La calle no tenía nada de especial.
Era estrecha, gris, una más entre tantas que cruzaban la ciudad. Negocios cerrados, persianas a medio bajar, carteles viejos anunciando ofertas que ya no importaban. Un lugar que no merecía ser recordado.
Hasta que lo fue.
Gael Rivas llegó ahí por rutina, no por decisión. Una llamada de emergencia, imprecisa, como tantas en esos días. Persona desorientada. Posible crisis nerviosa. Nada que justificara el nudo en el estómago que sintió al bajarse de la ambulancia.
El humo hacía que el aire se sintiera más denso, más pesado. Gael ajustó la mascarilla, aunque sabía que no servía de mucho. Nadie sabía realmente si servía de algo.
La gente se mantenía a distancia.
Un hombre estaba de pie en medio de la calle, inmóvil. No gritaba. No pedía ayuda. Solo estaba ahí, con la cabeza ligeramente inclinada, como si escuchara algo que los demás no podían oír.
Gael dio un paso al frente.
—Señor, ¿me escucha?
No hubo respuesta.
Desde las ventanas, algunas personas observaban en silencio. Nadie bajó. Nadie intervino. El miedo había enseñado rápido a no acercarse demasiado.
Gael avanzó otro paso.
Fue entonces cuando notó el detalle que no encajaba: la rigidez del cuerpo. La forma antinatural en que el hombre sostenía los brazos. La ausencia total de respiración visible.
—Necesito apoyo —dijo por la radio, sin apartar la vista.
El hombre se movió.
No fue un gesto brusco. Fue lento, torpe, como si las articulaciones no obedecieran del todo. Levantó la cabeza, revelando unos ojos vidriosos, opacos, que no enfocaban nada.
Gael sintió el impulso de retroceder.
No lo hizo.
Se acercó un poco más, buscando signos vitales, buscando lógica, buscando algo que pudiera explicar lo que estaba viendo.
No sabía aún que había elegido la calle equivocada.
Porque en ese instante, mientras la ciudad seguía aferrada a su calma falsa, Gael estaba a punto de convertirse en testigo de algo que nunca debió existir.
Y el Día Cero, finalmente, estaba listo para comenzar.