El Destripador De Wepaher 6

6x08:El juego del enterrado

El cuartel general estaba en silencio, pero no era calma. Era preparación.
Las luces permanecían encendidas como si nadie se atreviera a apagar nada, como si apagar una lámpara fuera darle permiso a la oscuridad de volver a entrar. Desde la muerte de Arturo, cada rincón se sentía contaminado.
Tony caminaba de un lado a otro con el ceño apretado, como si su mente no pudiera quedarse quieta ni un segundo.
—Esto no es un asesino cualquiera —dijo al equipo reunido—. Esto es personal.
Gunther lo observó.
—¿Sigues pensando que es Jeff?
Tony levantó la mirada.
—No sé cómo, pero sí… —dijo con rabia contenida—. Su voz. Su forma de hablar. La sonrisa. Todo.
Camila se acercó y tomó la mano de Tony un segundo.
—Lo que sea que sea… no estás solo —susurró.
Navi, firme como líder, levantó la voz:
—Nos organizamos ya. Si Chris y Emma siguen vivos, cada segundo cuenta.
Nataly, desde una esquina, miró a Tony como si quisiera decirle algo… pero se lo guardó.
Tony apretó los puños.
—La mujer misteriosa era la clave —murmuró—. Ella sabía quién era… y por eso la calló.
El celular de Tony vibró en ese momento.
Número oculto.
Todos se quedaron inmóviles.
Tony respondió con el altavoz activado.
—¿Qué quieres?
La respiración del otro lado fue lenta.
Y luego, esa voz grave, distorsionada, imposible… pero familiar.
—¿Listo para jugar, Tony?
La sangre se le heló.
—Devuélveme a mis compañeros.
La voz soltó una risa pequeña.
—Tú no das órdenes aquí.
La pantalla del celular mostró un enlace.
—Ábrelo —ordenó el asesino—. Y mira lo que hiciste posible.
Tony apretó los dientes y lo abrió.
La transmisión cargó.
Dos cámaras.
Dos imágenes.
Dos ataúdes enterrados.
Chris aparecía en una pantalla, encerrado, con tierra cayéndole encima de la cara. Respiraba con dificultad. Sus ojos se movían desesperados.
En la segunda cámara, Emma estaba igual: enterrada, golpeada, con la mirada llena de pánico. Intentaba gritar, pero el sonido era apenas un gemido ahogado.
Camila se llevó la mano a la boca.
—Dios…
Gunther sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.
Navi se acercó, con rabia y urgencia:
—¿Dónde están?
La voz volvió, igual de calmada.
—Uno de ellos vivirá. El otro… depende de ustedes.
En la pantalla apareció un contador.
05:00… 04:59… 04:58…
—¡Maldito! —rugió Tony.
La voz, sin prisa, dejó caer la primera pista:
—Uno está donde nacen las risas…
y el otro donde mueren los gritos.
La transmisión se cortó.
Pero el enlace se compartió solo.
Como una infección.
En segundos, las pantallas del cuartel comenzaron a llenarse con notificaciones. Dispositivos del equipo vibraron uno a uno.
—¡Se está transmitiendo en vivo! —gritó Tom.
Navi tomó una tablet y lo vio.
Una red social transmitía el mismo video.
Con un título horrible:
“¿DÓNDE ESTÁN LOS HÉROES AHORA?”
Tony sintió que el estómago se le hundía.
No solo era un secuestro.
Era un espectáculo para toda la ciudad.
Una ejecución pública… sin sangre visible.
—Nos quiere humillar —dijo Gunther.
—No —respondió Tony, con los ojos encendidos—. Nos quiere romper.
—“Donde nacen las risas”… —murmuró Navi—. Parque infantil.
—Y “donde mueren los gritos”… —dijo Gunther, pensando rápido—. El viejo teatro abandonado. Cerró hace años. Ahí no queda nada.
Tony levantó la mirada.
—Nos dividimos.
—No —dijo Gunther—. Si nos dividimos, perdemos.
Tony lo miró.
—Si no nos dividimos… mueren.
Navi tomó mando.
—Tony y Gunther al parque. Yo y Camila al teatro. ¡Ahora!
Camila asintió, tensa.
Nataly se acercó a Tony.
—Cuidado… —susurró—. No es una pista. Es una decisión.
Tony no contestó.
Solo corrió.
El parque infantil estaba vacío, pero no tranquilo.
Las cadenas de los columpios se movían aunque no había viento.
Tony y Gunther cavaron con desesperación en el punto marcado por una señal de madera que no recordaban haber visto antes.
El contador seguía en la mente de Tony como un disparo.
03:12… 03:11…
Gunther golpeó algo duro.
—¡Aquí!
Entre ambos levantaron la tapa del ataúd.
La abrieron.
Y el aire los golpeó con olor a tierra húmeda y sangre.
Chris estaba dentro.
Tosiendo.
Vivo.
Herido, pero vivo.
Sus ojos se abrieron con terror.
—¡Emma! —jadeó— ¿Dónde está Emma?
Tony retrocedió un paso.
Gunther lo miró confundido.
—Pensé… —murmuró— pensé que este era el de Emma…
Tony sintió que algo encajaba.
