El Devorador de Lágrimas

11

     —¿Qué...? ¿Qué sucede?

     —Ya has dormido los suficiente, mamá. Ya es necesario iniciar todo este proceso para que por fin seas feliz contigo misma y con las personas que te rodean, y espero que esta vez te comportes mejor. No quiero volver a dormirte.

     —¿Michael...? ¿Michael qué sucede? ¿Dónde estamos? ¿Por qué... estoy desnuda? —Su boca pronunciaba las palabras con labor forzada, como si cada una de ellas pesara una tonelada al salir y se volvieran a lo más profundo de su garganta. Balbuceaba con ambos ojos entrecerrados y el corazón que le latía a cuarenta por minuto, sosteniendo su alma entre le coma y la oscura habitación donde reposaba.

     —He escuchado tus súplicas y tus quejas, mamá. Tu rostro me dice que has vuelto, como siempre lo haces, saltando entre aquellos ojos que no dejan de mirarme, de fijarse en mí y culparme por todo lo que ocurre alrededor.

     —Michael... ¿De qué estás hablando? ¿Por qué me llamas mamá?

     —Pronto todo habrá terminado. En este lugar es muy sencillo recolectar lo que necesito para que todo salga como lo planeado.

     —Michael...

     —Debo prepararte para el traslado. Aquí no es seguro hacer nada. Pero antes... Debo hacerte feliz de la manera en la que más te agradaba, ¿No, mamá?

     Michael acercó al antebrazo de Rachel una ancha jeringa llena por dentro con un líquido espeso y amarillento. Rachel jamás notó de dónde la sacó, es más, no notaba muy claramente nada a su alrededor. Todo estaba borroso, girando sin sentido y multiplicándose en el aire. Por más que la castaña intentaba mover su cuerpo al menos con algún tipo de espasmo, ninguno de sus músculos parecía responderle, solo sus cansadas extremidades empezaban a revivir lentamente. 

     Su voz palidecía, sin fuerzas vitales para gritar, para hacerse notar a cualquiera que pasara cerca, ya que a pesar de no tener idea acerca de su paradero actual, aún guardaba la esperanza de seguir dentro de la ciudad. Rachel sintió la helada punta de la aguja penetrar su enjuto brazo, y un hincón que encendió su sangre le señaló que aquel líquido empezaba a abrirse paso entre sus defensas, pero justo antes de llegar si quiera a la mitad, ambos escucharon una puerta abrirse. Para mala suerte de Rachel, la puerta no tenía acceso directo con el lugar en donde se encontraban, pero al menos estaba cerca. 

     En aquel momento, su cuerpo reaccionó. Notó que tal vez aquella era su última oportunidad de escapar con vida de lo que sea que estuviese aconteciendo en aquel instante, y luchó. Luchó fuerte contra el veneno que corría por su torrente sanguíneo. Su corazón generó adrenalina, lo que la hizo despertar de golpe y marearse por la evidente falta de oxígeno. Michael dejó caer la jeringa con el violento movimiento, desparramando su contenido en el mohoso suelo. Esta vez, fue la puerta del sótano la que sonó tres veces, para luego abrirse y que la voz de su padre le llamase.  

     —¡Michael! ¡Michael!

     Patton se secó el sudor de la frente con ambos antebrazos, precipitadamente. Miró hacia arriba, hacia la puerta, y sin contestar se acercó a la escalera. Echó un último vistazo hacia Rachel, que al parecer se había desmayado luego de aquel repentino forcejeo. Tal vez el somnífero había funcionado mejor de lo que pensó, al menos la pequeña dosis que le otorgó. Subió sin mirar atrás, y sin mirar atrás cerró la puerta del sótano. Cruzó la cocina y entró en la sala de estar, donde dos detectives y un policía aguardaban pacientemente.

     Al momento que los oficiales mencionaron la desaparición de "una compañera de Michael", él sabía perfectamente que aquella era algún tipo de artimaña. Probablemente el idiota de Mondy sospechaba algo, así que mandó a algún novato con su criada latina para interrogar a Mathew, mientras que el cerdo gordo de Hunt, aquel maníaco que está obsesionado con cazar al devorador de lágrimas, debería interrogarme a Michael, tratar de simpatizar como sea con el chico y sacarle algo, lo que sea, acerca de lo que Mondy le haya contado. 

     Michael estaba seguro que Hunt no tenía ni idea de con quién estaba tratando y de qué tan cerca estaba de la persona que buscaba. Tal vez pensara que no está mirando a la cara al devorador, pero al menos tenía a Michael, respirando el mismo oxígeno en la misma sala, y para variar, con una víctima debajo de sus pies.  

     —En realidad señor Patton —interrumpió Rocha—, a mi compañero y a mí nos gustaría hablar con Michael en privado —señaló a Garb con el hombro—. Él es el detective Elijah Hunt. Él es el encargado de responder a cualquier pregunta que usted pueda tener, y también le hará un par de preguntas de protocolo. Nada de qué preocuparse.

     "¿Me van a interrogar estos payasos?". La mente de Patton se sentía insultada. Una latina de mierda y un idiota sin experiencia. Eso eran para el chico aquella pareja singular de pseudo detectives. Pero, ¿Qué busca Hunt al hablar con su padre? Michael no tenía dudas que Mondy lo había señalado a él, por el caso de Ariana, pero ¿Su padre? ¿Dónde cabía su padre en todo esto? ¿Es que acaso Hunt sospechaba algo que a Michael se le escapa de las manos?  

     —Bien, vamos a empezar por lo más sencillo, ¿Está bien, Michael? —Se adelantó Rocha mientras Garb observaba de cerca, una vez Hunt sacó a Mathew del lugar y lo llevó a la cocina.

     —Claro, no hay problema. —La sonrisa de Michael era disforzada, pero no era necesario tanto ajetreo con esos dos, o al menos Michael pensaba eso—. ¿En qué les puedo ayudar?

     —¿Qué tan de cerca conoces a Rachel Sweet?

     —¿Rachel? ¿Es ella la que se ha extraviado? —De pronto, la alfombra empezó a temblar. Pequeños tumultos se levantaban levemente, como a cinco centímetros del suelo. Subían y bajaban rítmicamente, entre dos o tres por segundo.

     —Sí, lamentablemente. Nos han dicho que la conocías muy bien. —¿Pero cómo no podían notarlo? Prácticamente la alfombra danzaba a sus pies—. ¿Puedes hablarnos un poco sobre ella?




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