Año 2040.
Leslye reía en el patio de la escuela mientras Fernando, su novio, intentaba tomarle una foto sin que se diera cuenta. A unos metros, Diego observaba la escena con una sonrisa tímida. Ya no era el niño inseguro de antes; ahora hablaba más, tenía amigos, y por primera vez sentía que encajaba.
Las historias de su padre habían ayudado más de lo que quería admitir.
—Oigan —dijo uno de sus compañeros—. ¿Sabían que en una semana es el aniversario de los Caza Destripadores?
Diego se giró de inmediato.
—¿Aniversario de qué?
—De cuando murieron —respondió el chico con naturalidad—. Es como una leyenda urbana. Dicen que fueron un grupo que cazaba asesinos… pero desaparecieron hace años.
Diego sintió un nudo en el estómago.
—Eso no es una leyenda —dijo—. Es real. Mi papá es uno de ellos.
Las risas no tardaron.
—Estás loco. —Eso nunca pasó. —Si existieron, murieron hace mucho.
Diego ya no dijo nada más.
Esa noche, en casa, no pudo guardárselo.
—Papá —dijo—. Hoy en la escuela dijeron que los verdaderos Caza Destripadores murieron… ¿es verdad?
Leslye levantó la mirada sorprendida.
El silencio se hizo pesado.
Tony los observó a ambos y asintió lentamente.
—Todo lo que les he contado es verdad —dijo—. Pero hay una historia que aún no conocen.
—¿Murieron? —preguntó Leslye.
Tony respiró hondo.
—Sí. Los Caza Destripadores murieron.
Los dos se quedaron inmóviles.
—¿Y mamá? —preguntó Diego—. ¿Ella está en esa historia?
Tony los miró con una tristeza antigua.
—Sí.
Entonces comenzó a contar.
Dieciocho años atrás, el cuartel general estaba lleno de vida. La ciudad llevaba meses en calma. Cuando surgía algún peligro, los Caza Destripadores respondían de inmediato. Eran una organización fuerte, unida… feliz.
Tony y Gunther se miraron más de una vez ese día.
El plan estaba listo.
En veinticuatro horas intentarían lo imposible: volver por Navi.
Tony dudaba.
No del plan… sino del precio.
Camila y él pasaban cada vez más tiempo juntos, y por primera vez en años, Tony sentía miedo de perder algo que aún tenía.
Pero el día llegó.
El salto fue inmediato.
Cuando abrieron los ojos, estaban allí.
El hotel WEPAHER.
A lo lejos, vieron una escena imposible: ellos mismos, años atrás, arrastrando el auto averiado hacia el hotel.
—Tenemos que asegurarnos de que salgan los tres —susurró Gunther—. Sin cambiar nada.
Tony asintió.
Y entonces, todo se volvió negro.