El día cero

Capítulo 14

Los gritos no fueron inmediatos.

Primero llegó el silencio, espeso, irreal, como si la calle hubiera contenido la respiración junto a Gael. Luego, uno solo. Agudo. Desgarrado. Proveniente de una ventana en el segundo piso.

Después, otro.

Y otro más.

El pánico se propagó más rápido que cualquier explicación. Puertas que se abrían de golpe. Pasos apresurados en las escaleras. Voces superpuestas preguntando qué había pasado, qué había hecho ese hombre, por qué había sangre en el suelo.

—¡Cierren las puertas!

—¡No se acerquen!

—¡Llamen a emergencias!

Gael levantó la mano, intentando imponer orden, pero su voz quedó ahogada entre el caos.

—¡Retrocedan! —gritó—. ¡Mantengan distancia!

Nadie escuchaba.

Una mujer bajó corriendo, tropezó al ver el cuerpo inmóvil y soltó un alarido que atravesó la calle como una sirena humana. Un hombre comenzó a golpear una persiana cerrada, exigiendo que lo dejaran entrar. Alguien más vomitó en la acera.

El miedo había encontrado forma.

Gael retrocedió un paso cuando notó el primer movimiento.

No el suyo.
No el de los testigos.

El cuerpo en el suelo se estremeció.

Fue apenas un espasmo, un tirón seco de la pierna, pero bastó. Los gritos se multiplicaron. La multitud retrocedió como un solo organismo aterrorizado.

—¡Se está moviendo!

—¡No está muerto!

—¡Dios mío!

Gael sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

El hombre volvió a moverse, esta vez con más fuerza. Los dedos se cerraron contra el asfalto. La cabeza giró lentamente, con un crujido húmedo que heló la sangre de quienes lo oyeron.

Los gritos se transformaron en estampida.

Personas corriendo sin dirección. Empujones. Caídas. El orden social se rompió en segundos, reemplazado por un instinto primario: huir.

Gael gritó hasta que la garganta le ardió.

—¡Aléjense! ¡No lo toquen!

Pero ya nadie miraba a Gael.

Todos miraban al hombre que no debía moverse.

El cuerpo logró incorporarse con dificultad, tambaleándose, torcido, imposible. La sangre que manaba de su boca no parecía detenerlo. Sus ojos seguían vacíos, pero su cuerpo avanzaba.

Los gritos llenaron la calle, rebotaron contra los edificios, se elevaron bajo el humo negro.

Y en ese coro de terror, una verdad se hizo innegable:

La ciudad acababa de ver lo que nadie estaba preparado para aceptar.

El Día Cero ya no podía ocultarse.

Había comenzado a gritar con ellos.



#198 en Ciencia ficción

En el texto hay: locura, zombies

Editado: 11.02.2026

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