—¿Qué opinas, Noah? Me interesaría conocer tu lectura de la situación.
La pregunta de Elías no nacía de la curiosidad, sino de la necesidad de evaluar si Noah estaba listo para cargar con el peso del título. Sabía que el año de adiestramiento con la Erudita de las Estrellas —una elfa legendaria, veterana de los grupos de Héroes anteriores y una de las diez figuras más poderosas de Ágaria— debía haberlo preparado para este instante.
—...Deduzco que deben venir a través de un compartimento universal, un portal espacio-tiempo hecho por una Autoridad o un artilugio de grado S —respondió con voz firme. La experiencia de su viaje, combinada con el susurro constante del alma de su ancestro y las enseñanzas de la Erudita, le ofrecían esa certeza—. La opcion mas peligroso es si viene por medio de una Autoridad.Pero, siempre requieren formar un campo para activarla. Ese proceso los delata. Podríamos neutralizar su llegada con un choque de Autoridades si entra en nuestro rango.
—Digno de Noah. Has enumerado todas las posibilidades en segundos... incluso antes que yo —sonrió Charlotte, orgullosa.
Aunque la Erudita había tomado el rol formal de mentora, fue Charlotte quien encendió la chispa del conocimiento táctico en él tras su llegada al reino.En tan solo cinco años, paso de un simple aldeano de una aldea recondita a un extratega de tal nivel.
—No veo la hora de verte enfrentar a los Privilegiados más poderosos —continuó la princesa.
—Cierto, yo también lo espero —añadió Olivia, interviniendo con fervor—. Si fuiste capaz de asesinar al Octavo Privilegiado y sobrevivir al Quinto sin siquiera poseer una Autoridad, ahora que portas el poder de los Dragones Primordiales, la victoria es segura. Será un honor cubrirte las espaldas en tu batalla contra la Reina Demonio.
Las chicas, salvo Aurora, comenzaron a debatir sus roles en la inminente colisión. Sus voces suaves disiparon la tensión que envolvía al ejército como una niebla densa. A pesar de los juramentos de proteger sus reinos, el miedo a morir —a dejar atrás familias, memorias y futuros— anidaba en los corazones de los soldados y aventureros. Pero al ver a sus futuros líderes y al Héroe tan relajados, no pudieron evitar contagiarse de esa extraña calidez.
Elías permanecía inalterable. Si aún fuera aquel joven ingenuo que partió de la aldea, habría compartido sus risas. Pero ese hombre había sido desmantelado pieza por pieza durante los últimos cinco años. Ahora solo quedaba una sombra, sumergida en el peso de incontables fallos que le recordaban, una y otra vez, que ser el Héroe era una maldición.
De pronto, su Autoridad gritó en silencio.
Detectó una anomalía generada por una Autoridad. Nadie más reaccionó. Elías lo entendió al instante: el dominio de esa fuerza pertenecía a alguien que estaba por encima de la lógica de los presentes. No era ninguno de los Privilegiados; sus encuentros previos y la información que había extraído con ayuda de su Autoridad le confirmaban que esto era superior.
Sin duda, era la Reina Demonio.
Además, por los rastros de energía, parecía que ella estaba reforzando la magia espacio-temporal de Chinami —la Cuarta Privilegiada— con una envoltura especial para camuflar su llegada. Una muestra de dominio técnico aterradora, que indicaba que había dominado por completo su Autoridad.
—¡¡¡Todos en guardia, ya están aquí!!! —gritó Noah.
Su voz cortó el aire como una trompeta de guerra. Una espada de hoja plateada se materializó en sus manos mientras adoptaba una postura defensiva. El poder de los Dragones Primordiales le permitió, apenas un segundo después que a Elías, percibir la rasgadura en el tejido de la realidad. Al ver que su amigo no se movía, Noah asumió que el miedo lo había paralizado, pero agradeció en silencio a los aliados que le brindaron los materiales para reforzar sus propios sentidos hasta ese punto.
El mundo contuvo el aliento.
