La Golondrina avanzaba despacio, como si midiera cada palmo de mar que la separaba de la costa. El Estrecho de Herania, no era un lugar que se cruzara sin cautela. Sus aguas, encajonadas entre la costa rocosa del continente y la silueta de la isla Tahline, parecían cobrar vida propia; corrientes cruzadas golpeaban el casco con un ritmo irregular, como un corazón agitado, y el viento traía un salitre más denso, casi metálico.
Luna llevaba dos días sin buscar la cubierta más que para respirar unos minutos. La mayor parte del tiempo lo pasaba en el camarote, sentada junto a la pequeña ventana circular, observando cómo el horizonte se fragmentaba en destellos azules y grises. Afuera, la tripulación iba y venía, las órdenes se gritaban por encima del crujir de las cuerdas, pero para ella, el barco era una celda que se mecía con una cadencia adormecedora.
Había intentado leer, dormir o siquiera pensar en algo distinto, pero cada idea terminaba por volver al mismo punto: Astrid. La imagen de su amiga, arrastrada por manos que no pudo detener, se repetía una y otra vez en su mente como una marea que no conoce descanso. Se preguntaba si estaría herida, si aún resistiría, si tendría esperanza… o si esa esperanza ya había sido aplastada.
Afuera, el cielo se cubría y descubría de nubes como si alguien jugara con un velo inmenso. Desde la borda, Tahline se veía como una franja irregular, salpicada de casas blancas que se aferraban a las laderas. Los pescadores locales, en pequeñas embarcaciones de vela triangular, se movían en silencio por las aguas, como sombras que conocían cada giro de las corrientes. Tassio había dicho que esas aguas podían cambiar de humor en cuestión de minutos, que más de un capitán confiado había terminado contra las piedras.
En el camarote, Luna apretaba entre los dedos el relicario de Astrid. Lo acariciaba con la yema de sus dedos como si con ese gesto pudiera invocar a su amiga, o al menos engañar a su corazón para no sentirla tan lejos.
Mientras tanto, en otro mar —el de la mente y la carne herida—, Astrid también viajaba. No sobre la Golondrina, sino en una carreta cerrada que se bamboleaba por caminos sin nombre. La luz entraba apenas por rendijas, y el olor a madera húmeda y hierro oxidado lo impregnaba todo. No podía ver el paisaje, pero lo sentía: los cambios en el aire, el rumor de un río cercano, el crujir de grava bajo las ruedas, los cascos de caballos que marcaban un compás implacable.
A veces, los guardias que la custodiaban murmuraban entre sí, y en esas voces Astrid intentaba encontrar alguna pista de su destino. Había contado tres relevos de escolta en dos días, lo que significaba que el viaje era largo y que no había margen para intentar escapar. No todavía.
Dentro del estrecho compartimiento donde viajaba, le habían ofrecido unas pocas comodidades: cojines para amortiguar los tablones y un par de mantas para las noches frías. Sin embargo, le habían quitado el espejo de Catharos apenas fue capturada, arrebatándole así no solo un objeto de valor, sino también la única ventana que tenía para comunicarse con sus aliados.
En ocasiones, la carreta se detenía en parajes solitarios, lejos de cualquier aldea o camino transitado. Allí, sus custodios —toscos en su porte, pero extrañamente medidos en sus gestos— le quitaban la mordaza y, sin violencia, le ofrecían comida y un jarro de agua. También le permitían asearse lo justo, siempre bajo la atenta mirada de uno o dos hombres armados.
En la primera ocasión que le dieron esa libertad, Astrid intentó correr. Apenas había andado unos metros cuando una mano como un cepo la sujetó del brazo y la arrastró de nuevo a la carreta. No la golpearon, no la insultaron; simplemente la sentaron de vuelta y cerraron la puerta tras ella.
Después de ese intento fallido, dejó de resistirse. Cuando paraban, bajaba en silencio, aceptaba el pan o la carne seca sin alzar la vista hacia sus captores, y se sentaba apartada a comer, con el corazón encogido y la mente ardiendo en preguntas. El grupo de brutos le inspiraba un miedo constante, pero ninguno intentó dañarla ni propasarse con ella. Sabían que su vida tenía un valor incalculable, y todos temían lo que Natalia podría hacerles si la joven enfermaba, moría de hambre o llegaba con una sola marca que no pudiera explicarse.
De vuelta en el estrecho, la Golondrina se preparaba para enfrentar la parte más angosta del paso. Las velas se tensaban con un viento que parecía querer empujar el barco contra la costa de Tahline, y Tassio gritaba órdenes para corregir el rumbo. Luna, desde la pequeña ventana, vio cómo el sol se colaba entre dos nubes, iluminando una franja del mar justo frente a ellos. Era como un camino de luz, pero ella no se movió de su asiento.
El estrecho quedaba atrás poco a poco, y con él, una sensación de respiro. Pero para Luna, la distancia recorrida no traía alivio: la sombra de Astrid seguía ahí, intacta, como si ni una sola milla de mar hubiera sido capaz de separarla.
Mientras tanto, en la capital de Methisarys, la intrincada trampa urdida por Lord Valestra y el General había dado sus frutos. En un plan meticulosamente tejido, habían dispuesto cada hilo para quebrar, no sólo el cuerpo, sino también la voluntad de Kaevin, fingiendo un escape tan convincente que la ilusión se confundiría con la realidad.
El Trono de la Verdad habría podido arrancar una confesión con métodos más directos, pero esa no era la meta. El verdadero objetivo era otro: hundirlo en el dolor, forzar su mente hasta el límite y, cuando su espíritu estuviese más frágil, ofrecerle una esperanza falsa. Así, con la guardia baja, cualquier palabra, cualquier resquicio en su silencio, podría revelar la ubicación de la Guardiana de la Sabiduría.
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Editado: 09.03.2026