El Destino del Héroe

Capitulo 8

Elías emergió del portal y quedó suspendido en el aire.
El aroma salino del océano lo envolvió de golpe, trayendo consigo una sensación de libertad que creía extinta. Desde el día en que aceptó el manto de Héroe, jamás había vuelto a experimentar la paz que definía sus años junto a su abuelo. Ahora, sin cadenas, sin máscaras y sin expectativas ajenas, se permitió contemplar el mundo con ojos nuevos.
—Por fin... —susurró, sonriendo con una alegría contenida—. Mis cadenas se han roto. Siento como si una maldicion se retirara de mi alma
Bajó la guardia, dejando que la brisa marina le despeinara el cabello. El momento de tensión había terminado para dar paso a una vida tranquila.
—Ya no tengo que vivir como el Héroe. Por primera vez, puedo ser simplemente Elías. Libre de ese título maldito, libre de su peso aplastante.Por fin volveré a esos días en la aldea.
Había llegado el momento de perseguir sus propios sueños. Sin protocolos, sin cicatrices ajenas. Esta vez, su historia no terminaría con el mismo final trágico de Alfred, María y los demás. Nadie más tendría que morir por su causa.
Sin embargo, al recuperar la calma, un problema logístico asaltó su mente. Un pequeño problema que amenazaba con su nueva vida.
—¿Dónde voy a ocultarme? —se preguntó, frunciendo el ceño—. Mi Autoridad tiene varias pasivas de camuflaje, pero hay Autoridades que me rastrearian y me ubicación por boca de otros. Con las transmisiones holográficas, los rastreos de energia, los espías y las Autoridades, si me quedo en una zona habitada, me encontrarán en días. Así... ¿cómo diablos voy a cumplir mi sueño de ser granjero?
Mientras Elías se enredaba en sus dilemas domésticos, una sombra colosal devoró el horizonte.
Un muro de agua.
Un tsunami monumental se aproximaba a velocidad supersónica. El terremoto provocado por la furia de la Reina Demonio al otro lado del continente había generado una reacción en cadena, y las olas resultantes estaban engullendo las islas deshabitadas del océano exterior. Para desgracia del ex-Héroe, aquella que se cernía sobre él era la madre de todas las olas.
—¿Eh...?
No hubo tiempo para más.
La montaña líquida lo engulló. Aunque el impacto físico fue brutal, su cuerpo —entrenado para resistir golpes de los monstruos mas fuertes de las mazmorras— no sufrió daño inmediato. El verdadero peligro no era el agua.
Era una fuerza oculta. Profunda. Desconocida.
Algo en el ambiente empezó a succionar sus energías. Su cuerpo tembló violentamente. Sus capacidades, que segundos antes eran la cuspide de todo el Piso, comenzaron a parpadear y fallar. Vitalidad, maná, estamina... todo se drenaba a un ritmo alarmante. Incluso su Autoridad, por razones que escapaban a su lógica, sufría bloqueos y reducciones, como si una fuerza mayor la estuviera reescribiendo y añadiendo candados.
«¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué todas mis energías se drenan a esta velocidad? ¡Si esto sigue así, caeré inconsciente y seré comida para peces!».
Elías intentó activar algunas de sus energias para estabilizarse. El dolor de intentar usarlas fue demencial. Por cada gota de alguna, sentía como el cuerpo era triturado para soltar esa gota. Intento ir por la vía fácil, la Autoridad, pero sentía como era utilizada en una tarea colosal que no entendía.
Elías intentó estabilizar todo su ser. El dolor fue demencial. Por cada gota de poder que intentaba reunir, sentía como si sus células fueran trituradas desde adentro. Intentó recurrir a la vía rápida —forzar su Autoridad—, pero notó que esta estaba ocupada combatiendo una tarea colosal en segundo plano que él no había autorizado.
«¡Maldición, cómo duele! ¡Es como si tuviera agujeros negros microscópicos en la sangre! Si despierto mi Autoridad al máximo podría nivelar el descontrol, pero... no. Si lo hago, seré regañado por ella toda la eternidad por caer tan bajo. Mejor lo soluciono solo».
En una maniobra desesperada, materializó un objeto de su Sello de Alma: el caparazón de una Tortuga Milenaria.
Se encerró dentro del refugio improvisado justo cuando la presión del agua se volvía crítica. Resguardado en la oscuridad, se recostó para intentar comprender el daño. Su regeneración natural, también afectada, trabajaba a paso de tortuga.
La experiencia acumulada le gritaba que aquella ola no era normal. La presión, el drenaje, la intensidad... no correspondían a la física de este universo. Había una energía residual en el agua. Un poder que le resultaba inquietantemente familiar, que conocía de "antes", pero que su memoria bloqueada no lograba ubicar. Y eso lo frustraba más que el dolor.
« Esta ola es producto del inicio del combate entre la Reina Demonio y Noah. Dudo que esos terremotos y olas sean hechos por otra batalla en Ágaria» analizo, respirando mas calmado.« Pero este drenaje...no es ella. Si ella tuviera este poder, las Reinas anteriores habrían ganado la guerra hace siglos. Esto es otra cosa. Algo antiguo que conozco de mucho antes, pero no consigo recordar».
Sus pensamientos se interrumpieron cuando el caparazón colisionó contra algo sólido.
El golpe fue devastador. El refugio se hizo añicos y Elías salió disparado, tragado nuevamente por las corrientes abisales. El drenaje continuaba. Su respiración se tornaba lenta; sus extremidades pesaban como plomo. Subir a la superficie se volvía una tarea titánica.
Era un estado tan deplorable que, para alguien acostumbrado a batallar en condiciones extremas, resultaba humillante.
