Las palabras de Noah se expandieron como un fuego sereno entre las tropas. Algunos asintieron con fervor; otros apretaron las empuñaduras de sus armas, renovados. Elías, en cambio, bajó la mirada con una mueca amarga. A pesar de todo lo que su amigo le había «quitado», no deseaba verlo sufrir. El dolor de perder a un aliado en batalla era una herida que nunca cerraba, mucho más profunda que cualquier corte físico.
Sabía que, en el momento en que él desertara o actuara por su cuenta, el poder del grupo disminuiría drásticamente y las probabilidades de muerte se dispararían. Aunque confiaba en las capacidades de Noah, los nombres de los Privilegiados no debían pronunciarse a la ligera. Eran la guardia de élite de la Reina Demonio, monstruos capaces de borrar batallones enteros.
«En todo caso... Noah tiene eso. La única arma que sobrevivió a los experimentos diseñados para alcanzar al Héroe», pensó Elías, observando la espada de su amigo con un nudo en la garganta.
Recordaba el día en que Noah la compró en un puesto de reliquias, una semana antes de llegar a la capital y ser proclamado Héroe. La Autoridad de Elías le había permitido, en aquel entonces, comprender el origen atroz del objeto. Estuvo a punto de destruirlo allí mismo, horrorizado. Pero se detuvo. Dentro del acero residía el alma de uno de los tatarabuelos de Noah, una conciencia dispuesta a proteger a su descendencia a cualquier precio.
«Al menos tiene los medios para cumplir la última tarea del Héroe. Tal vez sus estrategias, poderes y experiencia no alcancen mi nivel, pero tiene la voluntad. Yo... yo enfrenté amenazas sin descanso, salvé mundos, encaré los horrores de las mazmorras mas peligrosas... y me detuve solo para dejarme devorar por la sed de venganza contra aquel culto».
Elías frenó sus pensamientos antes de que la culpa lo arrastrara de nuevo al recuerdo del Culto del Pozo Profundo y el segundo experimento de aquellos cientificos, el Héroe artificial.
Creyó haber sepultado ese peso, pero la herida de hace seis meses seguía abierta. Aquella tragedia le costó el único lugar al que podía llamar hogar. Fue el evento que lo obligó a renunciar temporalmente a su título y encaminarse hacia la oscuridad, buscando calmar con sangre la furia que le quemaba las venas.A su vez, el desencadenante final que lo llevaría a la desicion que tomaría hoy.
«Mis dudas causaron esa tragedia. Si hubiera confrontado a los conspiradores cuando mi Autoridad desentrañó la historia del arma... Si hubiera asesinado a ese científico antes de tiempo... Si tan solo me hubiera dedicado a exterminar al Culto en lugar de tener misericordia... tal vez habría salvado a quienes sí lo merecían...Si tan solo yo no me hubiera traicionado a mi mismo con la culpa de fallar».
En medio de esa tormenta mental, la imagen de Dasha emergió con claridad.
Aquel día, cuando él lo perdió todo y decidió embarcarse en su venganza, Dasha fue la única que no lo juzgó. Comprendía que el dolor de una pérdida tan grande no atendía a razones. No intentó detenerlo. Lo único que hizo —y por lo que Elías le estaría eternamente agradecido— fue usar su Autoridad para cubrir su desaparición.
Gracias a una habilidad pasiva única, Dasha se volvía inmune a cualquier tipo de manipulación: narrativa, conceptual, espiritual e incluso del guion del mundo. A menos que la Reina Demonio interviniera directamente en el frente, nadie notaría su ausencia... salvo los altos mandos y los reyes a los que Elías había amenazado con arrasar sus tronos si osaban interponerse en su camino de aniquilacion contra el Culto del Pozo Profundo.
El silencio que siguió al discurso de Noah fue delgado y tenso.Toda la aventura que inicio hace cinco años y estaba destinada a terminar el dia de hoy, se juntaron con los sentimientos que se formaron en ese viaje.
Las miradas de ambos amigos se cruzaron. En los ojos de Noah, Elías leyó la culpa. Noah sentía que le había arrebatado algo más profundo que el reconocimiento: el amor de sus compañeras. Elías había rechazado deliberadamente los intentos de las chicas por enamorarlo, para protegerlas, y ellas dirigieron esos sentimientos hacia su mejor amigo. Ellas, heridas por la indiferencia de Elías y consoladas por la calidez de Noah, terminaron por volverse pareja hasta llegar a un compromiso de matrimonio.
Aun así, la tensión era palpable. Las chicas desviaban la mirada, incómodas ante la presencia estoica de Elías.Fue Noah quien les hizo ver que no valia la pena perder tiempo con alguien que no las veia y decidieron estar con él. Sabían que él era la razón original de sus desvelos, pero el deber y el despecho las habían atado al Héroe oficial.
—Parece que terminaron sus preparativos —dijo Elías, cortando la densidad del aire con voz neutra—. Pensé que tardarían más en asimilar la piedra del difunto Dragón Primordial de Agua.
—Fue más difícil de lo que esperábamos —respondió Noah, agradecido por el cambio de tema—. El poder bruto se resistía a fusionarse con las piedras de los demás Dragones Primordiales difuntos. ¿Y cómo va la búsqueda del ejército demoníaco? Pensé que aprovecharían nuestra distracción para un ataque sorpresa.
—No hay rastro —mintió Elías con naturalidad, fijando sus ojos morados en el horizonte—. Mi Autoridad todavía no detecta ningún movimiento. Es extraño, considerando sus tácticas anteriores. Ningún demonio en varios kilómetros. Es probable que aparezcan mediante un portal de los Privilegiados, la Autoridad de la Reina Demonio o algún artilugio de una mazmorra de rango SSS. Desconocemos los límites de la Reina y de sus tres subordinados más fuertes. No hay modo de anticipar su llegada.
Elías mentía con la frialdad de un profesional.
Aunque no planeaba luchar en la batalla final, debía cumplir lo prometido a los altos mandos hasta el último segundo. En secreto, había estado ocultando la evolución de su Autoridad durante todo el viaje. Desde los límites de sus habilidades pasivas hasta el refinamiento de las activas; había derrotado a usuarios hostiles sin revelar jamás la verdadera esencia de su poder. Los pocos que la habían visto a su máxima capacidad estaban muertos.
De hecho, en ese preciso instante, una habilidad pasiva de su Autoridad escaneaba cada ser vivo, objeto o concepto dentro de un radio de mil kilómetros.
Años atrás, junto a su abuelo, aprendió a identificar las vibraciones únicas de cada tipo de existencia. Por eso el vacío le parecía tan perturbador: no detectaba nada. Nada fuera del ejército aliado, los aventureros y sus invocaciones. Ninguna presencia oculta en las sombras. Ninguna alteración en la narrativa del mundo.
Nada.
Aun así, decidió no ampliar el alcance. Sabía que vendrían, encuentro final entre la Reina Demonio y el Héroe estaba destinada a ocurrir. Tal vez llegarian mediante una Autoridad relacionada a manipulación del Espacio-Tiempo.
El silencio absoluto del radar lo inquietaba más que el ruido de la guerra. No por temor a pelear, sino porque cada segundo de calma lo acercaba inevitablemente al momento en que tomaría la decisión que lo cambiaría todo.