—Despierta.
La voz de Pam llegó a través de la neblina del sueño. Me removí entre las cobijas y traté de seguir durmiendo.
—Uhm —me quejé.
—¡Vamos a llegar tarde! Si no despiertas de una buena vez, me iré sin tí.
Como un resorte, me levanté. Empujé las mantas fuera para ponerme de pie.
Pam estaba sentada sobre su cama, junto a la mía, con la mirada perdida; absolutamente desinteresada de su entorno. Llevaba sus cabellos negros atados en dos trenzas que caían sobre sus hombros, y el elegante uniforme gris con bordados verdes, del colegio al que asistíamos.
Me apresuré a ponerme el uniforme, antes de que ella decidiera que no valía la pena esperarme. La podía observar desde el espejo que ocupaba para arreglarme. Si bien ella nunca parecía mostrar algún tipo de emociones, la conocía bastante bien como para saber el mínimo cambio en su comportamiento.
Ambos crecimos juntos en una casa de acogida con la señora Vit, una amable mujer que se apiadó de nosotros en aquel orfanato hace siete años. No había día en el que no le agradeceríamos por su ayuda.
Al inicio creímos que la señora estaba loca. Caminaba de un lado a otro por la casa murmurando cosas sin sentido, con la mirada perdida, sin ningún tipo de control en sus acciones. Conforme pasó el tiempo, nos fuimos acostumbrando a su extraño comportamiento, y a las miradas desagradables que la gente del pueblo solía lanzarle cada vez que se perdía en su mente. También aprendimos a soportar los susurros cuando la veían acercarse a los negocios, así como las oraciones y escupitajos que lanzaban a sus pies, con el argumento de que atraía a la mala suerte.
No mucho después de llegar a la casa, Pam se había puesto bastante grave. Necesitaba que la revisaran con urgencia.
Pedirle ayuda a la señora no resultó efectivo en absoluto. Ella no dejaba de murmurar cosas sin sentido. Traté de cargar a una inconsciente Pam para arrastrarla hasta la casa de un médico o sanador, pero era aún un niño debilucho.
Aquel día, fue la primera vez que ví a la señora Vit más lúcida que nunca. Tomó el cuerpo de Pam en brazos para colocarla sobre la mesa del comedor, adornada con velas a su alrededor, con un aspecto terrorífico. La señora se giró hacia mí con sus ojos grises muy abiertos.
—Veas lo que veas, pase lo que pase… ¡No te acerques!
No hice preguntas, me quedé congelado en el sitio.
Cuando su pequeño cuerpo estuvo en el centro de todas esas velas, las llamas comenzaron a danzar con fuerza, alzándose hasta casi quemar el techo. El pánico se apoderó de mí al ver cómo se quejaba y gritaba sin control. Gruñía, jadeaba, pateaba, babeaba, se retorcía de formas extrañas y lloraba. Pedía que pararan, que la soltaran.
Una especie de humo negro comenzó a salir de su cuerpo y la señora llegó con un frasco donde la bruma se metió.
Caminé hacia uno de los estantes que teníamos prohibido abrir, sorprendiéndome ante la gran cantidad de frascos iguales. La señora Vit era al parecer una especie de exorcista. Quizá no estaba tan loca como se pensaba.
—La chica tiene un don especial… —susurró.
Me gire hacia Pam. Ella vomitaba a un costado de la mesa, con la cara pálida e hinchada por tanto llorar. Las velas se habían consumido en su totalidad.
Me acerqué despacio hacia ella, mirándome en sus ojos como espejos de obsidiana. Parecía un animal asustado, herido, enojado. Se veía peligrosa. Nunca antes me había aterrado su mirada. Al contrario, la encontraba cautivadora.
La señora me agarró por el hombro antes de dar otro paso hacia ella. Tiró de mí hacia atrás.
—Por ahora déjala sola, chico. He descubierto su secreto y lo más probable es que se sienta enojada.
Como si lo hubiera adivinado, se giró hacia nosotros para gruñir como lo haría un gato rabioso. La ira que emanaba era asfixiante, y podía jurar que incluso era tangible.
Subí a dormir, o por lo menos a intentarlo, mientras la señora se quedaba a charlar con ella. Me quedé despierto la mayor parte de la noche. Pensaba en todas aquellas veces que había sido molestada en el orfanato o en el instituto, por culpa de no poseer un don. En un pueblo donde los dones eran sagrados, donde tener uno era considerado una bendición y el no poseerlo era tomado como una aberración; un castigo de los dioses. Eras marginado.
Debido a que yo no poseía ninguno, mi vida fue dura y Pam soportó cada golpe, cada burla, a mi lado. Porque éramos iguales. Pero eso no era verdad. Ella sí poseía un don y, aparentemente, uno muy raro.
Por la mañana, desperté con el chirriar de la puerta en sus bisagras. Cabizbaja, con el rostro oculto entre una maraña de cabello, su rostro pálido viajó del suelo hasta mi cara. Con pasos cortos, derrotada, se sentó en el borde de la cama y se cubrió los ojos con las manos.
—Tienes un don —dije, con la boca seca.
Ella asintió.
—¿Por qué nunca me dijiste?
Pam no respondió.
El miedo, el cansancio y cualquier otro sentimiento que me molestaba, había desaparecido. Pero la ira permaneció. Me sentía traicionado. Había confiado en ella, había peleado por ella.