El Destino de la Estrella

Capítulo XXXVI: Viento cambiante

Nueve días después del secuestro de Astrid, Natalia se hallaba en la biblioteca secreta de Kaerthyn. La recopilación de textos de Yaernel era un festín para su mente; devoraba cada traducción que Silarion y el anciano sabio ponían en sus manos.

Aquella mañana, un volumen singular había capturado su atención: un libro escrito en verso críptico sobre la dualidad entre la Grieta de las Sombras y el Pozo de la Luz. La portada, en el idioma arcano de los sabios de Brisenoir, mostraba un círculo coronado por un destello en la parte superior, y en la inferior, tres líneas que lo atravesaban como cicatrices. Natalia se quedó contemplando esa imagen, sintiendo que ocultaba una verdad ancestral, cuando el sonido firme de botas sobre piedra interrumpió su concentración.

Un guardia se presentó en la puerta, erguido, con el puño cerrado contra el corazón.

—Mi señora, noticias desde el sur. Desde Methisarys.

En sus manos traía varios rollos sellados con lacre, portadores de mensajes encriptados traídos por cuervos. Natalia rompió el primer sello y leyó con el ceño fruncido: informes de la red de espionaje confirmaban un pacto sellado entre varios reinos del sur, unidos contra la corona de Azurova. El cálculo frío se adueñó de su mente: si ese pacto se consolidaba, la marea se volvería en su contra.

Pero fue el segundo rollo el que incendió su sangre. Apenas sus ojos recorrieron la mitad del mensaje, lo dejó caer, y con ambas manos golpeó la mesa de roble. El eco retumbó en la sala silenciosa. Un rugido, más propio de una fiera que de una mujer, brotó de su garganta.

—¡Maldito seas, Cassian! —escupió entre dientes, con una ira que olía a pólvora.

El mensaje era claro: el príncipe de Methisarys conocía la implicación de Azurova en el secuestro de la vidente y sabía que su destino era Velgorod. Peor aún: había emitido un decreto público, amenazando marchar con sus ejércitos al norte si en dos semanas no se cumplían sus exigencias.

Natalia rasgó con impaciencia los sellos restantes. Los informes coincidían: los ejércitos de Methisarys y Monthelor se reunían ya en sus fronteras, listos para marchar en cuanto la orden fuera dada. Era el preludio de algo que no podría detenerse sin derramamiento de sangre.

En el silencio que siguió, Natalia cerró los ojos y apretó los puños. Luego, con un gesto lento, dejó que su cuerpo cayera de nuevo sobre el asiento. Apoyó el codo en la mesa y descansó la frente sobre las yemas de los dedos de su mano izquierda, como si quisiera atrapar en ese contacto el pensamiento que se le escapaba.

El guardia mensajero permanecía inmóvil frente a ella, la mirada fija en un punto invisible, el puño cerrado contra el corazón. Natalia lo observó; él, intimidado, enderezó aún más su postura, exagerando el saludo inicial.

—¿Saben dónde está el Guante Carmesí? —preguntó Natalia, con voz baja pero cargada de filo.

—Sí, mi señora —respondió el guardia, manteniendo la vista fija en la nada—. El grupo se separó para atravesar la frontera de Methisarys por rutas distintas y así eludir la vigilancia. Están a dos días de camino del Castillo de Draegomir.

Natalia asintió apenas, como quien recibe una noticia previsible. Pero el guardia continuó.

—Sin embargo… —tragó saliva—, uno de ellos se adelantó. Fue el primero en escapar de Methisarys. Dirige la escolta que traslada a la vidente hasta Velgorod. Llegará mañana al atardecer.

Natalia levantó la vista, clavando los ojos en el joven. No dijo nada, pero su inmovilidad fue más pesada que cualquier palabra. El guardia, con la expresión tensa, sostuvo su mirada apenas un instante antes de refugiarse de nuevo en el vacío, temiendo que un parpadeo fuera interpretado como debilidad.

Ella volvió a inclinar la cabeza, dejando caer la mirada sobre el libro cerrado frente a ella. Posó la mano sobre la tapa, y con la yema del dedo recorrió la figura del círculo, como si buscara en ese trazo la respuesta que no hallaba en los informes.

—Trae a Yaernel —dijo al fin, con voz que era orden y sentencia a la vez.

—Sí, mi señora —respondió el guardia, saludando otra vez antes de perderse entre los pasillos, como si huyera de un lugar donde el aire se había vuelto demasiado denso para respirar.

Minutos más tarde, la figura de Yaernel apareció en el umbral, acompañado por el guardia. Natalia hizo un leve gesto con la mano, y el soldado se retiró sin pronunciar palabra, cerrando la puerta tras de sí.

La princesa se puso de pie. Yaernel, aunque mostraba cierta ansiedad ante el llamado, no dejó de inclinarse con una cortesía medida, con esa mezcla de respeto y temor que despertaba la presencia de la heredera.

—Yaernel —comenzó Natalia, su voz firme y sin rodeos—. Las catapultas de fuego que protegían la ciudad ¿Las conoces?

—¡Las Catapultas Fénix! —respondió él con un brillo de orgullo—. Sí, mi señora, las conozco bien. Participé en el diseño de sus piezas mecánicas.

No era noticia para Natalia. En realidad, lo había supuesto: uno de los hombres más sabios de Kaerthyn y el último de los herreros de Brisenoir solo podía estar detrás de aquella maravilla bélica que había hecho temblar a sus tropas durante el asedio.



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En el texto hay: aventura, epico, elegidos

Editado: 09.03.2026

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