
Cassian cruzó apresurado las puertas del Castillo de Draegomir, acompañado de Velka, Tarn, Kaevin y Lira. Era cerca de la medianoche; las lámparas proyectaban un fulgor tembloroso sobre su rostro, revelando una mirada perdida y una rigidez imposible. Los soldados que custodiaban el castillo lo miraban con desdicha, como si vieran a un condenado caminando hacia el cadalso.
Sin detenerse, atravesó los pasillos oscuros, apenas iluminados por antorchas cuyo humo dibujaba sombras inquietas sobre las paredes.
Se dirigió directamente a la Sala de Recepciones, un salón amplio destinado a recibir a dignatarios y huéspedes de gran importancia. Altos estantes de madera oscura se alzaban contra las paredes, rebosantes de tomos encuadernados en cuero y pergaminos envejecidos. Entre ellos, muebles robustos sostenían cofres de marfil, reliquias cubiertas por vitrinas y pequeñas esculturas de piedra, trofeos mudos de guerras antiguas. El aire olía a cera derretida y a polvo acumulado por siglos.
El salón, pobremente iluminado, estaba vacío cuando llegaron. Cassian giró sobre sí mismo, los ojos recorriendo cada rincón con nerviosismo, hasta que un sonido viscoso, como líquidos mezclándose, quebró el silencio.
Entonces, ocurrió. Sin previo aviso, Natalia emergió desde el ángulo más profundo de la sala. Primero se insinuó una sombra extraña detrás de una vitrina que exhibía una armadura negra; luego, como si la penumbra misma cediera su forma, ella se desprendió de la sombra. Su figura avanzó con un movimiento etéreo, y por un instante, una bruma oscura pareció reptar a su alrededor antes de disiparse lentamente. Fue como si el aire la hubiera estado ocultando y, de pronto, la devolviera al mundo.
Los miembros del Guante Carmesí contemplaron, atónitos, cómo Natalia emergía de las sombras. Cassian, con los ojos desorbitados y la respiración entrecortada, se adelantó al juicio. Sacó una daga y, de inmediato, cayó de bruces al suelo.
—Mi señora, le he fallado —murmuró con voz quebrada.
A continuación, se incorporó hasta quedar de rodillas, apoyó la mano izquierda sobre el suelo y colocó el filo de la daga sobre sus dedos.
—¡Guarda eso, Cassian! —ordenó la princesa, su voz resonando como un látigo. Pasó junto a él sin siquiera mirarlo. Cassian, confundido, retiró lentamente el acero de su mano, sin saber qué destino le aguardaba.
—Ponte de pie —ordenó Natalia.
Los demás miembros del grupo intercambiaron miradas cargadas de temor, sabiendo que el juicio, tarde o temprano, también los alcanzaría.
—Estarías ahora probando el filo de mi espada… —dijo ella, acariciando el pomo de Umbra— si no fuera por el tesoro que has traído.
En ese momento, Tharos entró al salón e hizo una reverencia. Natalia extrajo de entre sus ropajes el libro de tapa azul que el Guante Carmesí había recuperado en Methisarys.
—Tharos se adelantó a todos ustedes —dijo, lanzándoles una mirada que los recorrió como un frío cuchillo—. Me habló del nuevo enemigo que frustró su plan. Y me mostró esto.
Levantó el libro apenas unos segundos para que todos lo vieran antes de bajarlo.
El silencio se adueñó de la sala. La respiración de cada uno de los presentes parecía suspendida. Natalia bajó la vista, reflexionando.
—Si lo que está escrito aquí es cierto, no solo debemos temer al enemigo que encontraron en Methisarys, ni a la vidente o a la sanadora. —Su voz se volvió grave y contundente—. Surgirán personas con poderes extraordinarios que amenazarán nuestra guerra contra la oscuridad.
Alzó la vista, fijando los ojos en cada uno de ellos.
—Ahora más que nunca necesitaré personas con sus habilidades.
Cassian soltó un suspiro de alivio, que duró apenas un instante.
—Me fallaron en Methisarys, y sus actos están a punto de provocar una guerra —continuó Natalia.
Una gota de sudor resbaló por la frente de Cassian.
—Sin embargo, era un suceso inevitable. Y tendrán la oportunidad de redimirse.
Con un movimiento pausado, guardó el libro azul y sacó otro de entre sus ropas: un diario. En su tapa, escrito a mano, se leía un nombre: Astrid Calliandra. Lo tendió hacia Cassian.
Él lo recibió con el ceño fruncido, pasando los dedos por la cubierta como si el nombre pesara.
—Este es el diario de la vidente. Planeaba ir a Yakur, un pueblo ancestral en las montañas, para traer a un joven con un don muy especial. Tráiganme a ese joven. Con vida.
Natalia se dio media vuelta y, sin mirarlo, agregó con voz baja pero afilada:
—Me fallas otra vez, Cassian y no reclamaré tus dedos, sino tu cabeza.
Cassian tragó en seco.
Seguidamente, Natalia se dio media vuelta y abandonó la sala con pasos firmes, dejando tras de sí un silencio cargado. Cassian se acercó a Tharos y, con una sonrisa nerviosa, estrechó su mano a la altura del pecho.
—Tharos, hoy salvaste nuestras gargantas.
El aludido inclinó la cabeza en una breve reverencia, aceptando el comentario con sobriedad.
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Editado: 29.03.2026