El Destino de la Estrella

Crónicas de los Profetas IV: Visión del profeta Denhir

Una noche del vigésimo tercer día del mes de Aprelinya del 391 EAS, mientras meditaba, vino a mí una visión de hechos que han de ocurrir en un futuro próximo y que, de hacerse realidad, podrían cambiar el mundo tal como lo conocemos.

Mis ojos estaban cerrados, enfocados en la oscuridad, cuando de pronto una fuerza me empujó fuera de mi cuerpo. Me sentí flotando en el aire, ligero, como si la carne hubiera perdido todo su peso.

Por un instante miré mis manos. Eran etéreas, traslúcidas, dejando ver la luz y las sombras a través de ellas como si fueran de cristal. Pero lo que más me inquietó fue descubrir, a un costado, mi propio cuerpo físico aún sentado sobre el tapete de mi habitación. Un hilo dorado unía mi alma etérea a ese cuerpo, como un grillete de luz.

Aún no salía de mi asombro cuando sentí una fuerza tirar de aquel hilo y arrastrarme lejos.

En un instante vi ciudades, valles, desiertos y lagos pasar bajo mis pies como si el mundo entero fuera un mapa desplegado ante mí. El viaje solo se detuvo cuando quedé suspendido sobre una ciudad destruida.

Algunas de sus torres blancas y doradas aún resplandecían débilmente bajo la luz de la luna.

Miré hacia el suelo y fue entonces cuando los vi.

Aliados de las Sombras

Un puñado de hombres con batas blancas y capuchas se reunía alrededor de una fogata en medio de la plaza central. A su alrededor, los troncos secos de los árboles quemados se alzaban hacia el cielo como manos huesudas implorando piedad.

Hablaban en una lengua desconocida para mí: gutural, áspera, casi como si un animal intentara imitar el habla humana.

Pero pronto comprendí algo inquietante, no hablaban entre ellos. Hablaban… con algo que se ocultaba en la zona oscura de la plaza.

El hombre que estaba en el centro levantó una mano, todos callaron. Entonces, desde las sombras, apareció la criatura.

Avanzaba encorvada, arrastrando su larga figura hacia la luz del fuego. A pesar de que yo era espíritu y no podían verme, sentí un miedo profundo, un temor mitológico que heló incluso aquello que ya no era carne en mí.

La criatura tenía forma de hombre… pero no era un hombre. Era enorme, de piel negra como la noche, desnudo y de proporciones grotescas. Su cabeza carecía de ojos o boca, y donde debería haber estado su mirada solo había cuencas vacías que, por momentos, parecían brillar débilmente.

Caminaba con la espalda torcida y sus brazos eran tan largos que casi rozaban el suelo. De su piel emanaba un humo oscuro, como la ceniza de una brasa que alguna vez ardió con furia. Pero lo que más me aterrorizó fueron sus manos: largas, huesudas… terminadas en garras curvadas y brillantes que parecían de metal, reflejando la luz de la fogata como cuchillas.

Sobre su cabeza se alzaban cuernos largos, curvados hacia atrás y retorcidos sobre sí mismos como los de un carnero. Su superficie era rugosa, oscura… y brillaba con el frío lustre del azabache.

La criatura se detuvo ante los hombres encapuchados. Les habló en una lengua extraña, pero su voz no era una sola voz. Era un coro imposible: grave y agudo al mismo tiempo, como si muchas gargantas hablaran a través de un solo cuerpo. Parecía estar dándoles una orden, los hombres asintieron en silencio.

Entonces la criatura se dio media vuelta y regresó a las sombras, desapareciendo nuevamente en la oscuridad de la plaza.

Mi espíritu descendió lentamente hasta el nivel del suelo. Fue entonces cuando los vi.

A corta distancia, ocultos tras un muro derruido, una pareja de guerreros —un hombre y una mujer— observaban la escena en silencio. De pronto, los hombres de túnicas blancas comenzaron a hablar en otra lengua. Y esta vez pude entenderlos.

—¡Estigia ha hablado! —proclamó uno de ellos—. ¡El Pozo de la Luz debe ser destruido para que el reino de las sombras llegue hasta nosotros!

Otro levantó las manos hacia el cielo oscuro.

—¡Cuando el Pozo de la Luz desaparezca, las reliquias del alma perderán su poder!

Y entonces todos gritaron al unísono:

—¡Por las sombras de la creación!

—¡Por las sombras de la creación! —repitieron una y otra vez.

En ese momento comprendí algo que nadie más parece haber visto. Las reliquias del alma, esas armas sagradas que empuñaron nuestros héroes antepasados… no existen por sí mismas. Su destino está ligado al Pozo de la Luz.

Sentí entonces un tirón violento en el hilo dorado que unía mi espíritu a mi cuerpo y en un instante fui arrastrado de regreso a la carne.

Desperté con el corazón agitado, recordando aún con vívido temor el aspecto de aquella criatura… y el eco de su voz resonando todavía en mi mente.



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En el texto hay: aventura, epico, elegidos

Editado: 29.03.2026

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