Un cubo colosal, envuelto en glifos desconocidos, se materializó frente a ellos. Nadie atacó. Sabían quién lo invocaba: Chinami, la Dragona Maligna. La Cuarta Privilegiada. Una amenaza que, según los registros, había devorado una estrella hipergigante azul solo para obtener el poder de incinerar el Lago de los Espíritus.
Diez segundos después, el cubo colapsó sobre sí mismo y desapareció.
En su lugar, surgió el ejército de la Reina Demonio. No marcharon. No rugieron. Solo se desplegaron con solemnidad, como una procesión fúnebre que avanzaba hacia el bando enemigo.Cada uno exudaba una poder superior a la de muchos guerreros de las razas.
Algunos soldados y aventureros retrocedieron. La acumulación de todo ese poderío devolvió el temor que tenia minutos. Pero la presencia de Noah, como una estaca en medio del colapso, los sostuvo firmes. La confianza que tenia en el joven que consideraban el verdadero Héroe les dio fuerza para no escapar.
Las filas enemigas eran una pesadilla viviente de diversidad oscura: elfos de piel obsidiana, hadas sombrías, dragones corruptos y Onis de Guerra. Sus rasgos eran inconfundibles: pieles azules o grises, líneas rojas cruzando sus rostros y ojos negros con pupilas carmesíes. El aire se volvió irrespirable, cargado del odio ancestral entre las razas de la Alianza y sus contrapartes demoníacas.
Y entonces, sin señal previa, el mar de demonios se abrió.
Se inclinaron. Desde aquel pasillo de respeto absoluto surgió una mujer.
La presión que la siguió no fue física, fue conceptual. Soldados y aventureros de todas las razas comenzaron a jadear, a tambalearse, buscando un aire que de repente parecía no existir. La sola presencia de aquella figura les arrancaba el alma, aplastando su voluntad de vivir.
Hasta que una energía suave —inconfundible, controlada— los envolvió, devolviéndoles el aliento.
La mayoría pensó que Noah había actuado. A pesar de todo, era su Héroe; estaba allí para cuidarlos. Sin embargo, el responsable fue otro.
Elías había activado una habilidad semi-pasiva de su Autoridad, ampliando su rango para cubrir a todo el ejército aliado. No podía permitir que Noah gastara energía antes de tiempo. Además, su inacción hubiera condenado a cientos a un infarto fulminante por la mera presión espiritual. Como último acto de servicio, los salvó. Ya tenía demasiada sangre en sus manos para manchárselas con la indiferencia.
«Esta presencia... esta aura... no hay duda. Es ella», pensó Elías, analizando a la enemiga con frialdad clínica.
Todo en aquel ser imponía una agudeza letal, como si la realidad se tensara alrededor de su silueta. Era una prueba clara de que su escala de poder escapaba a los estándares de los prodigios de este mundo. No obstante, no se dejó llevar por la impresión.
«Sí, es poderosa. Supera a la mayoría de los Presagios del Fin y a algunos Avatares de la No Existencia que enfrenté en el pasado. Pero a los más fuertes... a los que quebraron pisos enteros como si fueran cristal... ella aún no se les compara».
Elías apretó el puño, sintiendo la certeza de su propia fuerza. Su mente recapitulo el inicio de su entrenamiento hasta sus enfrentamientos mas difíciles.
«Si peleáramos sin reservas... si yo liberara todo lo que he ocultado durante estos años... ganaría. Con facilidad. Agradezco esa certeza. Ya no tengo más dudas sobre lo que haré dentro de poco».
Entonces, Elías la miró a la cara. Y quedó paralizado.
No por su belleza. No por su cabello blanco como la nieve virgen ni por su porte majestuoso.
Se paralizó porque su corazón dio un vuelco violento. Una punzada de nostalgia pura. Dolor. Algo terriblemente familiar. Una conexión que trascendía la vida, la muerte y el tiempo.
«¿Qué demonios es esto...? ¿Por qué siento tristeza al verla? Nunca la he visto antes. ¿Por qué me duele tanto el pecho?».
Escarbó en sus recuerdos desesperadamente. Nada. Era la primera vez que sentía algo así.
«Mi abuelo decía que toda reacción tiene una causa. ¿Me estoy volviendo loco...? ¿O esto... forma parte de su Autoridad?».