
Parte 1: La Muerte Blanca
En el año 380 de la Era del Alba Sellada, en el poblado de Al-Vahir, nacieron dos niños mellizos en el seno de la familia Sahrajin. Era un día claro, de finales de Maelivik, el sol brillaba en lo alto derramando calor sobre la arena. Sin embargo, una brisa fresca del este refrescaba los callejones y casas rudimentarias del pueblo.
Al ver la luz el primero de los bebés, su padre, Amir Sahrajin, lo alzó sobre su cabeza con orgullo. Que el primero en nacer hubiese sido un varón fue, para Amir, una señal de bendición: el heredero que habría de continuar su casta.
—He aquí mi hijo, mi primogénito y mi legado —proclamó, mientras los presentes celebraban.
El niño tenía la piel más oscura de lo habitual en la región, pero lejos de incomodarlo, aquello ensanchó aún más el orgullo de Amir, que lo alzó por encima de su cabeza entre bendiciones y voces jubilosas.
Todos sonreían aún con el niño en lo alto, cuando el grito de la partera dejó sin palabras a todos.
—Esperen, hay un segundo bebé en camino. ¡Son gemelos!
Los ojos de Amir se abrieron desorbitados al escuchar que su felicidad sería doble ese día. Bajó al recién nacido con cuidado hasta posarlo entre sus brazos mientras sonreía. Caminaba frente a la puerta de la habitación, impaciente, pero lleno de orgullo, esperando la segunda llegada.
Sin embargo, no todo fue dicha ese día.
En medio del alumbramiento, el parto se complicó. Las asistentes corrían de un lado a otro con toallas tibias, agua caliente y cuencos con remedios naturales. La sangre no dejaba de manar, y los gritos de dolor se derramaron por la habitación y los corredores como un mal presagio. Horas después, entre susurros de oración y manos temblorosas, Helena Sahrajin dio a luz a su segundo hijo.
Un grito rompió el murmullo:
—¡Es una niña! —exclamó la partera abriendo la puerta de la habitación.
Amir se acercó emocionado, pero al ver el pequeño cuerpo en brazos de su mujer, se detuvo. La pequeña no tenía el más mínimo vestigio de color en la piel: era blanca como la luz misma.
Helena, agotada, pidió que se la acercaran. Aún unida a ella por el cordón umbilical, la pequeña fue colocada en su regazo.
—Oh, criatura… tan blanca como una luz resplandeciente —susurró con ternura.
Amir, conmovido, acercó también al primer bebé.
—Y tú… eres oscuro como el ónice.
Cuando estuvieron juntos en los brazos de su madre, Amir besó la frente de cada uno de sus hijos con ternura. Helena sonrió con cansancio. Sus labios dibujaron un último suspiro y pronunció dos nombres:
—Anzarah. Y Onyx.
Luego cerró los ojos para descansar, y ya nunca volvió a abrirlos.
Amir lloró durante mucho tiempo. Había perdido a la mujer que adoraba como a su propia vida, pero ella le había dejado el más grande de los regalos: dos hijos nacidos de su amor. Eran distintos como el día y la noche, pero ambos de un mismo origen.
El pueblo, sin embargo, no compartía su mirada. Entre susurros y miradas furtivas, se propagó la historia de que la niña fantasmal había robado la vida de su madre al nacer. Le dieron un nombre que corría como veneno en las calles.
Selqira. La Muerte Blanca.
A pesar de la pérdida de su esposa, Amir intentó criar a sus hijos con amor. Pero Anzarah creció como una marginada en su propia tierra. Desde niña sintió el peso de las miradas que se apartaban, de los murmullos que repetían una y otra vez la misma palabra: Selqira.
Nunca tuvo amigos. Los otros niños se apartaban de ella como si la desgracia pudiera contagiarse con solo estar cerca. Su hermano, sin embargo, la amaba con la fuerza de quien protege algo sagrado. Más de una vez se enfrentó a grupos de niños que señalaban con el dedo o escupían insultos contra ella. Y aunque la infancia de Anzarah estuvo marcada por el rechazo y la ausencia de su madre, siempre tuvo una sonrisa para su padre y para Onyx.
Amir, digno descendiente de los Sahrajin, comenzó a entrenarlos en el arte del combate cuando los mellizos cumplieron diez años. Su linaje guardaba un secreto y una misión: estar preparados para cuando las “sombras” amenazaran al mundo. Como su antepasada, la poderosa Amirah Sahrajin, debían estar listos para responder al llamado y luchar junto a los Portadores. Tal como ella lo hizo Amirah al lado de Aitherion, antes de la Era del Alba Sellada.
Onyx mostraba un talento natural para la batalla. En apenas dos años dominó las técnicas de su padre y se convirtió en un joven guerrero temible.
Anzarah, en cambio, avanzaba más despacio. No por falta de esfuerzo, sino por una torpeza inicial que la frustraba. Onyx, sin embargo, no permitía que ella se quedara atrás: cada día le enseñaba lo que su padre no podía explicar con palabras claras —cómo respirar al golpear, dónde colocar las manos para desviar un ataque, el ángulo exacto para un corte limpio, el punto preciso donde una herida resulta decisiva—. Anzarah escuchaba en silencio y repetía una y otra vez hasta que su cuerpo aprendía por instinto.
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Editado: 29.03.2026