El día cero

Capítulo 12

Gael levantó la mano con cuidado.

El protocolo decía distancia, evaluación visual, esperar refuerzos. Pero los protocolos habían empezado a fallar mucho antes de ese momento, y él llevaba años confiando más en su instinto que en manuales escritos para emergencias normales.

—Tranquilo —dijo, sin saber a quién se dirigía realmente—. Estoy aquí para ayudar.

El hombre dio un paso adelante.

Fue un movimiento torpe, desequilibrado, como si el suelo no respondiera igual bajo sus pies. Gael notó el sonido extraño que acompañó el gesto: un arrastre húmedo, irregular. La piel del hombre estaba pálida, casi gris, cubierta de una fina capa de sudor frío.

—¿Puede decirme su nombre?

Silencio.

Gael se agachó ligeramente, buscando una reacción, un parpadeo, cualquier señal de conciencia. Los ojos del hombre se clavaron en él por primera vez, pero no había reconocimiento. No había miedo. No había nada.

Solo vacío.

El presentimiento que Gael había ignorado durante días le golpeó de lleno.

Retrocedió un paso.

Demasiado tarde.

El hombre se abalanzó hacia él con una fuerza inesperada. No fue rápido, pero sí decidido, como si el cuerpo se moviera siguiendo una orden simple y brutal. Gael reaccionó por reflejo, levantando los brazos para protegerse.

El impacto fue seco.

Cayeron ambos al pavimento. El olor a hierro llenó el aire. Gael sintió un dolor agudo en el antebrazo, seguido de una presión insoportable. El hombre había mordido.

Un grito desgarró la quietud de la calle.

Los testigos se dispersaron. Ventanas que se cerraban de golpe. Pasos apresurados alejándose. Nadie volvió a grabar.

Gael logró zafarse con dificultad, empujando al hombre hacia atrás. Se levantó tambaleante, con la respiración desbocada, la sangre empapando su manga.

El hombre cayó al suelo… y no se levantó.

Gael lo miró, esperando algún movimiento, alguna explicación lógica que borrara lo ocurrido. Nada. El cuerpo quedó inmóvil, torcido en una posición imposible.

Por la radio, la voz de la central sonó distorsionada, lejana.

Gael no respondió.

Miró su brazo herido. Luego al cuerpo. Luego al humo suspendido sobre la calle.

Algo había cruzado una línea.

No era solo un ataque.
No era solo un paciente.

Era el primer contacto.

Y en ese instante, sin cámaras ni comunicados oficiales, la humanidad había dejado de estar sola consigo misma.



#198 en Ciencia ficción

En el texto hay: locura, zombies

Editado: 11.02.2026

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