El Destino del Héroe

Capitulo 2

Elías cerró los ojos y dejó que la memoria lo arrastrara al inicio de todo. Recordó el momento exacto en que los líderes de la Alianza le prohibieron usar su Autoridad, obligándolo a guardarla como una carta de triunfo desesperada contra la Reina Demonio. Recordó la estrategia impuesta: él debía moverse en las sombras, ser el escudo invisible, mientras otros brillaban bajo el sol para evitar que los demonios encontraran vínculos emocionales que explotar.
Para mantener la fachada, le asignaron compañeras de viaje. Todas eran nobles, herederas de destinos grandiosos, piezas clave en el tablero del futuro. Junto a ellas y a Noah, su amigo de la infancia, tenían la misión de recorrer los reinos, unificar fuerzas y debilitar la avanzada demoníaca.
El error fue inevitable: amarlas.
Luchó contra ello con todas sus fuerzas, consciente del precio. Pero ellas trajeron luz a una existencia que solo conocía el deber y la ceniza. Una alegría que no experimentaba desde los días con su abuelo fallecido. Por eso, para protegerlas, tomó la decisión de ser frío. Levantó muros, limitó sus avances y rechazó su calidez para dedicarse de lleno a su labor. Fue un sacrificio silencioso.
El costo se cobró semanas después. Noah y ellas se volvieron inseparables. Verlas sonreír en brazos de otro —y que ese otro fuera su mejor amigo— le causó un dolor que solo pudo sofocar con sangre. Se lanzó a las mazmorras más peligrosas, desahogando su rabia contra los monstruos hasta que el dolor físico eclipsó al del alma. Dolió tanto como la muerte de Alfred; la única diferencia residía en que, esta vez, el vínculo roto seguía respirando frente a él.
—¿A qué hora vendrán? —susurró, regresando al presente.
No había venido a ese campo yermo para pelear por la gloria, sino para comunicar su decisión a su rival predestinada, la Reina Demonio. Era la única cortesía que podía ofrecerle a alguien que compartía su misma maldición.
Buscó señales en el horizonte. Nada. Ni rastro de energía vital ni la presión característica de una Autoridad. La chispa de poder que solía guiarlo permanecía muda. ¿Acaso usarían un círculo de teletransporte, un Compartimento Universal o un desgarro dimensional? ¿O tal vez la Reina Demonio, cuya Autoridad según los textos antiguos rivalizaba con la suya, ya estaba allí, oculta, lista para tomarlos por sorpresa?
Antes de que pudiera concluir sus deducciones, un coro de voces rompió la tensión.
La conversación entre cinco mujeres y un hombre llegó arrastrada por el viento. No hablaban de tácticas ni de muerte, sino del futuro. No era el único que los escuchaba; los soldados y aventureros cercanos guardaron silencio. No por miedo, sino por reverencia. Los salvadores caminaban entre ellos. Eran el rayo de esperanza que necesitaban para no derrumbarse por la presión de esta batalla.
—Te lo digo, Noah, deberíamos mudarnos a la capital humana tras la guerra —sugirió Charlotte con una sonrisa encantadora. Su atuendo, una mezcla de elegancia noble y blindaje militar, delataba su estatus como princesa del Sacro Imperio—. Así verías más a tus padres... ¡Y los pasteles de la capital son una obra divina!
—No ocultes tu plan, Charlotte —rio Hikari, la Miko de rasgos vulpinos. Su largo cabello plateado caía sobre su espalda con un brillo casi lunar—. Lo quieres coronado como rey de tu imperio. En cambio, en mi tierra hay aguas termales curativas. Podríamos llevar a sus padres allí para que rejuvenezcan unos años.
—Ustedes no cambian, ¿verdad? —intervino Valeria, ajustándose los guanteletes de batalla. Los cuernos dorados sobre su frente la identificaban como la única heredera del Reino de los Dragones—. ¿Y si rotamos entre reinos? Tenemos tierras y recursos de sobra. ¿Por qué no permitirnos una vida nómada?
—¿Y tú qué temes, Valeria? —se burló Sophia. Las serpientes que formaban su cabello sisearon con sorna. La gorgona se cruzó de brazos, marcando su rivalidad—. Vivir en cuevas submarinas no es precisamente glamuroso. Mi reino sostiene la economía de los demás; la elección es obvia.
