El olor a sangre aún estaba en el aire cuando el departamento externo llegó.
Luces blancas, cámaras, guantes de látex. Gente que no conocía la historia caminando por un lugar que antes había sido seguro. El cuerpo de Arturo ya no estaba, pero su ausencia pesaba más que su presencia.
—Cuéntenos exactamente qué ocurrió —dijo el sheriff, sin levantar la vista de su libreta.
Tony habló.
De la mujer misteriosa.
De la cita.
Del mensaje.
De la fiesta.
—¿Reconoció a alguien más esa noche? —preguntó el sheriff.
Tony negó con la cabeza.
—Solo una sombra… y una máscara.
Las entrevistas continuaron con los demás. Preguntas repetidas. Miradas largas. Silencios incómodos.
En el baño, Tony se apoyó en el lavamanos. Se miró al espejo. No veía al líder, ni al héroe. Veía a alguien que había vuelto a cometer el mismo error.
No debí mandarlo solo.
Se lavó las manos una y otra vez, como si la sangre fuera suya.
El sheriff ordenó que todos permanecieran en un área aislada del edificio.
—Hasta que terminemos —dijo—, nadie sale.
Algunos protestaron.
—¿Nos estás reteniendo? —Esto es absurdo.
La tensión creció rápido. Las miradas ya no eran de confianza.
—Esto ya pasó antes —dijo alguien en voz baja—. Alguien volvió.
Tony levantó la mirada.
Recordaron el ataque en la fiesta.
La alucinación.
La figura con máscara.
—Les dije que algo no estaba bien —dijo Tony—. Pero nadie me creyó.
Gunther se acercó a él.
—¿Crees que dejamos algo atrás? —preguntó en voz baja—. ¿Algo del pasado?
Tony no respondió.
Fue entonces cuando una mujer se acercó.
—Soy Nataly —dijo—. Asistente del sheriff.
Era joven, segura, observadora.
—Alguien dejó esto para ustedes dos —añadió, entregándole un sobre a Tony y Gunther.
Dentro había una sola hoja.
“El tiempo no curará esas heridas.”
Nadie habló.
—¿Qué significa? —preguntó alguien.
Tony cerró el papel lentamente.
—Que sabe lo que hicimos.
—Hay algo más —dijo un agente externo—. En la fiesta… Gunther llegó con alguien nuevo.
Las miradas se giraron de inmediato.
—¿Quién es ella? —preguntó Tom.
—Se llama Paola —respondió Gunther, tenso—. Y no tiene nada que ver con esto.
—¿Y si sí? —insistió Tom—. Nadie la conoce.
—Cuidado con lo que dices —gruñó Gunther, avanzando.
Tom dio un paso al frente.
Carlos se interpuso antes de que los golpes cayeran.
—¡Basta! —gritó—. Esto es exactamente lo que él quiere.
Navi levantó la voz.
—¡Silencio! —ordenó—. Nadie acusa a nadie hasta tener pruebas.
Todos callaron.
—Una mujer —continuó Navi— vino a advertirnos. Si hay alguien entre nosotros… aún no lo sabemos. Pero no vamos a destruirnos solos.
Tony asintió.
Pero algo dentro de él se agitaba.
Más tarde, caminaba solo por uno de los pasillos del edificio.
Las luces parpadearon.
—No… —murmuró.
Pasos.
Lentos.
Tony aceleró.
—¡Alto! —gritó, girando una esquina.
La figura apareció al fondo del corredor.
La máscara.
El mismo silencio.
Tony corrió.
El asesino también.
Giraron, bajaron escaleras, atravesaron puertas. Tony sentía el corazón en la garganta.
—¡Enfréntame! —gritó.
La figura se detuvo.
Tony también.
Por un segundo, nadie se movió.
La voz salió desde detrás de la máscara, baja, firme.
—Estoy más cerca de lo que crees.
La figura dio un paso atrás… y desapareció.
Tony golpeó una puerta con furia. El vidrio estalló.
—¡Maldita sea! —gritó.
Las alarmas comenzaron a sonar.
Cuando llegaron los demás, Tony estaba solo, respirando con dificultad.
—Se fue —dijo—. Y no vino a matar.
—¿Entonces a qué vino? —preguntó Gunther.
Tony miró el mensaje otra vez.
—A recordarnos que esto… —dijo— nunca terminó.