Elías tomó el libro con firmeza y miró directo a los ojos de Raf.
Con cada minuto que pasaba, se convencía más de que su decisión de refugiarse en aquella tribu había sido la correcta. El líder demostraba estar a la altura de su posición: en sus viajes, pocas veces había conocido a un gobernante o un lider que aplicara sus principios sin dejarse doblegar por el peso de una leyenda o el estatus de un visitante; mucho menos ante alguien que ostentaba el título de Héroe.
—Entiendo. Pregunta lo que desees —dijo Elías, sintiendo la suave vibración mágica del libro en sus palmas—. Te responderé con sinceridad.
—Bien. Primera pregunta: ¿Recuerdas algo de alguna vida pasada?
—No —respondió con genuina sorpresa.
No esperaba que el interrogatorio comenzara por ahí. Creía que habría dudas más urgentes: las razones por las que el Héroe y la Reina Demonio venían a la isla, su rechazo a vivir en la casa de una de sus vidas pasadas, conocer el origen y proposito de la barrera o cómo había logrado atravesar la barrera sin morir en el intento.
—He intentado por varios medios recuperar alguna memoria de mis vidas pasadas —continuó Elías—, pero siempre hay algo que me bloquea. Un muro interno que me impide indagar más allá de mis recuerdos actuales.
—Ya veo... —murmuró Raf.
El anciano no estaba del todo convencido... hasta que la matriz brilló, confirmando la veracidad de la respuesta.
Para Raf, la probabilidad de que un Héroe llegara a la isla sin poseer fragmentos de sus recuerdos era prácticamente nula. De entre miles de millones de posibilidades, esta era una anomalía que nunca se había presentado, ni con los Héroes ni con las Reinas Demonio anteriores. Sin embargo, al observar al joven con sus sentidos agudizados y que la matriz confirmara que decia la verdad, una hipótesis escalofriante cobró forma en su mente.
«Es posible que su llegada esté relacionada con el misterio que dejó el primer Héroe en las ruinas de Babel. Nadie en la isla, salvo las sacerdotisas del clan Kitsune, conoce lo que se oculta en ese lugar enigmático», razonó el líder.
La información sobre el ciclo del Héroe y la Reina Demonio era de dominio público en Edén, a excepción de la naturaleza exacta de sus Autoridades. Pero existían secretos custodiados exclusivamente por los altos mandos. Raf entrecerró los ojos, utilizando una técnica de visión astral para observar a su invitado: la fuga energética del cuerpo del joven formaba hilos diminutos, casi imperceptibles pero inquebrantables. Y todos esos hilos de poder se extendían en una sola dirección... hacia la montaña de Babel.
Desde que lo vio dormir en la playa, Raf había quedado sobrecogido por el poder del muchacho. Pese a haber perdido una cantidad incalculable de energía, posiblemente, contra la barrera de la isla, Elías no presentaba daños irreversibles. De hecho, su salud era tan robusta que Raf llegó a dudar de sus propios instintos y experiencia. Aún en su estado de degradación, el poder bruto que residía en ese cuerpo y el expulsado le indicaban que su estado sin degradacion superaba con creces al de todos los habitantes de la isla juntos,
—Bien. Segunda pregunta: ¿Por qué deseas una vida pacífica? Entiendo que los Héroes y las Reinas Demonio llegan aquí buscando descanso tras la guerra. Pero ellos nunca se alejaron del público; siempre se movían como si no hubiera un mañana.
—No tengo problema en contarte mi historia, pero te pediré que la mantengas en estricta confidencialidad —respondió Elías, con un tono teñido de amargura.
Raf asintió. Sin decir una palabra, emitió un pulso mágico imperceptible, una orden de silencio y retirada para el Escuadrón Silent oculto en los alrededores. La sala quedó sellada. No había espías ni observadores; todo quedaría entre ellos dos.
—Este secreto quedará entre nosotros —confirmó el líder.
Elías empezó a relatar su viaje. Narró los momentos clave de su crecimiento hasta llegar a su retiro abrupto en la víspera de la batalla final. Omitió detalles sensibles sobre sus ex-compañeros y eventos traumáticos que no estaba dispuesto a revelar a un desconocido; eran heridas aún supurantes. También resumió algunas anécdotas para no convertir la charla en un monólogo interminable e interrumpir las labores del Raf.
—...Y eso sería todo —concluyó, tomando un pequeño respiro para recomponerse—. Hay partes que me salté. Algunas son confidenciales; otras... simplemente no estoy listo para compartirlas. Prometo contarte el resto en el momento adecuado. Te pido disculpas si no respondí la segunda pregunta con el nivel de detalle que esperabas.
—Está bien. Con esta información me conformo —asintió Raf.
El anciano hizo un esfuerzo monumental por ocultar el pesar que le produjo escuchar aquella historia. Su rostro se mantuvo sereno, pero en su interior soltó un suspiro apesadumbrado. Las vivencias de este joven explicaban con creces su desesperado anhelo de tranquilidad.
—Sé que sonará cruel —prosiguió Raf—, pero debo preguntarlo: ¿Cómo te sientes al abandonar el campo de batalla? ¿No tienes deseos de regresar para ayudarlos?
—La verdad... es que no importa cómo me sienta. Lo único importante es que la paz entre todas las razas, incluidos los demonios, perdure por otros doscientos años. Y confío en que, incluso sin mí, lograrán ese equilibrio.
—¿Crees que algo así sea posible? —preguntó Raf con cautela.
—Yo... no sé qué pensarían mis antecesores, pero creo firmemente que todos pueden coexistir.
