Las palabras de Elías detonaron una conmoción silenciosa que recorrió ambos bandos.
Nadie lo esperaba. Nunca, en los milenios de historia de la Nueva Era, un Héroe había renunciado. La reacción de las razas aliadas fue caótica: algunos sintieron un alivio inmediato, convencidos de que Noah asumiría por fin el lugar que le correspondía. Otros intercambiaron miradas de incomodidad, por no saber como reaccionar.
Pero fueron los demonios quienes quedaron petrificados. Confusos. Perdidos. Sin saber si avanzar, atacar o permanecer estáticos. El guion sagrado se había roto en un momento de alta tensión.
Las más impactadas, sin embargo, fueron las propias compañeras de Elías. Para ellas, su renuncia no era un acto de protesta, sino la confirmación de su fracaso; la consecuencia lógica de su "pobre desempeño" y de su incapacidad emocional para sostener un título que le quedaba grande. Ni siquiera pudo soportar el engaño por un poco mas de tiempo.Por estas razones, nadie lo respetaba, salvo Dasha y algunas figuras importantes.
Noah miraba a su mejor amigo sin palabras. Él lo conocía. Sabía que Elías era alguien que jamás se rendía. Si había podido seguir adelante tras enterrar a su abuelo —la figura más importante de su vida—, esto no tenía sentido. ¿Era acaso una táctica de último momento? No tenía idea. La mente de Elías se había vuelto un laberinto impenetrable para él.
Pero la más afectada fue la Reina Demonio.
Retrocedió un paso, incrédula. Sus ojos barrieron el rostro del joven buscando señales de estrategia, mentira o simulación. Un rastro que indicara que aquellas palabras eran una trampa. No podía concebir que su contraparte decidiera abandonar su papel en el momento cúspide de la época.
Sin embargo, mientras más lo observaba, más comprendía que decía la verdad. Y las implicaciones de eso la aterraron.
—¡...Espera un momento! —rio, con una risa nerviosa que no encajaba con su majestad—. ¿Puedes repetirlo? No escuche bien. La emoción del combate debe haber bloqueado mis oídos...
—Dije: renuncio. He decidido que no soy apto para el título —respondió Elías con frialdad—. Te mereces algo mejor que yo como rival destinado.
La Reina Demonio estalló.
Liberó una fracción de su aura, se abalanzó sobre él y lo sujetó por la solapa de la camisa. Lo atrajo con brusquedad hasta quedar rostro a rostro. Su sonrisa había desaparecido; su expresión era una máscara de furia afilada como metal viejo. Su mirada asesina, que apenas ocultaba el pánico ante el colapso del destino, perforó los ojos del Héroe.
Tenía que detener esto antes de que fuera irreversible. Antes de que los engranajes del fin comenzaran a girar sin control y ya no puedan ser detenidos.
—¡Escucha bien, Héroe! ¡Tú tienes que pelear conmigo! ¡Tú! ¡Y solo tú! ¡Eres el Héroe! ¿Acaso crees que cualquier otro puede ocupar esa posición? ¡No seas ingenuo! ¡Esto no es un juego! ¡Mete esto en tu cabeza: solo hay una Reina Demonio y un Héroe!
—Lamento que te moleste... pero no soy el Héroe —dijo él, sin retroceder ni un milímetro. Con suavidad pero con firmeza, se soltó del agarre de la Reina, cuyas manos perdieron fuerza por la incredulidad—. ¿Cómo voy a serlo, si nadie me considera uno? Si bien agradezco que tú pienses bien de mí... mi decisión ya está tomada.
Se alisó la ropa y añadió:
—No tienes que preocuparte por la calidad de la batalla. Hay alguien a quien las razas ya consideran el verdadero Héroe. Él puede convertirse en tu rival. Ustedes pueden matarse mientras yo me voy.
—¡¿Qué dices, Elías?! ¡No te entiendo! —gritó Noah, desesperado—. ¿¡Es esto una broma enfermiza!? ¡Explícame!
—¡Sé que estás nervioso, pero esta no es la forma de expresarlo! —protestó Aurora, interviniendo. Su preocupación no era por Elías, sino por el castigo que Dasha les impondría si permitían la renuncia—. ¿Qué diría Dasha si te oyera decir eso? ¡Piensa en ella por un momento!
—Estás actuando de forma patética —intervino Valeria, la dragona, cruzándose de brazos—. Sé que estás dolido porque mis padres le dieron el acceso al poder de mis ancestros a Noah y no a ti. Lo siento, ¿sí? Pero mi linaje no consideró que fueras digno. Eso no justifica esta rabieta. Estás arruinando todo por envidia.
—También me disculpo por la prohibición del clan Kitsune para que visitaras el Estanque de los Espíritus —agregó Hikari, bajando las orejas—. Fue orden directa de mi madre para evitar que malgastaras la energía sagrada. Sé que es un elemento crucial para el crecimiento del Héroe, pero pensaron que tú no lo necesitabas. ¡Ya me disculpé! ¡Ahora tú discúlpate por esta tontería y vuelve a la formación!
