo observó con una ceja apenas alzada, y con un movimiento perezoso giró la cabeza a un lado para escupir un hilo de sangre y saliva al suelo. Luego, sonrió.

El general, sin decir palabra, bordeó la mesa y se acercó. Lo estudió por un instante antes de fruncir el ceño y mirar al guardia a su derecha.

—¿Qué le pasó?

—Intentó escapar cuando fue sorprendido con la ballesta —respondió el guardia con firmeza—. Llevaba un cuchillo oculto en la bota. Alcanzó a herir a dos de los nuestros antes de que pudiéramos reducirlo. Hicieron falta otros dos hombres para someterlo.

Kaevin soltó una risa baja, casi un susurro.

—Es difícil encontrar buenos soldados hoy en día —musitó con burla, dejando que la frase se arrastrara en el aire como veneno dulce.

El general sostuvo la mirada insolente de Kaevin por unos segundos más, como si midiera cuánto tiempo más toleraría su insolencia. Luego, sin quitarle completamente la vista, se desplazó hacia un costado de la mesa. Colocó una mano firme sobre la ballesta y comenzó a hablar en voz alta, como si dictara un informe, pero su tono tenía filo. No era una descripción técnica, era una acusación vestida de precisión.

—Modelo estándar de ballesta de brazo corto, madera de fresno templado. Pero esta… —señaló con un dedo la culata— ha sido alterada. El sistema de tensado ha sido reemplazado por un gatillo de doble palanca. Más suave, menos retardo entre el disparo y el disparador.



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En el texto hay: aventura, epico, elegidos

Editado: 15.02.2026

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