—¡¿Qué sabes tú, Sophia?! —bramó la dragona, enseñando los colmillos—. La fauna y flora de mi tierra superan a cualquier pantano infestado. Y en relevancia... mi nación es vital.
Los soldados sonreían entre dientes, aliviados. La tensión por la muerte inminente se disipaba ante la discusión doméstica de sus ídolos. La nula preocupación del «Grupo del Héroe» les hacía sentir que, tal vez, no había nada que temer.
—Ustedes nunca aprenden—.La voz cortante provino de una clériga de túnica blanca y ojos profundos como el mar. Aurora, la siguiente Sacerdotisa Principal de la Iglesia de la Salvacion, sin inmutarse por el miedo de los soldados ni por la frivolidad de sus amigas, les lanzó una mirada crítica.—Cada vez que discuten así, avergüenzan a sus reinos y a Noah. Les pido compostura hasta nuestro regreso. Un solo descuido y los demonios ganarán. No me obliguen a usar mi Autoridad para calmarlas.
Todos tragaron saliva. El ambiente se heló al instante.
Solo Elías permaneció inmóvil en su roca, como si el miedo ya no pudiera alcanzarlo. Enfrentar a la próxima Sacerdotisa Principal no era el problema; ella apenas comenzaba a transitar el sendero de su profesión. El auténtico terror residía en la naturaleza de su poder: la Autoridad.
Con semejante habilidad, alguien de clase B podía aplastar a monstruos de clase S ignorando la lógica del mundo.
La Autoridad no era una simple técnica mágica. Era una manifestación del «Yo» impuesta sobre la realidad; un campo íntimamente vinculado a la psique del individuo que reescribía las reglas del entorno. No importaba si el usuario tenía energía mágica, algún otra o no; la Autoridad se desplegaba de todos modos, absoluta y tiránica. No obstante, si era nutrida por cualquier fuente energética, se volvía más densa, más resistente, capaz de repeler colisiones entre mundos internos.
La dificultad para obtener una y extraer su potencial era demencial. Pocos lograban proyectarla más allá de unos metros. Entre todas las razas, apenas trescientos seres la poseían, y de ellos, menos de veinte la dominaban por completo. Lo más inquietante era que el método para obtenerla se había perdido en los siglos: ni los Intérpretes de Narrativa, ni los Arquitectos de Guion ni algún otro eran capaces de recrearla artificialmente.
—Lo sentimos —murmuraron las cuatro chicas al unísono.
Aún llevaban impreso en la piel el recuerdo de haber sentido el campo de Autoridad de Aurora. No era una herida física, sino una memoria primitiva que el cuerpo no sabía cómo desechar. Lo peor de todo, es que ellas no fueron las que sufrieron la habilidad de su Autoridad.
—Está bien —concedió Aurora, suavizando el tono pero manteniendo la firmeza.El papel como futura Sacerdotiza mostrandose por leves segundos—. Pero recuerden lo acordado: ninguna de nosotros debe participar en el combate directo. Compartir a Noah no es solo un pacto romántico, es una promesa de protección mutua.
Luego, miró al joven de cabello castaño y ojos avellana con reproche.
—¿Por qué no las detienes? Necesitan estar alertas. Los demonios podrían llegar en cualquier instante.
—Están procesando el temor a su manera —respondió Noah con voz templada. Captó el sobresalto en sus prometidas y se dirigió a ellas, y de paso, a todo el ejército que aguardaba sus palabras—. No enfrentamos a simples soldados. Hoy vienen el undécimo, noveno y séptimo de los Once Privilegiados. Y también ella... la Reina Demonio. ¿De verdad nadie más se siente como ellas?
Noah desenvainó su espada y alzó la voz, impregnándola de un carisma que parecía calentar el aire frío del desierto.
—Esto va para todos: sentir miedo no está mal. Yo también lo tengo. Pero al igual que quienes lucharon antes que nosotros, pelearemos por nuestros seres queridos, por nuestros reinos y por lo que aún no hemos perdido. Hoy, combatimos como uno solo. Venceremos y regresaremos juntos... para celebrar como jamás lo hemos hecho.



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En el texto hay: destino inevitable, nuevocomienzo, héroe cansado

Editado: 14.03.2026

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