Los soldados atrapados en el epicentro se vieron obligados a elevarse, huyendo de las grietas que se abrían como fauces hacia el averno. El magma surgió con la voracidad de una manada de lobos hambrientos, buscando consumir cualquier rastro de vida. El miedo, frío y paralizante, reemplazó los vítores de celebración de segundos atrás.
La escala de esa simple acción —un apretón de manos sobre un bastón— dejó en claro que estaban ante una entidad que jugaba en una liga inalcanzable.
Y entonces, la Reina Demonio habló.
—¡Insolentes! —Su voz resonó sobre el estruendo de la tierra—. ¿Entienden el desastre que han provocado? ¿Creen que esta batalla es un juego de niños? ¿Tienen idea de cuántas vidas acaban de condenar? ¡No, no la tienen! Porque ustedes nunca han pagado el precio para mantener este mundo girando.
El aura escarlata de la Reina estalló en todas direcciones. La energía tomó la forma de una tormenta que amenazaba con borrar la realidad a su paso. Todos, incluidos los propios demonios, tuvieron que blindarse con magia u otras energías para no ser desintegrados por los vientos letales.
Pasaron segundos. Tal vez una eternidad para quienes sentían su piel arder ante la intensidad de la Reina Demonio.
Y luego... silencio.
Ella contuvo el poder. El viento, el temblor y la furia de los elementos cesaron al instante, sometidos por su voluntad absoluta. Respiró hondo, tragándose su ira para no destruir el escenario antes de tiempo.
—No valen mi tiempo —murmuró con desprecio—. Debo buscar al Héroe y corregir esto. El reloj corre y el tiempo es limitado. Si no lo hallo, las arenas del tiempo retomaran su curso y nos sepultarán a todos.
El ejército de las razas, aún temblando, alzó la vista. Vieron cómo la Reina guardaba su bastón y daba la espalda, alejándose con paso lento hacia sus tierras. Nadie lo entendía. La demostración de poder había calado tan hondo en sus almas que sus mentes se negaban a procesar que el enemigo se retiraba.
—¡...Oye, tú! ¡Reina Demonio! ¿Por qué te marchas?
La pregunta provino de un humano de armadura resplandeciente que lucía el grabado de un león dorado. El estilo de la armadura y decoraciones que destacaban dentro de los caballeros con el mismo grabado revelo quien era, el Gran Maestre de los Caballeros del Reino Sacro Imperio y mentor de Noah.
—¡El Héroe está listo para combatir! ¡No puedes retirarte así! ¿Acaso huyes por temor a enfrentarlo?
Ella se detuvo. No por respeto. Por incredulidad ante la estupidez.
Aquel hombre la subestimaba después de haber sentido una fracción minúscula de su poder. No había usado su Autoridad. Ni siquiera magia compleja. Solo había sido una minuscula presión bruta.
—¿El Héroe? ¿Crees que soy ciega? —rio. No con alegría, sino con una furia que quemaba el aire—. No insultes ese título. Y no insultes el mío. Si llegar a nuestra escala fuera tan fácil... no habría razones para que existiéramos en primer lugar. Vete a jugar con ese niño al que llamas «Héroe» a un parque y deja que los adultos se encarguen de lo importante.
El Gran Maestre, cegado por el orgullo y la humillación, se lanzó al ataque.
Imbuyó todo su maná en la hoja de su espada sagrada. Sabía que no la mataría, pero quería demostrarle que no debía subestimar a la humanidad, ni a Noah, ni a él. Tenía el deber de despertar al ejército de la Alianza y sacar a su discípulo del shock.
Un instante después... el hombre dejó de existir.
No hubo un duelo. No hubo choque de aceros. El hombre simplemente explotó en una niebla roja.
No hubo aura visible. No hubo cánticos. No hubo aviso. Solo la consecuencia final. El ejército enmudeció. La Reina Demonio no había movido ni un solo dedo, pero su mirada gélida dejó claro la autoría de la ejecución.
Luego vinieron los gritos. Pánico. Lamento. Rabia. Incredulidad. La figura que acababa de aniquilar sin esfuerzo a uno de los guerreros más fuertes del Sacro Imperio ni siquiera se había dignado a mirarlo al morir.
—¡¡Reina Demonio!! —rugió Noah, con el rostro desencajado.
Cargó su espada con toda su fuerza vital. El filo brilló con todo su poder; la voz de su tatarabuelos resonaba en su mente, intentando calmarlo mientras le prestaba su energía. Pero Noah no escuchó. Saltó con violencia, dispuesto a decapitar a la asesina de su maestro.
—¡¡Pagarás por esto!!
La Reina Demonio lo vio venir con la indiferencia de quien ve caer una hoja seca.
No se movió. No volvió a manifestar su bastón. Detuvo cualquier movimiento de su ejército con un pensamiento.
Cuando el filo estaba a tan solo un metro de su cuello, la pasiva de su Autoridad se activó. La espada, y el propio Noah, se detuvieron en seco, atrapados en el aire como insectos en ámbar. El espacio alrededor del joven se había solidificado.
La Reina avanzó con calma, hasta quedar frente al chico paralizado. Entrecerró los ojos, inspeccionando el arma que brillaba con luz trémula. Conocía su origen. Conocía la blasfemia de su creación.