Charlotte y Sophia replicaron las palabras de sus compañeras. Aunque no sabían si sus tierras también habían bloqueado el crecimiento de Elías, la implicación era clara: todas las facciones habían conspirado para desviar los recursos para quien consideraban el Verdadero Héroe. Eso no quitaba que una parte de ellas estuviera feliz, porque la renuncia servía para que Noah obtuviera el titulo que le correspondería en primer lugar.
Elías escuchó la letanía de traiciones con indiferencia. Él, por mérito propio, había obtenido mejores oportunidades que las mencionadas.Tampoco le interesaban tanto como lo hacían ver.
—No bromeo. Tampoco deben disculparse por actos que nunca lamentaron —respondió sin siquiera voltearse—. No soy el tipo de persona que exige acceso a lugares y cosas por estatus. Yo me gano las cosas por mí mismo.
Luego, miró a su amigo de la infancia.
—Noah, tú más que nadie deberías entender el favoritismo que existe en la Alianza. Si ellos te consideran el verdadero Héroe... entonces debes serlo. Recuerda que todos conocen las hazañas de los Héroes anteriores; tienen una vara clara para medir la fuerza. Y si esa fuerza la ven en ti... entonces, esa luz es tuya. Yo solo soy la sombra que estorba.
—Elías, ¿tú...?
—No intentes negarlo —lo interrumpió con firmeza—. El Pacto de Paz entre las razas se renueva por respeto al Héroe. Todo nuestro viaje por la mitad del continente sirvió para demostrar que ese respeto aún existía. No todo era sobre adquirir más poder y experiencia, Noah; la gente debía recordar por qué el Héroe era tan importante. Pero si hoy, aquí y ahora... no hay respeto por el Héroe actual... entonces nadie tendrá una razón válida para renovar nada. La mejor prueba... —añadió, señalando a la multitud— la estás viendo tú.
Noah guardó silencio.
Solo ahora, demasiado tarde, comprendía la razón detrás de aquellos interminables viajes diplomáticos que no parecían beneficiar su nivel de combate. Siempre creyó que era burocracia. Pero entendió que Elías buscaba reconocimiento *político* para mantener la Alianza unida, no validación militar. Si la figura del Héroe se desmoronaba, la Alianza se fracturaría y comenzaría una época de guerras civiles entre los Reinos que los demonios aprovecharian.
Elías había estado sosteniendo el mundo con política mientras ellos jugaban a ser aventureros.Y medio de todo, fueron ellos quienes ganaron el apoyo del mundo y no él.
—Lo vuelvo a repetir: Renuncio, Reina Demonio —dijo Elías, mirándola sin evasión—. Mostraste un respeto que no esperaba. Y yo... yo escupí en tu rostro al venir así. No me interesa si me perdonas. Vine a darte mi decisión en persona por respeto, porque tú también cargaste con el peso de tu título.
La Reina Demonio no supo cómo procesar esas palabras. Permaneció inmóvil, observando cómo el Héroe rasgaba el espacio con un movimiento casual de su mano, abriendo una brecha dimensional sin esfuerzo.
Se alejaba. Simplemente... se marchaba.
En su interior, quiso extender sus manos. Una memoria de una vida pasada se superpuso a la realidad: un evento donde lo veía irse, aunque con motivaciones distintas. Pero entonces, lo oyó.
No a él. Sino a ellos.
—¡Qué bien! ¡Por fin se fue el falso Héroe! —exclamó un soldado humano.
—Veo que al fin tuvo las agallas de renunciar. Nunca fue digno de ese título —añadió una mujer de la raza Tigre con desprecio.
—¡Las estrategias del clan Kitsune dieron resultado! ¡Ese patético mocoso se largó! ¡Ahora habrá justicia para el verdadero Héroe! —celebró una joven zorro.
—Veo que al fin tuvo las agallas de renunciar. Nunca fue digno de ese título —añadió una mujer de la raza Tigre.
—No solo tu clan, el Clan de los Dragones también. Gracias a nuestros esfuerzos, redirigimos los recursos al verdadero elegido —sonrió un hombre de cuernos dorados, palmeando la espalda de su compañero—. ¿Quién se creía ese Elías para merecer nuestros poderes? Todos sabemos que su posición era una farsa política de la Alianza.
Los puños de la Reina Demonio se cerraron con tal fuerza que sus propias uñas perforaron la piel indestructible.
Sangre dorada goteó con lentitud, cayendo como veneno celestial sobre la tierra muerta.
Pero no era el dolor físico lo que la quebraba. Era el rugido en su alma. El desequilibrio cósmico. La profanación. El dolor insoportable de entender que él había tenido que soportar eso.
Su mirada se encendió con un instinto asesino que heló el desierto. Sus dientes rechinaron con violencia.
Al tensar la empuñadura de serpiente de su bastón, lo inevitable ocurrió: el continente comenzó a temblar.
No fue simbólico. Fue literal.
Los habitantes de cada territorio de todo el continente de Ágaria, desde las costas hasta las montañas, sintieron cómo las placas tectónicas bajo sus pies crujía. El aire se densificó hasta volverse plomo. Los volcanes, tanto continentales como submarinos, despertaron de golpe en una sinfonía de destrucción. El fuego surgió desde lo más profundo del planeta.
Para muchos, era la señal de que el combate final había comenzado.
Para otros, los más sabios... era el sonido de los engranaje del tiempo comenzando a moverse.