
Esa mañana, Eron despertó radiante, silbando una melodía mientras con un cepillo frotaba las tablas de cubierta y ajustaba las velas bajo las órdenes de Tassio. Los demás marineros se mostraban absortos en sus labores, el aire vibraba con el roce del mar y la promesa de lo desconocido.
Cuando terminó, una chispa brilló en su rostro; había tenido una idea.
Se acercó a Tassio y susurró unas palabras que fueron respondidas con un simple asentimiento. Sin perder un instante, bajó corriendo por la escotilla, cruzó el estrecho corredor y tocó la puerta del camarote de los pasajeros.
Luna abrió de inmediato; ya llevaba tiempo despierta.
—Vine para ayudarte —dijo Eron, con una sonrisa amplia y sincera.
Luna cruzó los brazos y lo miró con una mezcla de diversión y sospecha.
—Mmm ¿Y cómo piensas ayudarme?
—Soy marinero, Luna —respondió él con confianza—. He estado en muchos lugares, puedo orientarte con los mapas. Y más que eso, si me lo permites.
Luna se llevó una mano a la cabeza, evaluando. La verdad, el chico sí podía ser útil.
—Está bien, pasa —dijo al fin, abriéndole la puerta.
Entraron y se acercaron a la mesa donde los mapas estaban desplegados. Eron los estudió unos segundos y preguntó:
—¿A dónde quieres llegar?
Luna señaló un punto al oeste de la costa: el Monte Kaereth.
—Es un viaje largo a través de las montañas —dijo Eron, con una sombra de preocupación—. Tal vez tres semanas a caballo o en carreta.
—¿Estás seguro? —insistió Luna, mirándolo fijamente.
—Sí —asintió—. El camino desde el puerto de Lysara es arduo y montañoso.
Hizo una pausa, con el peso de sus palabras colgando en el aire.
—No creo que tu amiga pueda esperar tanto tiempo.
Luna frunció el ceño, apretando con fuerza el relicario de Astrid que colgaba de su pecho. Sentía su mundo venirse abajo al escuchar esas palabras.
Entonces, con un destello en los ojos, añadió:
—Sin embargo… —continuó. Luna levantó la cabeza para mirarlo— hay un camino más rápido. Entrar por barco al Delta de Aridia.
Se inclinó sobre los mapas, tocándolos con dedos decididos, hasta señalar una maraña de ríos que desembocan al sur de Lysara.
—Los canales son profundos —explicó—. Este barco podría atravesarlos. Podrías seguir la ruta comercial de las telas, una vía marítima transitada por mercaderes que llevan sus cargamentos hasta las llanuras de la ciudad de Zyra. De ahí, hay transporte rápido que cruza el desierto hacia casi cualquier lugar del continente.
Luna no podía creer lo que oía. Había pasado dos días planificando el camino por tierra desde Lysara.
—¿Estás seguro, Eron?
El chico remató la idea con una sonrisa franca:
—Ganarás más de dos semanas de viaje. Podrías estar en el Monte Kaereth en pocos días. Además, viajarás acompañada en todo momento. Es una ruta muy transitada.
Los ojos de Luna se iluminaron con la promesa de esperanza. Eron le daba una opción para cumplir su misión más rápido de forma inesperada.
Sin pensarlo, se lanzó sobre él y lo abrazó con fuerza. El beso que siguió fue un estallido de locura contenida, un torrente de emociones que ambos necesitaban liberar.
Entonces, desde la cubierta, llegó la voz firme:
—¡Tierra a la vista!
Luna se apartó, tratando de recobrar la compostura, pero fue inútil. Lo besó de nuevo, empujándolo contra la pared del camarote, arrastrada sin control por el fuego que le quemaba el corazón.
Pero fue Eron quien se detuvo primero, tomando distancia y con voz suave:
—Espera, Luna, espera. Tenemos que hablar con Tassio. Quizá él pueda llevarte. Aún no hemos llegado a puerto.
Luna respiró profundo, aún exaltada, y con una sonrisa trémula le respondió:
—Sí, tienes razón. Tengo que hablar con Tassio.
Unos minutos más tarde Luna estaba frente a Tassio en cubierta.
Tassio apretó la pipa entre sus dedos, haciendo que el humo dibujara volutas en el aire cargado de sal y viento. Sus manos gesticulaban con energía, como si cada movimiento fuera un remo invisible que trataba de capear una tormenta.
—Estamos por llegar al puerto Dina —dijo con voz áspera—, y me propones desviarnos hacia el delta, entrar por esos laberínticos canales. Por todos los dioses de los mares, ¡Tardaré más de ocho días en retomar la ruta y llevar mi cargamento de especias a Calvareth!
Luna, con el mapa arrugado en sus manos, le suplicaba con la mirada mientras daba un paso hacia él, con una mezcla de determinación y súplica.
—Por favor, Tassio —rogó—, debo llegar tierra adentro. Mi mejor opción es el delta.
El viejo marino cerró los ojos, hizo una mueca, y apoyó la pipa en sus labios antes de negar con la cabeza:
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Editado: 09.03.2026