—¿De verdad crees que esta chatarra, diseñada para superar y sustituir al verdadero, puede afectarme? —susurró con asco—. Qué patéticos son. No solo realizaron experimentos atroces creyendo que podían replicar nuestra fuerza... también conservaron los fallos e intentaron suplantar al original. No sé cómo la diosa Génesis permitió tanta libertad, pero ella sabe mejor que nadie que una imitación nunca podrá cubrir el lugar de la obra maestra.
—¿...Cómo sabes todo eso? —logró susurrar Noah, con los huesos crujiendo bajo la presión invisible.
—¿Por qué crees que no lo sabría? Todo lo que está conectado a esta batalla atrae miradas que ningún mortal puede evitar —respondió ella. Mientras ondas de distorsión comenzaban a vibrar alrededor de Noah, añadió—: Según lo que vi y oí... tú y ese grupo de chicas tienen vínculos personales con el Héroe. Agradezcan ese lazo. De no tenerlo... ninguno de ustedes saldría con vida de aquí hoy.
Con un movimiento displicente de su mano, la Reina liberó la presión de golpe.
Noah salió disparado hacia atrás a una velocidad meteórica.
Como una estrella fugaz inversa, su cuerpo rompió la barrera del sonido múltiples veces antes de impactar contra una cadena montañosa lejana. El estruendo del impacto sacudió el valle y género terremotos a su alrededor. Las fracturas internas lo sumieron en la inconsciencia antes de tocar la roca, pero una cruda verdad llegó a su mente antes de que todo se volviera negro:
«No importo cuánto me esforcé... la distancia entre nosotros es demencial. ¿ Porque no puede estar a la altura...?».
Las prometidas de Noah se trasportaron hacia la dirección del impacto, gritando su nombre.
Charlotte levantó barreras defensivas temiendo un segundo ataque; Valeria se plantó en la vanguardia junto a Sophia, mientras Aurora y Hikari volaban para auxiliarlo. La preocupación por su prometido superó momentáneamente el terror que les inspiraba la Reina. Pero una duda germinó en sus corazones:
«Si Noah perdió tan rápido... ¿realmente era el Héroe?».
—¡¿Lo vieron?! ¡Esa es la capacidad de su «Héroe»! —exclamó la Reina, dirigiéndose al ejército devastado—. ¡Tontos! ¡Incompetentes! Han desperdiciado su carta de triunfo y han condenado al mundo en el proceso.
Se giró hacia sus generales demoníacos. La decisión estaba tomada.
—Me marcho. Encárguense de estos desgraciados. Maten a la mitad para darles una lección. Dejen viva a la otra mitad para que recuerden el miedo e intenten ubicar al verdadero Héroe. Y bajo ninguna circunstancia toquen al grupo del falso Héroe... los necesito vivos. Son los sabuesos que me llevarán a él y no lo encuentro.
La Reina Demonio recibió el asentimiento de los Privilegiados presentes y su ejercito para desaparecer al instante. Sin rastro de energía residual.
Su partida marcó el inicio de la guerra. No... de la masacre.
El ejército de las razas fue aplastado. Sin Elías, sin Noah, sin una columna vertebral moral, la Alianza se desmoronó. Las estrategias no servían cuando el terror los cegaba. La fe se había evaporado y el vacío dejado por el Verdadero Héroe no podía llenarse con mentiras.
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Lejos de allí, en la cúspide de la montaña más alta del Reino Demoníaco, la Reina reapareció.
Activó su Autoridad al máximo, expandiendo su consciencia y sentidos a través de este y múltiples universos, planos dimensionales. Su rostro, siempre una máscara de frialdad regia, mostraba ahora lo que nunca se permitía en batalla: desesperación.
Buscaba un rastro. Una firma energética. Una huella en el tejido de la realidad que les diera una pista de su paradero.
Y no hallaba nada.
El Héroe había ocultado todo su ser.
Al recordar sus vidas pasadas y sus enfrentamientos previos con el Héroe, ella tenía una noción de cómo funcionaba la Autoridad de Elías. Era una fuerza tan especial, tan adaptable, que en cada ciclo tenía que reaprender cómo combatirla. Y dependiendo de cuánto hubiera evolucionado él en esta vida, ubicarlo podría ser una tarea titanica.
—¡Maldición! ¡¿Por qué eres tan problemático?! —gritó, golpeando el suelo con su bastón recién invocado.
La onda de choque atravesó aun más dimensiones, universos, mundos recién nacidos y planos teóricos vibraron con su frustración. Incluso atravesó el «Piso» donde residía su propia realidad e hizo lo mismo a cien Pisos, cincuenta arriba y abajo de este Piso.
—Nada. Aún nada. Es un desperdicio seguir gastando energía a ciegas. —Respiró hondo, forzando a su mente táctica a tomar el control sobre sus emociones—. Por lo menos... quedan sus vínculos. Usaré eso. Alguien debe saber dónde está. No importa la vida, siempre fuiste un sentimental, Elías.
Desactivó su Autoridad y abrió un portal hacia su palacio.
No iba a descansar. Iba a planificar la cacería más grande de la historia. Cuando sus Privilegiados en el campo de batalla regresaran y los restantes volvieran de sus misiones , les revelaría la verdad. Porque si no hallaba al Héroe dentro de un tiempo límite, debía prepararse para enfrentar sola el mismo cataclismo que casi destruyó este Piso hace diez mil años.