Valet entrecerró los ojos, evaluando al humano con una mezcla de intriga y sospecha. A simple vista, una pregunta como esa bastaría para que cualquier miembro de la tribu alertara a los líderes, desencadenando un interrogatorio exhaustivo o incluso la captura del forastero. El valor táctico de una sola mazmorra mutante equivalía al de un millón de mazmorras normales; para las aldeas que poseían una, representaba el declive absoluto o la ascensión innegable de su comunidad.
«El tono y la preocupación en la voz de Elías no son fingidos», analizó la capitana. «Es poco probable que sea un espía de otras tribus Chameleon; ninguna tiene las agallas para hacer una pregunta tan directa y peligrosa».
En realidad, la inmensa mayoría de las tribus consideraba tabú mencionar el tema frente a externos por miedo a las consecuencias. Ese tipo de discusiones abiertas solo se permitían en las regiones cercanas al centro de la isla, en ciudades y poblaciones con diversidad de razas y especies, donde los clanes más antiguos ejercían su influencia con mayor fuerza.
«También podría ser un farol. Tal vez, si se reunió con algún lider de otro Clan Chameleon antes de encontrarse con Raf, no le informaron nada y él está usando ese vacío a su favor para sacarme información. Aunque…»
Valet dudó de sus propias conclusiones. Si se tratara de un humano ordinario, habría descartado sus sospechas, escudándose en la ignorancia del forastero para continuar con su rutina. Pero este chico era el Héroe. Era uno de los dos individuos en todo el Piso sobre los cuales pesaban misterios que ni los líderes más poderosos de Edén habían logrado desvelar y lo poco se mantenía oculto al publico. Tal vez, solo tal vez, su pregunta estuviera relacionada con la supervisión anual que los clanes mas antiguos realizaban sobre los Brotes Mutantes.
«Es una regla no escrita: cualquier mazmorra mutante debe ser reportada a la cúpula de la isla».
Su propio tatarabuelo había documentado en sus diarios de viaje cómo un escuadrón del clan Kitsune casi erradicó a una tribu entera por incumplir esa norma. Las palabras de aquel relato estaban grabadas en los pergaminos familiares, transmitiendo el terror de aquel día con cruel precisión. El empeño que los líderes ponían en controlar esas mazmorras superaba incluso el cuidado que le dedicaban a su propia especie.¿ Acaso las Mazmorras Mutantes representaban un peligro mucho mayor al conocido por el público?
«Si mal no recuerdo, antes de que yo naciera, durante la juventud de Raf, ocurrió un desbordamiento de Mazmorras Corruptas», recordó Valet, sintiendo un leve escalofrío. «La isla entera estaba en guerra y nadie se encargó de limpiarlas a tiempo. Sé que fue una catástrofe que redujo nuestra tribu a un tercio de su población, aunque hay detalles escabrosos que Raf se negó a revelarme cuando asumí el mando del Escuadrón Silent».
La guerrera observó a Elías en silencio y soltó un leve suspiro. Era una experta en recopilación de información y combate, pero la formulación de teorías conspirativas complejas no era su fuerte. Ese trabajo se lo dejaría a Raf cuando llegara el momento de rendir su informe o a su mano derecha. Por ahora, se ceñiría a su misión: guiar al nuevo residente, mantener el protocolo y esperar órdenes. Complicarse la existencia a esa hora del día era imprudente.
—Sí, existe un mapa con la ubicación de todas las Mazmorras Mutantes —respondió Valet finalmente, adoptando un tono estrictamente neutral—. Solo hay un problema: no está disponible al público. Si ni siquiera los líderes de varias tribus periféricas tienen acceso directo a él, mucho menos lo tendrás tú.
Se giró para retomar la caminata y añadió sin mirar atrás:
—Continuemos, no tenemos todo el día. Y mientras tanto… dime por qué tienes tanto interés. Dependiendo de tu respuesta, tal vez pueda decirte una forma de conseguir ese mapa.
Elías siguió a Valet a un par de pasos de distancia, sumido en sus propios pensamientos.
Revelar su verdadera motivación significaba admitir que había conocido personalmente a la diosa Génesis y que estaba cumpliendo una misión sagrada para ella. Literalmente, cualquier habitante de este mundo que escuchara eso lo sometería a interrogatorios interminables y lo elevaría a la categoría de un Santo, o algo mucho peor por ser el Héroe. Y no era para menos: solo las mujeres que lograban ascender al puesto de Sacerdotisa Principal de la Iglesia tenían el privilegio de ver a la diosa en persona... e incluso ante ellas, Génesis siempre usaba un velo para ocultar su rostro.
*«¡Maldición! Si cuento lo de mi encuentro, jamás volveré a tener paz»*, se lamentó Elías internamente. *«En una isla tan antigua como esta, el fervor religioso debe ser infinitamente mayor que en el exterior. ¿Por qué tiene que pasarme esto a mí? Yo solo quería sembrar mis propios vegetales...»*
Sin embargo, el deber que la diosa le había encomendado no contradecía del todo su deseo de una vida tranquila. Si no detenía a los monstruos, el desastre apocalíptico lo alcanzaría a él y a su granja tarde o temprano. Prevenir el fin del mundo era un requisito indispensable para poder disfrutar de su retiro.
