El Destino del Héroe

Prologo

Antes de toda creación, la diosa Génesis emergió de un letargo eónico. En su visión, seres y formas de vida —además de ella misma y las mareas a sus pies— habitaban una pequeña esfera sumergida en el abismo infinito del Mar Primordial. Eran existencias tan hermosas como frágiles, capaces de despertar en ella una emoción desconocida. Aquel sueño le reveló verdades que escapaban a su comprensión y, en su anhelo por descifrarlas, despertó también al océano que yacía bajo su manto.
Al percibir la soledad de su compañera, el Mar Primordial propuso forjar aquella esfera y a sus habitantes. No obstante, lanzó una advertencia ineludible: todo lo que nace de la nada, tarde o temprano, a ella regresa. Su función, sentenció el Mar Primordial, sería conducir la creación hacia una destrucción inevitable, permitiendo que sus aguas recobraran la quietud de antaño.
Génesis, embriagada por una alegría insondable, aceptó el pacto. Canalizó su poder para esculpir la esfera, a la que bautizó como «la Existencia». En su interior, incontables universos y planos nacieron de su amor por aquel instante efímero. Sin embargo, muchos fueron devorados por las corrientes del Mar Primigenio apenas fueron concebidos.
Entonces, la diosa lloró.
De aquella lágrima brotó una chispa única para cada ser: un impulso, una fuerza capaz de otorgar valor incluso frente a la muerte; un rayo de esperanza para proteger la belleza de sus mundos.
Este relato se preserva en uno de los escasos pergaminos de la Iglesia de la Salvación que sobrevivieron al Gran Cataclismo de hace diez mil años. Fue un evento inexplicable que borró toda memoria, robando incluso la causa de su propio nombre. Nadie recuerda qué ocurrió. Nadie puede explicar su naturaleza. Lo único que restaba era reconstruir lo olvidado desde las cenizas.
Los supervivientes rehicieron el mundo. Al encontrarse con otras especies en su misma situación, erigieron juntos el Pilar del Olvido: el primer monumento de la nueva era. Alrededor de este monolito, levantaron asentamientos sobre las ruinas de una época perdida y la tierra volvió a latir. Pero hubo un linaje que nunca volvió a conectar con los demás: los demonios.
Mientras el resto de las civilizaciones despertaba en el lado oriental del continente único de Ágaria, los demonios lo hicieron en el oeste. La reconexión llegó un siglo después, exenta de conflicto... al menos, en aquel momento.
Doscientos quince años después del cataclismo, la paz se quebró. Una joven demonio se presentó ante su pueblo con una meta única: convertir a su raza en la potencia dominante y gobernar sobre las demás. Prometió una era dorada a sus seguidores y la extinción a quienes se negaran. La propuesta ofendió al líder vigente y a muchos de sus súbditos, quienes observaban con temor cómo la plebe comenzaba a escucharla, seducida por sus palabras.
El caudillo no era ingenuo; sabía que la inacción desataría una guerra civil. La retó a un duelo a muerte para reafirmar su autoridad. Aunque no conservaba recuerdos previos al cataclismo, su cuerpo atesoraba la memoria muscular de cientos de combates. Confiaba en que la experiencia lo sostendría.
No obstante, la joven lo venció con una sencillez aterradora. Su poder bastó para que todos se inclinaran ante ella mientras tomaba asiento sobre el cuerpo inerte de su predecesor. Los demonios la coronaron como la Reina Demonio y, de inmediato, movilizó a los ejércitos. Su ambición —conquistar el continente y someter a cada raza— dejó de ser un sueño tras aquella demostración de fuerza.
Así estalló el primer conflicto del nuevo mundo. Durante dos años, la supremacía demoníaca pareció absoluta. Su líder ostentaba un poder tal que ni el guerrero más hábil lograba rozar uno solo de sus cabellos. Las razas libres se tambaleaban al borde del abismo... hasta que él apareció.