No como alivio.
Como horror.
—Esto… esto es el juego —susurró Tony.
Chris se arrastró fuera del ataúd, temblando.
—¡Está transmitiendo! —dijo con voz rota— ¡Todo el pueblo lo está viendo…!
Tony miró el celular.
La transmisión había mostrado el rescate.
Los comentarios explotaban en vivo.
Algunos aplaudían.
Otros se reían.
Otros pedían sangre.
La vergüenza era pública.
La derrota, viral.
Tony giró hacia Gunther, pálido.
—El otro ataúd… —dijo Tony— no debe abrirse.
Gunther frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
Tony tragó saliva.
—Porque si este era Chris… entonces Emma nunca estuvo donde pensábamos.
El contador seguía, despiadado.
01:45… 01:44…
Tony activó el comunicador.
—Navi, ¡ALTO! ¡No abran nada! ¡NO ABRAN EL ATAÚD!
Estática.
No se escuchaba bien.
—¿Qué? —se oyó la voz de Navi cortada— ¡Tony, estamos—
La comunicación se perdió.
Tony apretó los dientes.
—¡Maldición!
Miró a Gunther.
—No podemos arriesgarnos a que la abran.
Tony respiró con rabia y tomó una decisión.
—Carlos —dijo por radio—. Lleva a tres reclutas al teatro. ¡Ya! Pero con orden directa: no abran el ataúd si lo encuentran.
—¿Quiénes? —preguntó Carlos.
Tony miró el tablero de nombres.
—Raúl. Iván. Samantha. Ahora.
Gunther abrió los ojos.
—Tony…
—¡YA! —gritó Tony—. ¡ANTES DE QUE SEA TARDE!
En el teatro abandonado, las paredes estaban negras por humedad y abandono. El lugar parecía una boca abierta, lista para tragarse a cualquiera.
Carlos llegó con los tres reclutas.
Raúl iba adelante, con miedo pero decidido.
Iván, serio, nervioso.
Samantha apretaba el arma con fuerza, tragando saliva.
Encontraron el ataúd en el escenario, enterrado a medias en el suelo, como si la tierra lo hubiera parido.
Y ahí estaba el mensaje pintado arriba, con esa tinta oscura:
“ABRE Y VIVE.”
Raúl respiró agitado.
—Nos dijo que no lo abriéramos…
Samantha escuchó algo.
Un golpe desde adentro.
Luego otro.
Una voz ahogada… como un gemido.
Raúl se acercó.
—¡Emma…! ¿Eres tú?
Los golpes se hicieron más fuertes.
El contador marcaba:
00:37… 00:36…
Iván gritó:
—¡Se está quedando sin aire!
Samantha miró a Carlos desesperada.
—¡No podemos dejarla morir!
Carlos dudó.
Por un segundo.
Y ese segundo fue suficiente.
Raúl levantó la tapa.
—¡Emma, aguanta!
La tapa se abrió.
Y el mundo explotó.
Una luz blanca.
Fuego.
Un golpe que arrancó el aire del teatro.
El ataúd se convirtió en un infierno.
Raúl murió primero.
Iván fue lanzado contra una pared.
Samantha cayó envuelta en humo y metal.
Y Emma…
Emma no tuvo ni tiempo de gritar.
Tony llegó al teatro minutos después.
Demasiado tarde.
El lugar ardía. El humo salía por las ventanas rotas.
Navi estaba de rodillas afuera, con el rostro manchado de ceniza, temblando.
Camila estaba inmóvil, la cara pálida, como si acabara de ver el fin del mundo.
Chris llegó detrás, corriendo con dificultad… y cuando vio el humo, soltó un sonido que no era humano.
—No… —susurró—. No… por favor…
Tony se abrió paso.
Dentro, solo había restos.
Fuego.
Sangre.
Metal.
Y silencio.
Chris se desplomó.
—¡EMMA! —gritó.
Navi lo sujetó antes de que se lanzara.
—¡Chris, no!
Chris lloraba como si se estuviera deshaciendo por dentro.
Tony no podía respirar.
Gunther lo miró con odio y dolor.
—Te lo dije… —murmuró—. Nos está haciendo decidir quién vive.
Tony apretó los puños.
En su celular, la transmisión seguía.
El pueblo estaba viendo todo.
Comentarios en vivo:
“Los héroes fallaron.”
“WEPAHER es una mentira.”
“¿Y ahora quién nos protege?”
El asesino había logrado lo que quería:
No solo matar.
Hacerlos parecer inútiles.
Esa noche, Tony regresó al cuartel sin mirar a nadie.
No quiso abrazos.
No quiso palabras.
Subió a su oficina, cerró la puerta y se quedó quieto un momento, escuchando la respiración del edificio.
Entonces caminó hacia su escritorio.
Abrió un compartimento oculto, tan escondido que ni siquiera Gunther sabía que existía.
Dentro, envuelta en una tela oscura, estaba la piedra.
WEPAHER.
Tony la sostuvo con cuidado.
Su brillo parecía apagado… pero seguía viva.
Tony la miró como si mirara a un enemigo.
O a una herramienta.
—Si el tiempo quiere jugar conmigo… —susurró— entonces esta vez… yo también voy a jugar.
Y en la oscuridad de su oficina, por primera vez en días…
Tony sonrió.
Pero no era una sonrisa de paz.
Era una sonrisa de guerra.




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