«Lo mejor será esperar. Aunque esté debilitado, todavía puedo estudiar las líneas ley del territorio. Si alguna mazmorra está en estado crítico, tendré que tragarme mi orgullo, soportar a los fanáticos y cargar con el título una vez más para purgar a esos seres antes de que nazcan».
La conversación que sostuvo con Génesis lo había marcado a fuego. La batalla contra los Presagios del Fin no podía tomarse a la ligera. Si él y la Reina Demonio —los pináculos del poder— tenían que sudar sangre para aniquilar a los más fuertes... ¿cómo podrían lograrlo los demás? No era arrogancia; Génesis había sido muy clara: para contrarrestar los efectos de esos monstruos, se necesitaba un dominio muy alto Autoridad, mientras mas cerca de dominarla por completo mejor. Si un Presagio del Fin lograba evolucionar a su etapa final y fuera uno de los pesos pesados, la caída del universo, y posiblemente del Piso entero, estaba casi asegurada.
—Es complicado —respondió Elías tras un largo silencio—. No nos conocemos lo suficiente como para contarte mis verdaderas razones. Dame algo de tiempo y te prometo que te daré una respuesta satisfactoria.
—Bien, esperaré —aceptó Valet, deteniéndose de golpe y girándose hacia él con una sonrisa astuta—. Pero solo con una condición.
—¿Qué condición?
—Quiero tener tres combates diarios contigo: uno por la mañana, otro por la tarde y el último por la noche.
Valet no esperaba obtener una oportunidad de oro tan rápido. Si el Héroe aceptaba, ella tacharía de inmediato uno de sus objetivos personales y tácticos.
—Esta condición se mantendrá vigente desde hoy hasta el día en que decidas revelarme tu secreto. ¿Aceptas?
—Acepto.
Elías sonrió por dentro ante la astuta jugada de la guerrera. Ella había aprovechado la brecha en su discurso para ejecutar un movimiento seguro. Si él rechazaba la propuesta, la información que Valet le llevaría a Raf pondría en duda sus intenciones pacifistas. Pero al aceptar con la cantidad justa de duda, aparentaba estar meditando las implicaciones mientras se mostraba dispuesto a cooperar.
«Sé que esto no estaba en sus planes iniciales, pero notara la ventaja táctica en los próximos minutos», pensó Elías, alzando la vista hacia el cielo. «Incluso si ella no lo capta del todo... sé que los Chameleon ocultos en las ramas sí lo hicieron».
Continuó avanzando junto a la sonriente chica, sintiéndose extrañamente animado.
«Al menos, estos combates me servirán para adaptar mi estilo de pelea a mi condición actual y delimitar mis verdaderas capacidades físicas. Además, conocer las estrategias nativas de la tribu será indispensable para sobrevivir al Festival Solar».
—¡Qué bien! Espero que no te contengas —ronroneó Valet, claramente emocionada por el desafío—. He leído que el Héroe posee una fuerza monstruosa. No me decepciones.
—No te preocupes, te daré una sorpresa diferente en cada combate. ¿Crees tener lo necesario para seguirme el ritmo?
—¿Acaso eso fue un reto, señor Héroe? —preguntó Valet, con una sonrisa traviesa cruzándole el rostro. Luego, clavó sus profundos ojos negros en los de él y añadió con una intensidad palpable—: Verás que no es nada fácil sorprender a una mujer como yo. ¿Tienes las capacidades para brindarme un espectáculo digno de mi atención... señor Héroe?
Elías abrió ligeramente los ojos, sorprendido por el atrevimiento.
Pronunciar esas palabras, conociendo la historia de devastación que arrastraban los Héroes anteriores y sabiendo el terror que su sola Autoridad le producía a los sentidos de ella... era una muestra de audacia pura. Sin embargo, no se sintió ofendido. La insolencia de Valet demostraba que no era una mujer que se dejara intimidar por los títulos divinos. Era una actitud refrescante y muy poco común entre todos los guerreros aduladores del titulo que había conocido en el continente.
Y, para ser sincero, esa actitud combativa le gustaba.
—Eso te lo responderé en nuestro primer asalto, Valet. El campo de entrenamiento es el mejor lugar para contestar una pregunta como esa.
—Tú sí lo entiendes. No muchos en esta tribu comprenden que hay respuestas que solo se encuentran en medio de un cruce de golpes —comentó ella, dejando escapar una sonrisa genuina y desprovista de malicia.
Durante el resto del camino, el ambiente se relajó. Valet observó con más detalle la vestimenta ajada de su acompañante y notó una curiosa ausencia.
—Por cierto, ¿qué rango de aventurero eres? No veo que lleves la insignia del Gremio. Según los libros que nos han llegado del exterior, esa placa se utiliza para reconocer el estatus del aventurero y para emitir una señal de rescate si este muere.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Mera curiosidad táctica. Nosotros también tenemos un Gremio al que nos afiliamos en la isla. Quiero comparar tu rango oficial con tu fuerza real para ver cuánta diferencia hay entre nuestros sistemas de clasificación.
—Está bien —respondió Elías, encogiéndose de hombros con naturalidad—. Soy un aventurero de rango C con doble Estrella.