El presentimiento no tuvo forma ni sonido.
No llegó como una idea clara ni como una revelación repentina. Fue una presión constante, un peso invisible instalado en el pecho de la ciudad. Algo que no podía explicarse, pero que todos sentían.
Era la certeza de que lo peor aún no había ocurrido.
Algunas personas despertaron con el corazón acelerado, sin haber soñado nada concreto. Otras se quedaron mirando al techo durante largos minutos, incapaces de levantarse. El cuerpo reaccionaba antes que la mente, como si reconociera una amenaza que todavía no se mostraba.
Los silencios se volvieron más densos.
Los teléfonos sonaban menos. Los mensajes eran breves, innecesarios. Nadie quería decir en voz alta lo que empezaba a sospechar. Nombrarlo parecía darle forma. Hacerlo real.
En ciertos edificios, los vecinos comenzaron a evitarse. No por desconfianza abierta, sino por intuición. Miradas que se apartaban. Puertas que se cerraban con más cuidado. La proximidad ya no ofrecía consuelo.
El humo seguía ahí, pero algo había cambiado.
No en su forma, ni en su densidad. Era una sensación distinta, como si el aire cargara una tensión nueva. Como si la ciudad estuviera conteniendo la respiración, esperando una señal para exhalar de golpe.
Algunos hablaron de sueños similares.
Calles vacías.
Cuerpos inmóviles.
Miradas sin conciencia.
Nadie sabía por qué soñaban lo mismo. Nadie quiso profundizar.
Las autoridades seguían guardando silencio. Las explicaciones nunca llegaban. Y en esa ausencia, la imaginación comenzaba a trabajar con brutal precisión.
El presentimiento creció sin pruebas, sin datos, sin confirmaciones oficiales.
Creció porque el miedo ya no necesitaba razones.
Porque cuando algo se aproxima lentamente, sin anunciarse, el instinto entiende antes que cualquier informe.
Y la ciudad, encerrada bajo un cielo que no avisó, empezó a sentirlo con claridad:
No quedaba mucho tiempo.
El Día Cero estaba cerca.