Elías reaccionó al instante, saltando hacia atrás impulsado por puro instinto de supervivencia. Activó una técnica corporal extrema: Procesamiento Paralelo Centuplicado. En una fracción de segundo, manifestó dos dagas plateadas desde su Almacenamiento de Alma y comenzó a moverlas a su alrededor en un frenesí de acero, trazando trayectorias para bloquear y cortar un ataque que, físicamente, aún no había llegado.
Gracias a la aceleración cognitiva, calculó cada rastro microscópico de la energía abismal que surgía de la nada, anticipando decenas de variables y vectores de ataque basados en la densidad de poder y el control de la chica. Aunque Orelia no había movido ni un músculo, Elías no detuvo su defensa. Al contrario, aumentó su velocidad de reacción hasta que finos hilos de sangre comenzaron a brotar de sus ojos y de su nariz.
Para cualquier espectador común —e incluso para los experimentados del Escuadrón Silent—, las acciones del Héroe parecían producto de una paranoia excesiva o de la locura. La Chameleon no había realizado ninguna acción física ni espiritual; ni siquiera había fluctuado su energía. Sus palabras parecían ser una simple provocación verbal que no ameritaba una respuesta de tal calibre. Aparentemente, Elías había entrado en pánico.
No obstante, un segundo después, el espacio colapsó.
Varias rasgaduras invisibles estallaron en el aire y destrozaron el suelo alrededor de Elías. Lo peculiar de estas marcas era que se asemejaban a huellas de garras gigantescas, irradiando un color azul-violeta profundamente saturado, como si el propio vacío estelar hubiese arañado la realidad misma. Las dagas de Elías chocaron contra la fuerza invisible, generando chispas que desafiaban la gravedad.
«¡Es absurdamente fuerte!», pensó Elías, apretando los dientes. «Estas rasgaduras abismales son lo suficientemente destructivas como para aniquilar de un solo toque a monstruos de rango A o B. Y lo peor... es que se está conteniendo. Mi Autoridad no está en óptimas condiciones, y aun así mis instintos gritan que es un peligro letal».
Se maldijo internamente sin detener su red de bloqueo. Conocía múltiples formas de restringirla y vencerla, pero la disminución de sus capacidades físicas y el bloqueo de su poder impedían el uso de técnicas avanzadas sin causar daños colaterales masivos en la granja.
«Si sigo a la defensiva, perderé. Moriré en un instante y me veré obligado a regresar a la vida mediante una pasiva de mi Autoridad. No puedo permitir que eso pase; activaría una respuesta automática, mucho más letal para los presentes, porque no la controlo por su estado. No tengo otra opción: debo invocar mi Autoridad».
Elías incrementó de nuevo su velocidad, bloqueando a duras penas los ataques conceptuales que se acumulaban en el aire, esperando el momento exacto para desatar la Autoridad y diezmar a la chica. Sin embargo, antes de que pronunciara el nombre de su Autoridad, observó cómo Faram aparecía a espaldas de Orelia y le asestaba un golpe seco y directo en la cabeza. La ofensiva invisible se desmoronó de inmediato.
Elías desactivó el Procesamiento Paralelo de golpe, y casi cae sobre una rodilla. Vomitó una bocanada de sangre mientras su cuerpo intentaba regenerarse del sobreesfuerzo a paso lento.
«Las energías y la mayoría de mi Autoridad no fueron lo único que se degradó tanto al cruzar esa barrera. También sufrí un severo deterioro físico. Cuando cruce la barrera y dejo mi cuerpo en este estado, crei saber el grado de degradación, pero esto es mas grave de lo que pense», analizó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, molesto consigo mismo. «Cuando era niño, podía usar el procesamiento paralelo multiplicado por doscientos con total normalidad. ¿Qué demonios me está pasando? Una cosa es perder maná, pero que mi biología esté tan afectada revela otro nivel de daño. Con más razón debo descubrir la causa y solucionarlo».
