La tribu Panther Chameleon hacía honor a su nombre.
Incluso sin camuflaje, sus rasgos eran fascinantes. Los hombres lucían una piel verde azulada con patrones geométricos vibrantes y una estatura imponente, de aproximadamente un metro setenta, mientras que las mujeres, más bajas y ágiles, presentaban una piel de tono salmón uniforme, patrones menos vibrantes y colas más finas. Ambos sexos compartían una característica inquietante: ojos completamente negros, capaces de moverse de forma independiente, y manos con dedos fusionados en grupos de dos o tres, perfectos para trepar.
—Es un placer, Raf —dijo Elías, acercándose con una sonrisa para estrecharle la mano.
Pero antes de completar el gesto, tuvo que esquivar tres flechas.
Thwack. Thwack. Thwack.
Los proyectiles se clavaron en la arena, justo donde había estado su mano un segundo antes. La precisión de los disparos eran excelentes, apuntaban a las venas.
—¿Eh? —Elías parpadeó, manteniendo la sonrisa congelada—. Me disculpo si mi saludo fue ofensivo. Solo seguía las costumbres de sus parientes en el continente al conocer a alguien por primera vez.
—De nuevo tú, Fanet —suspiró el anciano, frotándose la sien. Volteó hacia la joven que aún sostenía el arco tensado y la fulminó con la mirada—. ¿No puedes resolver nada sin violencia? Con esa actitud jamás te permitiré entrar en las mazmorras. Un solo acto de imprudencia te costaría tu vida y de quienes te acompañan.
—¡Pero abuelo…!
—Nada de «abuelo». Aquí soy tu líder, y debes respetar mi autoridad. Discúlpate con nuestro invitado ahora mismo. Y quiero que no vuelva a suceder. ¿ Entendido?
—…Sí, líder —respondió la chica con desgano. Miró a Elías con el ceño fruncido, apretando el arco hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. ¡Lo siento, Elías! No volverá a suceder.
—No te preocupes. Entiendo que solo querías proteger a tu abuelo—respondió él, intentando disipar la tensión.
El ambiente se había tornado denso. Sabia que la accion de la chica hubiera sido replicada por todos. Elías percibía, más allá de la hostilidad superficial de Fanet, una corriente subterránea de repudio similar a la del grupo excepto Raf. No era odio hacia él como individuo, sino hacia lo que representaba: un forastero. Era emociones interesantes, porque nacian de que proviniera de fuera, pero no de la barrera, sino fuera de la tribu. Pero había algo más. En Fanet, la emoción era personal, visceral, vinculada a su familia y la única razón de escuchar a su abuelo y no atacarlo se debía al respeto y admiracion que tenia hacia el titulo de Héroe.
Y en Raf… en Raf había melancolía.
Era el tipo de vacío que siente un padre que ha perdido a un hijo pero aún se aferra a la esperanza de encontrarlo. Elías archivó esa observación. Su Autoridad estaba demasiado dañada para indagar en los detalles, pero la intuición le decía que ahí había una historia dolorosa y el culpable era un forastero.
—Y bien… ¿qué haremos ahora? —preguntó Elías, rompiendo el silencio—. Como ves, no conozco nada de esta isla y, sinceramente, prefiero dormir en la playa que ir a la casa de Héroe anterior.
—Te llevaremos a nuestra aldea —decidió Raf—. Hasta que decidas tu camino, nos ayudarás con las tareas diarias. A cambio, te daremos refugio, comida y te enseñaremos lo básico para sobrevivir aquí. Hay reglas y eventos en esta isla que te causaran conflictos si los ignoras al recorrerla.
Elías asintió, agradecido por la hospitalidad y estrecho la mano del anciano. El primer contacto había sido un éxito relativo: tenía un techo y una fuente de información. Solo esperaba que Fanet no intentara asesinarlo mientras dormía o le enviara miradas de muerte. Aunque, curiosamente, no podía enfadarse con ella al preocuparse por la seguridad del anciano. Había una fiereza en sus ojos que le recordaba a alguien.
Además, su instinto, experiencia y Autoridad le gritaban que la hospitalidad de Raf no era gratuita.
El anciano líder lo estaba analizando, calculando. Quería pedirle un favor, algo grande, pero era lo suficientemente sabio como para ganarse su confianza primero. No estaba molesto, de hecho, se gano parte de su respeto como líder. No importa el estatus, cualquier desconocido puede ser una amenaza. Tomar una decisión que no lo molestara y lo llevara a aceptar ese favor que quiere pedir al darle una bienvenida, es una respuesta digna de un lider. Estaba jugando un juego pacifico que le dio varias ventajas en un movimiento y eso le gustaba.
