El día cero

Capítulo 2

El humo seguía ahí al caer la tarde.

No había tormenta que lo arrastrara ni sol que lo disipara. Permanecía suspendido, inmóvil, como si la ciudad hubiera quedado atrapada bajo una campana oscura. Desde abajo, el cielo ya no era cielo: era una masa negra sin forma definida, demasiado baja, demasiado cercana.

Las calles comenzaron a vaciarse.

No por órdenes oficiales, sino por intuición. La gente regresó a sus casas con una prisa incómoda, mirando hacia arriba más de lo normal, como si temieran que el humo pudiera caer de golpe. Los comercios cerraron antes. El ruido habitual se apagó poco a poco, reemplazado por un murmullo tenso, expectante.

Desde los balcones, las personas observaban la ciudad transformarse.

El humo se deslizaba entre edificios, rodeaba antenas, abrazaba las fachadas. No manchaba. No dejaba residuos visibles. Simplemente ocupaba el espacio, robándole profundidad al mundo. Los colores parecían más apagados. Las luces, más débiles.

Algunos intentaron marcharse.

Las autopistas colapsaron en minutos. Bocinas, discusiones, motores sobrecalentados. Nadie sabía exactamente a dónde ir. El humo cubría todo, incluso a la distancia. No había dirección segura.

En los hospitales comenzaron a llegar los primeros casos: mareos, náuseas, episodios de ansiedad. Nada concluyente. Nada que activara protocolos. Los médicos miraban los monitores con desconcierto; los pacientes, con miedo contenido.

En los hogares, la televisión repetía el mismo mensaje con distintas voces. No hay motivo de alarma. Permanezcan en sus casas. La situación está bajo control.

Pero el control es una palabra frágil.

Al caer la noche, la ciudad se iluminó bajo el humo como un organismo enfermo. Las luces parecían flotar, difusas, irreales. Desde lo alto, debía verse hermosa. Desde abajo, se sentía asfixiante.

Algunas personas juraron escuchar cosas.

Susurros.
Ecos que no venían de ningún lugar concreto.
La sensación persistente de no estar solos.

Otros durmieron mal, sobresaltados, con el pecho oprimido y sueños densos, cargados de imágenes que no recordaban al despertar.

Y el humo… el humo seguía ahí.

No atacaba.
No se iba.

Solo esperaba.

Como si la ciudad fuera un cuerpo inmóvil, conteniendo la respiración, sin saber que ya había inhalado lo suficiente para no volver a ser la misma.



#198 en Ciencia ficción

En el texto hay: locura, zombies

Editado: 11.02.2026

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