Un joven humano irrumpió en el campo de batalla. Salvó a hombres y elfos invocando una cúpula de ramas vivas y desafió al ejército enemigo. Al igual que en el duelo donde cayó el antiguo líder demonio, los testigos contemplaron un poder que superaba toda lógica conocida. Su llegada alteró el curso de la guerra. Las naciones, al borde de la rendición, recuperaron el coraje y las batallas subsiguientes culminaron en empates o victorias.
La Reina Demonio, inquieta, decidió actuar personalmente.
El único combate entre ambos fue, a la par, una maravilla y una condena. El choque de sus poderes amenazó la integridad del mundo; de no haber desplazado la batalla a los confines del cosmos, el universo mismo habría colapsado. Al final, el joven prevaleció. Regresó portando el cuerpo sin vida de la reina e invocó una llama blanca que consumió sus restos hasta la nada.
El conflicto cesó. Los demonios huyeron hacia el extremo occidental del continente y las razas celebraron. Quisieron otorgarle el título de Héroe, pero él lo rechazó y partió hacia un destino desconocido. Antes de marcharse, reveló la existencia de comunidades ocultas por todo el continente y exigió su protección.
En los milenios siguientes, Ágaria floreció. Surgieron estructuras desconocidas, mazmorras y bestias nacidas del Mar Primordial que comenzaron a poblar el mundo. Los imperios ascendían y caían en un ritmo cíclico. Y entre esa danza de eras, los ecos del primer conflicto perduraban: cada dos siglos, ascendía una nueva Reina Demonio. Y, como respuesta, surgía un joven dispuesto a unir a las razas y detenerla. En cada batalla, uno de los dos moría.
Esta extraña recurrencia despertó sospechas. Muchos comenzaron a interpretar aquel enfrentamiento como un símbolo: un duelo eterno entre Génesis y el Mar Primordial, ejecutado por sus campeones. La teoría ganó fuerza gracias a los vínculos entre el Héroe y la Iglesia. En cada generación, sin excepción, la Oráculo y Sacerdotisa Principal de la Iglesia lo aguardaba, como si conociera de antemano su llegada. Pronto se aceptó el dogma: el Héroe era el elegido de Génesis; la Reina Demonio, la enviada del Mar Primordial.
Fue entonces cuando un grupo de humanos decidió romper el destino.
Forjaron armas imbuidas con almas de aventureros poderosos, diseñadas para amplificar la fuerza de quienes las empuñaran. A la par, iniciaron experimentos con niños, intentando crear una raza superior que naciera pura, sin mezcla de linajes impuros. Aunque eran proyectos distintos, compartían un mismo propósito: superar al Héroe, romper el ciclo impuesto por la Existencia y erradicar a los demonios para siempre.
Sin embargo, el poder de ambas figuras mitológicas resultaba inalcanzable. Frustrados, los científicos recurrieron a medidas extremas y sus experimentos se tornaron cada vez más atroces.
La Alianza de Conservación, formada para la defensa contra los demonios, descubrió el laboratorio y ejecutó a todos los involucrados, salvo al líder científico y a algunos de los sujetos modificados que logró evacuar. El conocimiento fue sellado y los testigos juraron voto de silencio. Pero no todos estuvieron de acuerdo. Algunos, horrorizados, destruyeron las armas. Otros, fascinados, continuaron con el experimento del «Héroe artificial» a espaldas del mundo. Y unos pocos, movidos por la culpa, asesinaron en silencio y abandonaron sus cargos.
Nadie imaginó que aquel evento alteraría el combate eterno entre el Héroe y la Reina Demonio. Ese duelo, creían muchos, protegía al mundo de algo aún más terrible. O mejor dicho... de algo que aún no había ocurrido.
Ese fue el evento que me obligó a enfrentar verdades que negaba. Uno que me mostró que los pergaminos supervivientes mentían por omisión. Uno que me hizo aceptar aquello que siempre consideré una maldición.
Esta no es la historia de cómo salvé a todos. Tampoco la de cómo un ciclo se cierra y otro se abre. Es la historia de cómo acepté mi destino y decidí avanzar por voluntad propia.



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En el texto hay: destino inevitable, nuevocomienzo, héroe cansado

Editado: 23.02.2026

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