Elías sabía que esa idea provocaría burlas, repudio y rechazo en el continente. La creencia de que demonios y las razas aliadas pudieran vivir en paz era tachada de ingenua, incluso de herejía peligrosa. Pero durante su viaje, descubrió que la propaganda sobre los demonios estaba muy lejos de la realidad. Cada vez que los masacraba, despertaba a la mañana siguiente con las manos manchadas de culpa y remordimiento. Haber conversado con algunos Privilegiados le había abierto los ojos sobre la verdadera naturaleza del conflicto.
—Eso es imposible. Siempre habrá disputas —replicó Raf, sin intención de ofender—. No me malinterpretes, es un sueño hermoso. Ojalá algún día suceda. Aquí no existe esa guerra porque no tenemos razones para librarla. Sin embargo, eso no significa que no haya disputas sangrientas entre nosotros por otras cuestiones.
—Discúlpame... creo que me malentendiste. No hablo de una utopía libre de peleas. Me refiero a que las razas... puedan relacionarse. Como lo hacemos nosotros ahora.
—Entiendo. Este pensamiento... está estrechamente relacionado con lo que omitiste de tu historia, ¿cierto?
—Sí.
Una sombra oscureció el semblante de Elías. A diferencia de las leyendas tradicionales —donde el Héroe se vuelve invencible, conquista el amor, derrota al mal puro y regresa victorioso—, su camino había sido un desastre plagado de errores y conspiraciones. Muchos de esos errores ni siquiera habían sido suyos, pero ver cómo las razas seguían venerando ciegamente a un "Héroe ideal" fabricado por la política y la historia le revolvía el estómago. No había un solo día en que no sintiera náuseas al escuchar plegarias idolatrando a un salvador... especialmente cuando a él, al Verdadero Héroe, ni siquiera lo consideraban como tal.
—Bien. Última pregunta de este bloque: ¿Cuál es tu Autoridad?
Elías parpadeó. La Autoridad de uno mismo era un secreto que nadie le contaba a otro, a menos que fuera muy especial para esa persona. Él habia guardado el secreto a todo el mundo, con excepcion de Dasha y los lideres de la Alianza, aunque los últimos solo conocían la superficie. Esperaba que un lugar donde el Héroe venia a descanzar, tuviera un conocimiento vago de su Autoridad. Y dudaba que una de sus vidas pasadas, usara la Autoridad para borrar ese conocimiento.
—¿No tienen ninguna información sobre mi Autoridad? Pensé por un segundo que los habitantes supieran un poco por ser un lugar de descanso del Héroe y la Reina Demonio.
—No. Ese tipo de conocimiento está clasificado incluso para nosotros. Y aunque dudo que algún archivo lo describa con exactitud, los Héroes y las Reinas Demonio suelen ser aterradores... incluso sin invocar su Autoridad.
Elías asintió, comprendiendo. Lentamente, comenzó a desglosar los aspectos de su poder. Omitió ciertas características activas y pasivas deliberadamente, no por desconfianza, sino para evitar que el líder o la tribu desarrollaran un terror instintivo hacia él. Incluso él, siendo el portador, temía a su propia habilidad: su versatilidad era tan absoluta como aterradora y sus limitaciones eran casi nulas. Además, como precaución, tejió barreras mentales y filtros mágicos mientras hablaba, asegurándose de que si alguna Autoridad de extracción de información intentaba colarse en la sala, chocara contra un muro de acero.
Raf escuchó con atención sepulcral.
Y, a pesar de su experiencia, no pudo evitar sentir miedo. Miedo... y una profunda admiración. Un poder como aquel poseía el potencial de consumir la cordura de cualquiera, arrastrando a su usuario a una espiral de megalomanía y soberbia. Pero Elías, quien lo empuñaba, no mostraba ni una pizca de ambas. La forma clínica y precavida en que explicaba sus habilidades reflejaba un sentido de la responsabilidad casi opresivo. Contención pura.
«Es un alivio que un poder de esta magnitud haya nacido en alguien como él», pensó Raf, sintiendo un escalofrío. «No quiero ni imaginar lo que pasaría si alguien con un corazón oscuro lo poseyera... Una fracción de esa Autoridad bastaría para desatar un cataclismo sin precedentes en la realidad».
El anciano líder se hizo una idea del alcance real. Era dantesco. Las existencias que aquel joven podía extinguir con un solo pensamiento eran incontables. Y si la Reina Demonio era la única entidad en el cosmos capaz de igualarlo... Raf prefería no pensar en el abismo de poder que se ocultaba en ella. Ambas fuerzas jugaban en una liga tan lejana a la de los mortales que comprendió, con aterradora claridad, por qué el destino dictaba que solo ellos dos podían destruirse mutuamente y ostentar esos títulos.
—...y esa es la esencia de mi Autoridad —concluyó Elías.
—Ya veo... —Raf exhaló el aire que no sabía que estaba conteniendo—. Debo decir... que estoy inmensamente agradecido de que seas tú quien la carga.
—¿En serio? —Elías bajó la mirada, genuinamente sorprendido—. No creo ser digno de ella. A veces siento que hubo otros que la merecían mucho más.
—Te equivocas. Una Autoridad como esa no está diseñada para "cualquiera". El hecho de que seas tú el que tiembla ante ella... es lo más tranquilizador de todo.
Los ojos de Elías se abrieron ligeramente. Luego, una sonrisa suave se dibujó en sus labios.
Su abuelo le había dicho exactamente lo mismo. El día que despertó su Autoridad por primera vez, Elías lloró aterrorizado, convencido de que un poder tan destructivo era un castigo inmerecido. Pero el anciano, echando mano de sus vivencias de juventud y de una empatía infinita, lo ayudó a comprender el peso real de la corona que le había tocado portar.
—Volviendo a las preguntas —retomó Raf, aclarando su garganta para disipar la solemnidad—. Tengo una última para ti: ¿Qué deseas hacer de ahora en adelante?