Desde las sombras del abismo, dos luces rojas y dos verdes se encendieron.
Un monstruo marino emergió. Era una bestia quimérica: cuerpo robusto de tiburón, cuatro aletas pectorales, cabeza ancha y aplanada, y una boca sin dientes visibles pero con una fuerza de succión letal. Su piel pardo-grisácea estaba recorrida por líneas de energía bioluminiscente que nacían en su cola y terminaban en sus ojos dobles, brillando como magma subacuático.
Elías decidió quedarse inmóvil, flotando a la deriva.
Quería ver hasta dónde llegaba el ataque. Aunque el drenaje lo había debilitado hasta dejarlo en una fracción de su poder, su Autoridad —aunque contenida en alcance— no había perdido su potencia interna. La absorción empezaba a estabilizarse. Podía moverse, aunque no como un Héroe, sino como un guerrero de élite.
Era el momento perfecto para probar sus nuevos límites y comprender que tanto debía entrenar para estar a un nivel aceptable y buscar la forma de recuperarse.
El monstruo abrió sus fauces. Las líneas de su cuerpo brillaron intensamente al detectar el calor de su presa. Disparó cuatro minas orgánicas envueltas en energía térmica.
Bum, bum, bum.
Las explosiones sacudieron el lecho marino, levantando nubes de sedimento y agua hirviendo. La bestia avanzó, abriendo la boca para devorar los restos del cadáver...
Sin embargo, de la nube de escombros, una figura salió disparada como un torpedo.
Elías, impulsado por la propia onda expansiva de las explosiones, estaba intacto. Sacó una daga de su cinturón y, con precisión quirúrgica, se aferró al espiráculo del tiburón. Clavó el arma en los nervios sensibles de la criatura, usándola como piolet para trepar.
La bestia se sacudió, pero Elías ya estaba posicionado sobre la primera aleta dorsal.
—Veamos cuánto aguantas —gruñó.
Canalizó una pizca de magia de rayo en sus pies y daga. Envió descargas eléctricas directamente al sistema nervioso del monstruo, atacándolo desde dentro, friendo sus órganos vitales. El entrenamiento de su abuelo, la experiencia en sí viaje e instinto asesino seguían ahí, permitiéndole maximizar el daño con el mínimo gasto de energía.
La criatura rugió de dolor —un sonido sordo bajo el agua— y ascendió hacia la superficie como un cometa enfurecido. Intentó sacudirse al parásito humano chocando contra los arrecifes, pero Elías se mantenía adherido.
La criatura rugió de dolor. Ascendió desde las profundidades como un cometa enfurecido, intentando sacudir al humano con maniobras erráticas y chocando con los arrecifes. Al no lograr su cometido, salio a la superficie, usó energía de viento en sus aletas para surcar el cielo, pero las descargas eléctricas crecientes calcinaron su interior. No podía resistir mucho más.
Al romper la superficie, el monstruo desplegó una magia de viento en sus aletas y alzó el vuelo, intentando llevar la pelea al cielo. Pero era tarde. Las descargas eléctricas ya habían cocinado su interior.
Dagger of Light( Daga de luz)—pronunció Elías.
Su daga humilde brilló con la intensidad de una estrella. En un movimiento fluido, trazó un arco de luz pura que decapitó al tiburón en pleno vuelo.
Sujetó el cuerpo y la cabeza antes de que cayeran al mar y los guardó en su Sello de Alma. Se mantuvo flotando sobre las olas, respirando con dificultad. Un hilo de sangre bajaba por su nariz.
Había ganado, pero el esfuerzo le había costado. Aunque había obtenido algo valioso: un sentido real de sus capacidades. Sabía con claridad sus límites actuales y lo que podía hacer incluso en estado vulnerable.
*«Mis capacidades se han reducido drásticamente. Estoy lejos de mi apogeo»,* analizó, limpiándose la sangre. *«Todavía me falta probar mi repertorio de energías, tecnicas y mi Autoridad. Sea lo que sea este fenómeno que me drena, necesito solucionarlo con el tiempo. Nunca se sabe cuándo necesitaré todo mi poder. Además...»*
« Mis capacidades se redujeron drásticamente.Estoy lejos de mi apogeo. Todavía me faltan probar mi repertorio de energias, técnicas y mi Autoridad. Sea lo que fuera ese fenómeno que me daño, necesito solucionarlo con el tiempo.Nunca se sabe cuando necesitaré todo mi poder.Ademas, hay una tarea que Génesis me dio cuando me otorgó el titulo que no puedo dejar de lado. Si lo hiciera, mi vida pacifica como granjero terminaría tarde o temprano...
Miró sus manos, sintiendo el peso del destino aun sin el título. No obstante, esta tarea resultaba ser distinta. Porque mientras solo existía un Héroe y Reina Demonio, los que podían hacer esa tarea no necesariamente tenían que ser ellos.
«Hay una tarea que Génesis me encomendó personalmente cuando me otorgó mi titulo. Una misión que no puedo dejar de lado. Si la ignoro, mi vida pacífica como granjero terminará tarde o temprano. Estos seres no esperan y se retiran por sentimientos».
Elías dejó el análisis para después. Una de las pasivas de rastreo de su Autoridad había detectado tierra firme.
Al voltearse, sus ojos se abrieron con sorpresa.
Frente a él se alzaba una isla enorme. La arena de sus playas era blanca, deslumbrante, casi irreal. Pero lo más impactante no era su belleza, sino su aura. Desprendía una sensación de antigüedad, un peso histórico que no había sentido ni visto en ninguno de sus viajes por el continente.
Era un lugar olvidado por el tiempo.



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En el texto hay: destino inevitable, nuevocomienzo, héroe cansado

Editado: 14.03.2026

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