La tarde parecía tranquila.
Demasiado.
Tony caminaba junto a Nataly por un parque lleno de gente, niños corriendo, parejas riendo, vendedores ofreciendo comida. La ciudad, por fuera, intentaba fingir que no estaba quebrándose por dentro.
Nataly sonreía como si nada pasara.
Tony también… o al menos lo intentaba.
Pero él no estaba ahí para divertirse.
Estaba ahí para vigilarla.
Para leerla.
Para mantenerla lejos.
—No creí que fueras de este tipo de lugares —dijo Tony, mirando alrededor.
Nataly lo observó de reojo.
—No creí que tú fueras capaz de tener una tarde normal —respondió ella.
Tony soltó una risa corta.
—Ya casi no puedo.
Nataly no dijo nada. Solo caminó despacio, como si cada paso tuviera un peso invisible.
Tony la miró de nuevo.
Su calma no era falsa.
Era cansancio.
Y eso lo inquietaba más que cualquier nerviosismo.
En el hospital, horas antes, Billy y Carlos habían hablado con Tony en voz baja.
—Tony… encontramos algo —dijo Carlos.
Billy tragó saliva antes de soltarlo:
—Nataly tiene registros… oficiales… de que estuvo en el hotel WEPAHER.
Tony se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
Carlos puso el archivo frente a él.
—La noche que todo comenzó. La noche en que tú, Gunther y Navi llegaron al hotel.
Tony apretó los dientes.
La mente le regresó a ese momento como una descarga eléctrica: el coche arrastrándose, el cansancio, el frío… la puerta del hotel abriéndose como una boca.
—¿Por qué…? —susurró Tony— ¿Por qué estaría ahí?
Billy negó lentamente.
—No lo sabemos. Pero si ella estaba ahí… entonces no llegó a nuestra vida por coincidencia.
Tony apretó la carpeta con rabia.
—Quiero saber la verdad.
De regreso al parque, Tony respiró hondo y habló con tono directo:
—Nataly… quiero preguntarte algo.
Ella lo miró, tranquila.
—Dime.
Tony sintió el corazón golpearle el pecho.
—¿Estuviste en el hotel WEPAHER… la noche que todo comenzó?
Nataly se detuvo en seco.
Por primera vez, su rostro cambió.
Sus ojos se endurecieron.
Y no por culpa.
Por miedo.
—No sé de qué hablas —dijo, aunque su voz no sonó firme.
Tony no la soltó con la mirada.
—No mientas.
Nataly tragó saliva.
—No puedo decirlo.
Tony apretó la mandíbula.
—¿Por qué?
Nataly bajó la mirada un segundo, como si estuviera eligiendo entre dos dolores.
—Porque aunque parezca culpable… no lo soy.
Tony dio un paso más cerca.
—Entonces explícame por qué estás aquí. Por qué te metiste en mi vida. En la organización. En todo esto.
Nataly levantó la mirada.
Y por un instante su voz dejó de ser la de una oficial.
Fue la de una mujer.
—Porque me gustas, Tony.
Tony se quedó frío.
—¿Qué…?
Nataly se acercó y, antes de que Tony pudiera reaccionar, lo besó.
No fue un beso largo.
Fue un beso desesperado.
Como si fuera una despedida.
Tony la apartó con suavidad, pero firme.
—No —dijo—. No hagas eso. Yo estoy con Camila.
Nataly respiró hondo, como si le doliera aceptarlo.
—Lo sé —susurró—. No puedo hacer nada con eso.
Tony la miró.
Ella sonrió apenas… pero era una sonrisa rota.
—Solo quería que lo supieras.
Nataly empezó a alejarse.
Tony la siguió con la voz:
—¿Entonces por qué no te vas? ¿Por qué sigues aquí?
Nataly se detuvo entre la multitud.
Y dijo sin voltearlo a ver:
—Porque hay cosas que todavía no entiendes.
Tony sintió el aire pesado.
Nataly lo miró una última vez.
—Cuida a Camila.
Y se perdió entre la gente.
Tony se quedó quieto, sintiendo que esa frase era una alarma.
No una recomendación.
Una advertencia.
En ese mismo instante, el teléfono de Tony vibró.
Era Gunther.
