
Luna corría entre las dunas, las lágrimas surcaban su rostro mientras el viento azotaba con furia, lanzándole alfileres de arena que punzaban su piel. Se cubría con las manos, tratando de refugiarse de la tormenta, pero a cada paso el aire la empujaba, arrastrándola hacia un costado, teniendo que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantenerse en pie.
Entonces, una voz joven la llamó a lo lejos. No era la primera vez que la oía, pero esta vez era diferente. Luna sabía que estaba soñando, atrapada una vez más en aquella tormenta que parecía repetirse eternamente. Observó su cuerpo, envuelto en ropas extrañas, incongruentes en medio del desierto. Y cuando volteó hacia la figura que se recortaba en el horizonte, esta no la llamó por su nombre como en ocasiones anteriores, esta vez mencionó una palabra distinta, clara y poderosa: Anzarah.
Un sobresalto la despertó. Estaba en la posada “Linda Fátima”, en una habitación sencilla y cálida. La noche anterior, siguiendo las indicaciones de un mercader en la calle, había encontrado aquel refugio. Allí estaba el viejo Ahmed, un hombre de barba blanca y larga, nariz prominente, turbante y túnica clara adornada con una capa ligera que le cruzaba el costado.
Ahmed recordó al instante a Tassio cuando Luna pronunció su nombre y preguntó por él.
—¿Cómo está ese viejo cangrejo? ¿Todavía se olvida de los nombres? —dijo, con un brillo travieso en los ojos.
Luna soltó una risa genuina, imaginándolo con su terquedad legendaria.
—Ni una sola vez acertó con mi nombre —dijo, entre risas—. Como todo un campeón.
Ambos se rieron, y luego Ahmed le entregó las llaves de una habitación, con indicaciones claras y amables.
Esa noche durmió en la posada. Aquel lugar… no, el puerto entero, le resultaba extrañamente familiar. Había algo en el aire, en el olor salobre y el rumor de las gaviotas, que le hacía sentir como si estuviera regresando a casa. Ya había salido el sol cuando despertó; la luz dorada se colaba por la ventana de la habitación y dibujaba líneas tibias sobre la pared encalada. Se vistió con rapidez, revisó que sus pertenencias estuvieran listas para partir y bajó las escaleras de madera.
Ahmed la saludó con una sonrisa franca y le ofreció algo de desayuno, a lo que Luna no pudo negarse; tal vez no tendría tiempo de comer durante el siguiente tramo de su viaje. El posadero le sirvió pan plano recién hecho, todavía tibio, con dátiles dulces como miel, un pequeño cuenco de aceitunas negras curadas en sal, queso fresco de cabra y una tetera de menta humeante cuyo aroma perfumaba la mesa.
Luna comió con prisa mientras repasaba su cuaderno de notas. Sonrió al ver la letra de Eron, todavía un poco insegura pero llena de entusiasmo, describiendo fragmentos de su travesía marítima. Al terminar, dejó un par de monedas sobre la mesa y preguntó a Ahmed dónde podría alquilar un caballo. Él le recomendó un establo de confianza, uno de los mejores del puerto, donde podría conseguir un buen animal y devolverlo más tarde en la oficina de las afueras de Zyra, antes de entrar en la ciudad. Si el caballo sufría algún daño, debería pagar el precio completo de compra.
El puerto de Zalhid era un mosaico de voces y colores. Entre las callejuelas, mercaderes desplegaban mantas llenas de cúmulos dorados de cúrcuma, rojos intensos de pimentón y marrones profundos de canela. El golpeteo de los martillos sobre el cobre resonaba junto al graznido de las gaviotas, y el aroma de pescado fresco se mezclaba con el del aceite caliente de los puestos callejeros. Barcos de velas se mecían suavemente junto a los muelles, mientras niños corrían descalzos, esquivando cestos de frutas y cántaros de agua.
Siguió las instrucciones de Ahmed al pie de la letra y, una hora más tarde, abandonaba el puerto de Zalhid montando un hermoso corcel castaño oscuro, de crin espesa y brillante, con una mancha blanca en la frente que parecía una diminuta estrella.
El viaje fue de sólo unas pocas horas por caminos claramente marcados que atravesaban tierras semiáridas. La senda serpenteaba entre colinas bajas cubiertas de matorrales grisáceos, donde el polvo se levantaba con cada paso del caballo. Era una ruta muy transitada: a un lado y otro aparecían mercaderes ofreciendo vasijas de barro y frutas secas, caravanas que se desplazaban lentamente bajo el sol y viajeros solitarios que saludaban con un leve gesto al cruzarse.
Para cuando el sol alcanzó su cenit, Luna llegó a lo alto de una pequeña colina y desde allí divisó la ciudad. Zyra se alzaba como un oasis amurallado en medio del paisaje reseco: muros de piedra color ocre que brillaban bajo el sol, torres de vigilancia con estandartes ondeando y tejados planos salpicados de tinajas y alfombras tendidas. Más allá, los minaretes se elevaban como lanzas finas hacia el cielo pálido, y un cinturón de palmeras marcaba el curso de un río que bordeaba el flanco oriental de la ciudad.
Al llegar a la oficina de postas indicada por Ahmed, Luna desmontó y ató su caballo a un madero frente a la entrada. Llevaba en la mano un papel a modo de recibo, con la firma y el sello de Zalhid estampados en tinta azul. Un hombre de porte amable, con bigote fino y túnica clara, le sonrió y le preguntó a dónde se dirigía. Luna dudó un instante antes de responder que buscaba un puerto de salida donde pudiera embarcar un carruaje con un nombre especial.
—"Elsefir" —dijo, esforzándose en pronunciar el garabato que Eron había dejado en sus notas.
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Editado: 29.03.2026