Luego de un par de horas, el general regresó a la sala de interrogatorios. Aún sostenía la flecha entre los dedos, y al entrar, la depositó con cuidado a la izquierda de la mesa, como si colocara una pieza clave en un tablero aún incompleto. Su semblante, sin embargo, era distinto: ya no mostraba la tensión del informe ni la ira contenida. Había en su rostro una calma extraña, casi resignada, como la de un cazador que ha cerrado el cerco.
Caminó hasta ubicarse junto al prisionero, atado firmemente a la silla. Kaevin mantenía la mirada fija al frente, su expresión impasible, como si nada en ese lugar pudiera tocarlo.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó el general con voz neutra, como quien pregunta la hora.
—Venak-thar —mintió Kaevin, sin parpadear.
—¿De dónde eres?
—De Striba.
El general ladeó la cabeza levemente, sin escribir ni acotar nada.
—¿Has estado en Azurova?
Esta vez, la pregunta flotó un instante en el aire, como si buscara una grieta por donde colarse. El general lo observó con detenimiento, atento a cualquier titubeo, cualquier sombra en la mirada.
Kaevin negó con la cabeza. Lo hizo con naturalidad, casi con desgano.
—¿Sabes de qué animal son las plumas de esta flecha? —preguntó el general, señalando el proyectil con un leve movimiento del mentón.
Por primera vez, Kaevin mostró un pequeño gesto: frunció apenas el ceño, pestañeó. Pero se recuperó rápido.
—No sé ¿De ganso?
El general lo observó en silencio. Kaevin bajó la mirada como quien decide no jugar más.
Entonces el general fue al grano:
—¿Conoces al Guante Carmesí?
Ni un músculo se movió en el rostro de Kaevin. Su respuesta llegó con tono burlón:
—No sé nada de ropas o vestimenta. Solo soy artesano de la madera y el metal.
Hizo una mueca que pretendía ser sonrisa, pero era más bien una máscara torcida.
El general no se inmutó. En lugar de enojarse, le devolvió la expresión con una imitación burlesca: apretó los ojos, frunció el ceño y copió grotescamente la mueca de Kaevin. Un gesto burlón, pero oscuro, casi ritual.
—Parece que no quieres contarnos todo —dijo con tono seco—. Pero al final, la verdad saldrá, por su propio peso.
Se giró entonces hacia la puerta, la abrió de par en par y gritó a los guardias:
—¡Traigan el Trono de la Verdad!
Dos guardias ingresaron a la sala empujando una estructura imponente, pesada como un altar y extraña como un artefacto de otro tiempo. Era una silla, aunque el término resultaba insuficiente. Una amalgama siniestra de madera envejecida y metal ennegrecido por los años. Los pasos de los guardias resonaban con ecos metálicos mientras la empujaban hasta el centro del recinto.
Kaevin la observó con desdén, casi con aburrimiento, hasta que su mirada se fijó en los detalles. Lo que al principio parecía una superficie para apoyar el cuerpo reveló su verdadera naturaleza: canales de metal moldeados anatómicamente, diseñados para recibir con precisión cruel los antebrazos, los muslos y las posaderas del prisionero.
Pero lo más perturbador eran las pequeñas figuras metálicas soldadas sobre esos canales: formas piramidales de base ancha que remataban en puntas romas. No eran cuchillas, no eran clavos. Eran algo peor. Eran instrumentos de presión: gruesos, firmes, y dispuestos con precisión quirúrgica para hundirse no en la carne, sino en los nervios. No estaban allí para desgarrar, sino para aplastar lentamente la voluntad. Cada púa parecía colocada tras un meticuloso estudio del cuerpo humano, apuntando a puntos de tensión y articulaciones con una malicia casi científica.
Kaevin tragó saliva sin quererlo, y su expresión cambió apenas un matiz. Un espectador atento podría haber notado cómo su mirada se volvió opaca, como si algo en su mente comenzara a calcular la duración de lo inevitable. El general, de pie con las manos cruzadas detrás de la espalda, dio una leve orden con la barbilla.
Los guardias se acercaron sin palabras, desataron a Kaevin de la silla anterior y lo alzaron, con un respeto casi ceremonial, hasta el Trono de la Verdad. No hubo forcejeos. Las correas se cerraron una a una, con un sonido seco y final: tobillos, muñecas, pecho y cuello. Todo encajó con precisión aterradora.
Y cuando la última hebilla se tensó con un chasquido final, Kaevin notó que las púas, al primer contacto, apenas se sentían. Le provocaban una ligera incomodidad, como la presión de un mueble mal tallado. Movió ligeramente los brazos y las piernas dentro de los canales metálicos, tanteando la rigidez de las correas.
Entonces, con una sonrisa torcida y un tono burlón, soltó:
—Vaya, este trono parece cómodo. ¿No falta una copa de vino?
El general, aún sin prisa, se acercó unos pasos con una sonrisa en los labios. No dijo nada al principio. Lo observó como se observa a una criatura en un experimento que apenas comienza. Luego, con voz suave y firme, formuló de nuevo la misma pregunta, casi con cortesía:
—¿Has estado en Azurova?
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Editado: 15.02.2026