—¡Auch! ¡¿Qué le pasa, maestra?! ¡Casi fríe mi cerebro y provoca que estalle todo este universo! —gruñó Orelia, frotándose la cabeza adolorida, con un hilo de sangre corriéndole por la nariz—. ¡Aún no domino por completo mi Autoridad! Al desactivarme el flujo tan abruptamente, recibí un rebote severo que descontroló mi Poder Abismal. ¿Qué le diremos al líder si ocurre un accidente?
—¿Que qué me pasa? Eres igual de terca y explosiva que mi hija, Orelia —suspiró Faram, profundamente frustrada. Se masajeó la frente con las yemas de los dedos y la fulminó con la mirada—. Primero: no ataques a un invitado. Si quieres medir fuerzas, pídele un combate formal y enfréntalo en un campo certificado. Segundo: te dije claramente adentro que sería Valet quien pelearía con él, no tú. Tercero, y te lo he advertido muchas veces: no dejes que los humos se te suban a la cabeza. Esa arrogancia tuya te costará la vida un día. Y por último: estás castigada. Nada de entrenamientos ni peleas durante una semana.
—¡Espera! ¡No puedes quitarme el entrenamiento y los combates, maestra! ¡Tengo que dominar mis habilidades! —se quejó Orelia, cruzándose de brazos y pataleando con un tono puramente infantil.
Su rabieta hizo que los miembros del Escuadrón Silent ocultos en los árboles sudaran frío por la incomodidad. Aquella misma chica, que segundos antes había arrinconado al Héroe con una energía cósmica aterradora y mas rara que la Autoridad, ahora parecía una adolescente mimada a la que le habían quitado un juguete. La escena destruyó por completo el aura de terror y respeto que había impuesto. Todos —excepto Elías y Faram— se sintieron repentinamente avergonzados de haber perdido contra ella en el pasado.
—Disculpa, Faram... ¿podríamos ir al campo ahora? —interrumpió Valet, dividida entre la seriedad y la pena ajena.
Deseaba combatir con el Héroe para poner a prueba las palabras de este, pero el berrinche de Orelia había borrado por completo la solemnidad del ambiente y no sabía cómo restablecerla.
—No podemos perder más tiempo. Aún nos quedan muchas tareas pendientes por hoy. Puedes regañar y castigar a Orelia más tarde.
—Bien. Dejaré el tema por ahora —Faram suspiró, rendida—. Agradécele a Valet que te haya salvado, Orelia. Tu falta de educación merecía algo más severo que un simple castigo.
—Está bien... Gracias, Valet —masculló Orelia, sin una sola gota de disculpa real en la voz; un detalle del que solo Elías pareció darse cuenta.
—No es nada. La próxima vez, espera a que termine mi turno para intervenir —replicó la capitana.
Faram apartó la atención de su alumna para observar a Elías. Al hacerlo, palideció al notar la considerable cantidad de sangre que seguía brotando de sus ojos y nariz, manchando su ropa.
La escena la tomó por sorpresa. Orelia no tenía la capacidad real para forzar al Héroe a un límite físico que le causara tales estragos. La propia Faram había captado los ataques abismales sin necesidad de multiplicar sus funciones cognitivas, y dudaba muchísimo que el Héroe fuera menos competente que ella. El panorama se volvía aún más incomprensible si se tomaba en cuenta que Elías había llegado a la isla después de masacrar a su rival predestinada.
¿Acaso la inmensa cantidad de energía que se fugaba del cuerpo del joven era la causante de tanta vulnerabilidad?
—Elías, ¿estás bien? Tu sangrado no se detiene —preguntó Faram, genuinamente preocupada. El chico no intentaba curarse, ni mostraba ansiedad alguna por la pérdida de sangre. Estaba allí de pie, en silencio, completamente ajeno a su propio riesgo biológico. —¿Quieres que te sane?
