Para las razas de Ágaria, la figura del Héroe siempre fue un faro inquebrantable. Un símbolo de poder divino situado un paso por detrás de la diosa Génesis, encargado de proteger la realidad de desastres cósmicos, Mazmorras Corruptas, colapsos interdimensionales y la amenaza perpetua del Mar Primordial. Su presencia preservaba no solo la estabilidad del continente, sino también la existencia de otros mundos: universos con vida propia, dimenciones más allá del piso, narrativas enteras que temblaban ante la amenaza del Mar Primordial. Sin su existencia, los vínculos entre civilizaciones, e incluso el comercio con los planos oníricos, no serían más que un eco mitológico.
Por esa razón, cuando la Sacerdotisa Principal de la Iglesia de la Salvación confirmó a Elías como el legítimo elegido, se le otorgó el título con solemnidad. En él, dijeron, habitaba la Autoridad de Génesis. Su destino escrito era restaurar la paz, salvaguardar los puentes universales y liderar la carga final contra la Reina Demonio.
La realidad, sin embargo, resultó ser mucho más amarga.
A ojos de la Alianza de Conservación —y de gran parte del pueblo—, Elías ya no era ese faro. Había sido desplazado.
***
En la frontera que separaba los desiertos del reino semihumano de los Kitsunes y las tierras demoníacas, Elías Beaumont aguardaba sentado sobre una roca. Sus ojos, de un violeta profundo, se perdían en el horizonte yermo mientras la brisa cálida y arenosa agitaba su corto cabello azul y el dobladillo de su capa raída.
No trazaba estrategias. No rastreaba enemigos. Simplemente, recordaba.
«¿Vale la pena que continúe, abuelo, María, Dasha, Alfred, chicos… Génesis? »
El pensamiento se fracturó en su mente, arrastrando una voz quebrada por el cansancio. Sentía el peso de la conciencia tan físico como la armadura que portaba.
«Estoy cansado, ¿lo saben? Tanto poder en mis manos y, aun así, falle incontables veces. Soy débil. Tan débil como el día que partí de la aldea, incapaz de cumplir una sola de mis promesas»
Elías bajó la mirada hacia sus palmas abiertas. Había sacrificado amistades, amores y fragmentos de su propia alma para salvar a los pueblos que le fueron confiados. Previno calamidades que habrían devastado este e innumerables Universos. Había viajado más allá del «piso» de la realidad para proteger lo que debía ser protegido. Pero la inexperiencia inicial, la escalada de poder de sus enemigos y, sobre todo, la duda, lo habían vencido. Universos enteros —con sus historias, familias y culturas— se habían derrumbado ante decisiones que él no supo tomar a tiempo.
Todavía oía las sombras de esos mundos perdidos. Algunos pedían ayuda; otros rogaban silencio antes de desvanecerse. La mayoría lloraba por una salvación que nunca llegó. Sus dudas se extinguían ahora como brasas agonizantes en una fogata fría.
La ironía era cruel: tenía el poder para salvarlos a todos. Sin embargo, su Autoridad había sido prohibida por decreto. Los altos mandos temían que, al usarla, el enemigo comprendiera su verdadera naturaleza y hallara la forma de matarlo. Esa restricción, esas cadenas impuestas por el miedo ajeno —que pocas veces se atrevió a romper—, lo habían quebrado por dentro. Habia decidido salvar a muchos al ocultarlo, y muchos otros habían parecido en el proceso.
—Tal vez... no esté mal rendirse ahora —murmuró con amargura al viento—. El mundo ya eligió a su propio Héroe. Uno que brilla, que sonríe, que responde a sus deseos. Yo... yo no tengo lugar aquí. Tal vez nunca lo tuve. Mis errores son mi única ancla y mi penitencia.
El murmullo de voces cercanas lo sacó de su letargo. A pocos metros, soldados del ejército aliado formaban filas, ajenos a que el hombre en la roca podía escucharlos perfectamente. Deberían ser sus camaradas, pero hablaban a sus espaldas, bajando la voz más por temor a Dasha, su protectora, que por respeto a él.
