Esa noche, los guardias arrojaron a Kaevin dentro de la mazmorra como si fuera un muñeco de trapo. Cayó de lado, jadeando, incapaz de amortiguar el golpe. El temblor de su cuerpo era constante, sacudiéndolo como si aún estuviera sujeto al trono de la verdad. La fiebre lo devoraba por dentro, su piel ardía y, al mismo tiempo, sentía un frío que le mordía los huesos.
Sus ojos, enrojecidos y hundidos, apenas podían enfocar; el sudor empapaba su ropa, y cada respiración le costaba como si tragara cuchillas. Bajo la luz mortecina de la antorcha en el pasillo, podían verse los hematomas romboidales que le cubrían brazos y piernas, manchas moradas y negras que se extendían lentamente como si quisieran apropiarse de su piel.
Y, sin embargo, Kaevin no se había quebrado. Había resistido hasta el final, sin regalarle al General Nikandros Thalassios nada más que fragmentos de palabras irrelevantes, ninguna pista que pudiera llevarlo hasta Astrid.
Arrastrándose como podía, se deslizó hasta el catre desvencijado del fondo de la celda. Cada movimiento era un suplicio, pero peor que el dolor físico era la sequedad insoportable en su garganta: no había probado agua ni un bocado desde su captura. Aun así, su voluntad, aunque maltrecha, seguía intacta.
Se dejó caer de espaldas sobre el catre, cerró los ojos y trató de encontrar un rincón de paz en la oscuridad. Entre espasmos y respiraciones entrecortadas, el sueño lo atrapó en pocos minutos, como si su cuerpo se hubiera rendido a la única anestesia posible.
Esa noche Kaevin durmió a trompicones, atrapado en un sueño pesado y frágil. Cada vez que su cuerpo intentaba moverse, un latigazo de dolor lo devolvía a la conciencia.
Al amanecer, el entumecimiento en sus extremidades y el dolor que parecía incrustado en los huesos lo recibieron como un verdugo puntual. Y, como si fuera una cadena invisible, le llegó el recuerdo de las palabras del general, dichas con esa calma que helaba más que un grito:
"Tal vez no quieras hablar hoy. Pero te aseguro que mañana tendrás un muy largo día."
Un escalofrío le recorrió la espalda. Se incorporó en el catre con dificultad y comenzó a balancearse hacia adelante y atrás, sin darse cuenta, con las manos aferradas a su cabeza. A ratos, intentaba acariciarse los brazos y las piernas para calmar el dolor de los hematomas, pero hasta el roce más suave era una punzada insoportable.
Por la pequeña ventana alta de la celda, un hilo de luz rasgaba la penumbra. A través de los muros se filtraban ecos de botas golpeando piedra, chirridos de cerrojos y voces lejanas. Kaevin sentía que, en cualquier segundo, esa puerta se abriría para arrastrarlo otra vez al trono de la verdad.
Entonces, algo distinto: un leve tic contra el suelo de su celda. Kaevin giró la cabeza hacia la puerta, los ojos como platos. Nada. Silencio.
Un segundo tic lo hizo saltar. Esta vez, el sonido venía del otro extremo. Bajó la mirada y vio una pequeña piedra redondeada, blanca, inmóvil en el polvo. Extrañado, levantó la vista buscando su origen, pero en ese momento otra piedra le golpeó la sien con un clac seco.
Se llevó la mano al sitio del impacto y miró alrededor, tenso como un animal acorralado. Fue entonces cuando un susurro apenas audible reptó hasta él:
—Ssshh… ssshh…
Kaevin levantó la mirada hacia la ventanilla en lo alto del muro y ahí, recortada contra el amanecer, vio una pequeña cabeza asomándose: la de un niño, con los ojos bien abiertos y una expresión que mezclaba nerviosismo y urgencia.
Kaevin se incorporó como si llevara plomo en las articulaciones. Cada paso era una negociación con el dolor: músculos tensos como cuerdas viejas, y un zumbido constante en las sienes que no sabía si era fiebre o hambre. Con mucho esfuerzo se puso de pie sobre el catre, tambaleándose por el dolor, y estiró el brazo hacia la ventanilla intentando atrapar al rapazuelo. El muchacho fue más rápido: desapareció como una sombra, dejándole la mano vacía.
—Hijo de perra —gruñó Kaevin, retirando el brazo y apretando los dientes.
Se quedó ahí, de pie sobre el catre, recostado contra el muro, observando la luz que se filtraba por el pequeño hueco. Entonces la silueta del niño volvió a recortarse en el marco de piedra. Fingió no darse cuenta, dándole unos segundos para acercarse, listo para un segundo intento.
Pero antes de que pudiera moverse, el chico susurró:
—¿Les dijiste algo, Kaevin?
Las palabras lo atravesaron como una aguja. Se incorporó un poco, alzando la cabeza para ver mejor, pero la contraluz solo le dejaba una sombra inquietante por rostro.
—¿Les dijiste algo, Kaevin? —repitió el niño, igual de bajo, igual de insistente.
El corazón de Kaevin se aceleró. Desde su captura, sabía que se había convertido en un cabo suelto para Cassian. Si alguien sospechaba que había hablado, tal vez ya hubiesen enviado a alguien a silenciarlo. Tal vez el mismísimo Tharos ya estaba dentro de esas murallas, esperando el momento de abrirle la garganta mientras dormía.
Con un hilo de voz, pero firme, respondió:
—No dije nada. Me torturaron, pero no les he contado nada. Y no pienso hacerlo.
El niño guardó silencio unos segundos. En esa pausa, Kaevin sintió que el aire de la celda se espesaba, como si el chico estuviera evaluando la verdad en sus palabras.
#1424 en Fantasía
#845 en Personajes sobrenaturales
#1744 en Otros
#132 en Aventura
Editado: 15.02.2026