—¿Ah? ¡Oh, cierto! Estoy herido —respondió Elías, parpadeando y mirándose las manos sin demasiado interés.
No era la primera —ni la última— vez que resultaba herido por la sobrecarga de sus propias técnicas corporales. Su desconcentración actual se debía a que estaba analizando a la misteriosa chica llamada Orelia, no al dolor. Con un gesto casual, activó una pequeña ráfaga de magia sanadora para estabilizar sus vasos sanguíneos y limpió la sangre seca de su rostro. —¡Gracias por recordármelo! A veces me sumerjo tanto en mis pensamientos que pierdo la noción del daño físico.
—Eres un sujeto muy extraño. No conozco a nadie que trate el desangrarse como algo insignificante —comentó Valet, incrédula, dando un paso atrás.
La nula preocupación de Elías hacia su propio cuerpo le provocaba una profunda inquietud. No era un rasgo de resiliencia heroica; era una costumbre francamente insalubre. Incluso las razas vampíricas y los no-muertos evitaban el daño innecesario. —¿Quién diablos te enseñó que esto es normal?
—Nadie —respondió Elías, encogiéndose de hombros. Su abuelo y Dasha intentaron quitarle esa mala costumbre durante años, sin éxito. Al final, ambos razonaron que era un defecto vinculado a la naturaleza de su Autoridad.— Tal vez lo adquirí durante los combates que recibí en mi infancia, en mis entrenamientos infernales para convertirme en Héroe, o durante mi viaje como Héroe. La verdad... no estoy muy seguro de cómo surgió, ni me importa demasiado.
Todos los presentes, excepto Orelia, se miraron confundidos por la frialdad de la respuesta. El origen de cualquier aspecto fisiológico o psicológico, especialmente uno tan específico, debía tener una razón de ser en el tejido del mundo. Así ocurría con las Autoridades y la compatibilidad elemental de sus usuarios. Por lo tanto, esa tolerancia mórbida al dolor tenía que provenir de un factor traumático o mágico muy profundo. Considerando lo que Elías había mencionado, parecía estar atado a una pasiva oscura o rasgo de su propia Autoridad.
—Ya veo... Te recomiendo que busques la causa de todas formas. No querrás sufrir un percance letal por descuido. Tal vez los Grandes Espíritus del bosque o de los ríos puedan ayudarte. Ellos tienen experiencia lidiando con traumas del alma, maldiciones o efectos de una herencia—sugirió Faram, con tono solemne.
—Bien. Algún día buscaré ayuda —respondió él, sin mucha convicción. Estaba tan acostumbrado a esa dinámica autodestructiva que no le importaba resolverla. Y, ciertamente, los rasgos conceptuales de su Autoridad hacían que curarlo fuera un dolor de cabeza. —Por ahora, es mejor que nos guíes al campo de entrenamiento. Tenemos poco tiempo que perder y dudo que Valet quiera esperar más para golpearme.
Faram asintió con un suspiro y les indicó que la siguieran. Rodeó la hermosa casa hasta llegar al patio trasero, donde se encontraba el único campo de entrenamiento de la inmensa granja.
Faram había solicitado personalmente a su padre que se redujera el número de campos en esa zona a solo uno, con el objetivo de incrementar las barreras de protección del sitio y mantener ocultas las habilidades de combate de la tribu. Después de cierto incidente trágico, entendió que jamás se podía ser demasiado cauteloso. El enemigo siempre podía estar observando desde las sombras.
Elías caminaba en silencio, con cierta tensión interna erizándole la piel.
Las miradas de las dos jóvenes Chameleon —Valet y Orelia— estaban clavadas en su espalda con una intensidad inusual. El interés que ambas mostraban, por razones marciales y caóticas completamente distintas, le indicaba que su estadía en la tribu sería problemática, ruidosa y extenuante. Internamente, se preguntó si lidiar con ellas igualaría, o incluso superaría, el nivel de dolor de cabeza que le causaba María en el pasado.
—Ya llegamos.