Tony contestó.
—¿Qué pasó?
Gunther habló rápido, con urgencia:
—Tony… encontraron cosas en su casa.
Tony sintió que el estómago se le caía.
—¿Qué cosas?
Gunther bajó la voz.
—Pruebas… una máscara. Documentos. Todo apunta a ella.
Tony cerró los ojos.
—¿Dónde estás?
—En el cuartel —respondió Gunther—. Tony, escucha… no puedo asegurarlo, pero—
Tony ya estaba corriendo.
—La encontraré.
Colgó.
Miró alrededor.
—¡Nataly! —gritó.
La gente lo miró como si estuviera loco.
Tony empujó entre cuerpos, volteó, recorrió con la vista cada rincón del parque.
Nada.
Ya no estaba.
Tony sintió un escalofrío.
Recordó la frase.
Cuida a Camila.
Su sangre se heló.
Tony giró y corrió hacia el hospital.
Mientras tanto, en la casa de Nataly…
Billy abrió un cajón que no parecía importante.
Pero al fondo, escondida detrás de papeles viejos, estaba.
Una máscara.
No cualquiera.
Una máscara como la del asesino.
Carlos retrocedió.
Chris se acercó, pálido, observándola como si fuera una bomba.
—No… —susurró Carlos—. No puede ser.
Billy sintió que el corazón se le aceleraba.
—Tenemos que llamar a Tony.
Chris ya estaba sacando su celular.
—¡Ahora! —dijo—. Esto lo cambia todo.
Billy miró alrededor.
Y vio algo más.
Un recorte de periódico viejo.
Una foto borrosa del hotel.
Y un titular:
“WEPAHER: LA NOCHE QUE CAMBIÓ TODO.”
Billy tragó saliva.
—Ella estuvo ahí… —murmuró—. Ella estuvo desde el inicio…
Chris apretó los dientes.
—Tony tiene que saberlo antes de que sea tarde.
En el hospital, Tony llegó jadeando.
Entró a urgencias, buscando con la vista.
Ahí estaba Camila.
En una cama, aún grave, conectada a máquinas. Pálida. Dormida.
Tony se acercó y le tomó la mano.
—Perdóname… —susurró—. Esto es por mi culpa.
Gunther y Navi aparecieron detrás.
—Tony… —dijo Gunther.
Tony se giró.
—¿Dónde está Nataly?
Gunther no respondió con seguridad. Solo apretó los labios.
—No lo sabemos.
Tony apretó el puño.
—Entonces sí es ella…
Navi dio un paso al frente.
—No tomes decisiones con rabia —advirtió.
Tony lo ignoró.
Miró a Camila.
Y en su mente solo escuchó esa voz falsa de Jeff…
“Tienes algo que me pertenece.”
En el cuartel, el equipo intentaba reorganizarse.
Habían reforzado puertas, puesto guardias, revisado cámaras.
Pero el miedo ya estaba dentro.
De pronto… las luces parpadearon.
Una vez.
Luego dos.
Y finalmente…
Oscuridad total.
—¡ALERTA! —gritó Navi—. ¡TODOS A POSICIONES!
El sonido de un disparo rompió la noche.
Luego otro.
Gritos.
Pánico.
Sombras moviéndose entre pasillos.
El asesino apareció en medio de la oscuridad como una pesadilla que caminaba.
Disparó a dos agentes que intentaron alcanzarlo.
Cayó uno.
Luego otro.
La máscara no mostraba emoción.
Solo avanzaba.
Gunther levantó su arma.
—¡ALTO!
El asesino alzó la mano… y arrojó algo al suelo.
Un dispositivo se encendió.
Una pantalla roja iluminó el pasillo.
Un contador.
02:00:00
Navi sintió que el aire se le iba.
La voz distorsionada llenó el lugar, fuerte, clara, enferma:
—Un nuevo juego comienza.
Tony, que acababa de entrar al cuartel desde el hospital, se quedó congelado.
La voz sonaba como Jeff…
Pero era demasiado perfecta para ser real.
Gunther miró a Tony, con el rostro destruido.
—Esto… apenas empieza.
El contador siguió bajando.
01:59:59… 01:59:58…
Y la oscuridad se tragó el pasillo otra vez.