—Todavía no entiendo por qué vino ese «Héroe» —sisenó un soldado humano del Sacro Imperio, cuya armadura lucía el grabado de un león dorado—. Noah ha logrado más proezas que este mocoso en la mitad de tiempo. Mientras Noah libra batallas que serán recordadas en los cantares, él siempre desaparece cuando surge un problema real. ¿Por qué no huye hoy también?
—Cállate. ¿Y si nos oye?
—¿Y qué? ¿Te da miedo? Elías no es el verdadero Héroe. Todos sabemos que lo nombraron solo para distraer a los demonios. El mundo entero sabe que Noah es el elegido. Sus logros hablan por sí mismos.
Elías cerró los ojos, pero no pudo bloquear las palabras. La figura de Noah se había vuelto leyenda entre soldados y magos de clase S. Su despliegue de habilidades eclipsaba a todos desde el momento en que ambos dejaron su pueblo natal. Con cada acto glorioso, la hipótesis de que Noah era el verdadero salvador se repetía en tabernas, templos y salas de estrategia, hasta convertirse en una verdad aceptada por facciones y herederos al trono.
—Me preocupa que la Sacerdotisa Principal se entere de que hablas así —murmuró otro caballero. Sus largas orejas blancas delataban su raza, y su peto llevaba grabada una flecha impactando una diana—. Tiene demasiado cariño por Elías. Dicen que, por insultarlo, Dasha mandó eliminar al mercenario Alfred. Además, ocupa el tercer puesto en la clasificación SS. No conviene enfadarlo.
—Entiendo tu punto, Robert, pero estamos lejos de su alcance. No compares tus orejas de *Rabbit* con las nuestras; por algo ustedes son buenos detectando emboscadas a cientos de metros —replicó el primero con desdén—. En vez de temer a ese mocoso, deberías temer a los demonios. Esta no será como las batallas anteriores.
—Además, no es como si Dasha pudiera ejecutar a todos los que lo desprecian. ¿Sabes cuántos lo cuestionan? Son más que los visitantes del puerto de Frigia en semana de mercado.
—Lo sé... lo siento. Es instinto.
—No importa. Mejor tener miedo ahora que cuando empiece la batalla. Si Elías al menos sirve para canalizar el pánico... que haga algo útil.
Elías exhaló lentamente. Ya no le dolía la duda sobre su legitimidad; su piel se había endurecido ante el desprecio. Lo que le dolía era que arrastraran al fango a quienes aún creían en él. Dasha, por ejemplo, lo defendía con ferocidad incluso frente a los altos mandos. Ella no lo veía como un símbolo gastado, sino como alguien que aún conservaba su alma.
Y sobre Alfred... Ninguno conocía la verdadera razón de su muerte. Aunque deseaba gritarles la verdad, revelar la causa y el sacrificio, sabía que sería peor. Nadie de los presentes comprendía que existían amenazas ocultas, horrores que pocos se encargaban de purgar en las sombras para preservar el mañana a costa de sus propias vidas.
—Me alegra que Noah tenga buena reputación —susurró para sí mismo—. Desde que estábamos en la aldea, siempre deseó salir, viajar por el mundo y ser un héroe. Bien por él.
Se ajustó los codales y las rodilleras con movimientos mecánicos. Para alguien de su presunto nivel, llevar piezas de armadura pesada sobre ropa de aventurero resultaba ilógico, casi amateur. Pero aquella vestimenta no estaba allí para protegerlo de los golpes, sino para ocultar y contener sus verdaderas habilidades.
No te pongas así, Elías. Ellas son felices con él. No seas egoísta. Este es… el precio de ser tú.
Al ver su propio reflejo distorsionado en el metal pulido de un codal, una certeza fría se instaló en su mente.
—No te pongas así, Elías. Ellas son felices con él. No seas egoísta —se dijo, sofocando el último rastro de dolor—. Este es... el precio de ser tú.