Mientras ocurría el diálogo ya expuesto en el capítulo anterior, el contraalmrante Eghist llegó a la ciudad de Naraka.
Las callecitas empedradas de color gris topo combinado con blanco iban en bajada y en todas direcciones, asemejandose a un laberinto bastante bello a la vista gracias a la cantidad de plantas y flores que colgaban de las ventanas de las casas. Cada tanto habían pequeñas placitas con arbolitos, y bancos.
Entre menos recursos ecónomicos tenía la gente, los colores eran menos atractivos, sus espacios estaban descuidados.
Era allí donde Eghist se dirigía. Avanzó con paso firme hasta arribar a una modesta casa con un pequeño taller en su costado. Al no ver a nadie tocó la puerta de la vivienda.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo?—fue el saludo de un hombre de tez naranja clara, ojos celestes, y cabello castaño. Llevaba puesto un delantal marrón.
—¿Usted es el padre del jardinero?—preguntó el contraalmirante.
El carpintero reconoció el rango de la Armada, y se puso a un costado para dejarlo pasar.
—Si se trata de Aghar no puedo dejarlo afuera. Pase por favor.
—Gracias.
El contraalmirante paso la mirada por el lugar.
No era la gran cosa.
—¿Le ofrezco algo de beber?
—No. No me llevará mucho tiempo.
—Usted dirá contraalmirante.
El mencionado sacó una bolsa con varias monedas azulinas, y la depositó sobre la mesa.
—¿Qué es esto?—preguntó el carpintero confundido.
—Con este dinero tú y ese muchacho podrán vivir donde se les plazca, y muy bien.
—No comprendo.
—Quiero que ustedes dos se vayan de Naraka lo más lejos posible. Eso quiero—comentó ya con un tono más molesto.
—Pero ¿por qué?
—Su hijo es un insolente, tuvo la osadía de responderme, y no cumplir con una orden. Esas actitudes no son toleradas en la Armada.
—Mi hijo es joven pero no es un mal muchacho. No pude darle una buena educación; mi esposa murió cuando nació y ...
—¡No me mienta! ¡Sé perfectamente que él no es su hijo!
—¿Cómo lo sabe?
—Ese chico es mi bastardo, fuí yo quien lo abadonó atado de cabeza en ese árbol.
—Ahora entiendo. Quiere evitar que en el caso de que le sudeda algo, Aghar no pueda reclamar nada. No se preocupe, no pienso decirle la verdad—contestó el hombre igual de enfadado—.Tome su dinero, y váyase.
—Yo soy el padre de ese chico. Yo decido sobre su vida.
Rushon golpeó la mesa.
—¡Aghar es MI HIJO! Yo lo crié. Usted no tiene ningun derecho a reclamar nada, y si hubiera querido ser su padre, lo hubiese pensado antes. Haga de cuenta que Aghar no existe, y es un extraño. Aléjese de mi hijo.
—Bien. Haré de su vida un infierno hasta que se larguen de aquí.
—Toque a mi hijo, y me olvidaré que es un contraalmirante.
—¿Se atreve a amanazarme?
—Tómelo como quiera. Salga de mi casa AHORA.
El contraalmirante tiró todo de la mesa y salió echo una fiera.
—¡¿Quién se cree que es para venir a reclamar a Aghar?!—exclamó el carpintero—.Estúpido.
Ya en la calle, Eghist pasó por un bar donde estaban Dariel y su hija tomando un helado.
El capitán Zhyron lo observó en silencio. Le pareció muy extraño verlo por esa zona.
—Papá, el helado está muy rico—comentó la pequeña.
—Es cierto pero todavía no me respondinste el por qué no te agrada Minroth.
—Minroth es malo, me mira de una forma poco feliz.
—¿A qué te refieres?
—Siempre me rompe mis muñecas o golpea animalitos hasta matarlos.
—¿Qué?
—¡Sí papá! Mete animalitos en cajas hasta una vez me dijo que le gustaría lastimar personas.
—Seguro Minroth te mintió. Él no es capaz de hacer algo como eso.