«Un líder pragmático. Me gusta. Prefiero un intercambio de favores honesto que una caridad sospechosa».
—Trato hecho.
—Bien. Vamos, tenemos un largo camino —dijo Raf, haciéndole una seña—. Tienes suerte, forastero. Hoy tenemos una fiesta por la cosecha. Espero que me cuentes si nuestros parientes del continente aún conservan las viejas tradiciones o cambiaron hasta ser irreconocibles.
Elías asintió y vio cómo el anciano se adentraba en el bosque junto a los demas. Antes de seguirlo, rió nervioso al notar el gesto de burla de la chica y su marcha enojada. Tal parecía que su estadía en la tribu no sería muy aburrida ni pacífica. Aunque esperaba no tener problemas con otros… eso dificultaría su objetivo de convertirse en granjero.
—Perdónala, es muy protectora con su madre y el líder —susurró uno de los hombres, acercándose a Elías.
—Si la hubieras conocido en otras circunstancias, verías que tiene un corazón noble —añadió una mujer con una sonrisa de disculpa.
—No se preocupen —respondió Elías, bajando la voz—. Veo que es una gran guerrera. Las circunstancias nos hacen a todos un poco ásperos.
Sabía que, de no hablar, los demás seguirían justificando las acciones de Fanet. Su Autoridad le decía que ninguno quería que hubiera problemas porque respetan el titulo del Héroe. Gracias a esto, ese odio disminuyó su intensidad y eran mas razonables al hablar. No significaba que en la propia aldea, varios se comportaran igual, deducia que a muchos no le importaría y buscarian la forma de echarlo, si es que no lo hacen cuando llegue.
—De ser posible, me gustaría que me ayudaran a prepararle un regalo de paz —pidió Elías—. No quiero empezar mi estancia con una enemiga en mi propia casa.
Los guerreros asintieron, encantados con la humildad del "Héroe". Para ellos, caminar junto a alguien que ostentaba llevaba el mismo título que aquel que, según leyendas, abrió la montaña de Babel y permitio que se pudiera escalar en la Torre de Babel era un honor. Y, siendo pragmáticos, tener al Héroe de su lado para el próximo conflicto tribal por el Prado Arcoíris era una bendición de los dioses. Todos entendian que su lider apuntaba a eso cuando lo invito a la tribu. Esta vez, tenían fe en recuperar el Prado Arcoíris. Aunque les dejaba un sabor amargo depender de un extranjero, que fuera el Héroe lo hacía menos amargo.
Durante el trayecto, Elías se dejó maravillar por el bosque.
Era un museo viviente. Especies de flora y fauna que se consideraban extintas en el continente— por culpa de las guerras, las mazmorras o los monstruos que salen por los estancamientos—prosperaban allí, ajenas al paso del tiempo. Su olfato detectaba frutas con aromas que no existían en los libros de botánica moderna. Deseaba probarlas todas. Gracias a su resistencia natural —que aún conservaba pese al debuff—, ningún veneno común podría matarlo.
—Veo que te interesa la fauna del bosque —notó Raf, observando cómo Elías examinaba una orquídea azul.— Te gustaría venir a explorarlo mañana?
—Si. He recorrido medio continente y explorado varios universos, realidades y planos, pero jamás vi un ecosistema tan intacto. Muchos de estos árboles, flores y animales son fósiles vivientes allá afuera.
—Veo que estás interesado en el bosque. ¿Te gustaría venir a explorarlo mañana? —preguntó Raf, el anciano líder.
—Pues si alguna vez visitas el Jardín de la Reina Druida o los Prados de las Hadas, te caerás de espaldas —rio el anciano—. Son los lugares más exóticos de Edén. Hay flores que solo nacen allí.
—Lo anotaré en mi lista.
Elías sonrió.La información de Raf le resultaba interesante. Aunque tenía un poco de información sobre los habitantes de Edén, ya tenía dos destinos turísticos para sus futuras vacaciones. Pero primero, la misión: ayudar a la tribu, ganarse su confianza sin depender del título y, con suerte, encontrar un rincón tranquilo para construir su granja o trabajar en una si tienen.
Aunque, mirando la espalda tensa de Fanet y la mirada calculadora de Raf, sospechaba que la paz iba a ser el recurso más escaso de la isla.