Gael sabía reconocer a un enfermo.
Lo había hecho durante años, en accidentes, crisis, epidemias menores, desbordes humanos de todo tipo. Había visto cuerpos fallar, mentes quebrarse, dolores que no daban tregua. Nada de eso se parecía a lo que yacía ahora en el suelo.
El hombre no respiraba.
No había pulso perceptible.
No había respuesta neurológica.
Y aun así, minutos antes, se había movido.
—Esto no tiene sentido… —murmuró Gael, más para sí mismo que para alguien más.
Se acercó de nuevo, con cautela. El cuerpo estaba frío, demasiado frío para alguien que había estado de pie hacía instantes. Los ojos permanecían abiertos, opacos, fijos en un punto inexistente.
Gael revisó la herida en su brazo. La mordida era profunda, irregular, brutal. No parecía producto de un espasmo ni de un ataque de pánico. Había intención. Fuerza. Hambre.
Por la radio, la central insistía.
—Unidad treinta y cuatro, responda. ¿Cuál es la situación?
Gael tragó saliva.
—No… no está enfermo —dijo finalmente—. Repito: no está enfermo.
Hubo un silencio incómodo al otro lado.
—Explique.
Gael miró una vez más el cuerpo, buscando palabras que no existían.
—No hay signos vitales. Ninguno. Pero se movía. Atacó. Mordió.
Otra pausa.
—¿Está seguro de lo que está diciendo?
Gael cerró los ojos un segundo.
Lo estaba.
—Esto no es una emergencia médica común —añadió—. Necesito aislamiento inmediato. Y alguien que me diga qué demonios está pasando.
La respuesta nunca llegó.
La radio emitió un ruido estático y se apagó por completo.
Gael se quedó solo en la calle equivocada, con el cuerpo inmóvil frente a él y el dolor latiendo en su brazo. El humo seguía suspendido sobre la ciudad, indiferente, silencioso.
No hubo sirenas.
No hubo refuerzos.
Solo la certeza brutal de que lo que había visto no encajaba en ningún manual, en ningún diagnóstico, en ninguna categoría conocida.
Ese hombre no había estado enfermo.
Había estado muerto.
Y aun así, había caminado.
Gael dio un paso atrás, con el corazón golpeándole el pecho, entendiendo por fin lo que todos habían querido negar.
El Día Cero no era una posibilidad futura.
Ya había ocurrido.