La sangre fue lo primero que todos vieron.
Roja, espesa, desparramándose lentamente sobre el pavimento gris. Un contraste violento, imposible de ignorar. No pertenecía solo al hombre que se movía como no debía, sino también a quienes habían estado demasiado cerca, demasiado confiados, demasiado humanos.
Gael retrocedió cuando el hombre dio otro paso torpe hacia la multitud que huía. El sonido de sus pies arrastrándose se mezclaba con los sollozos y los gritos que se alejaban. El miedo ya no tenía palabras; solo dejaba rastros.
—Detente… —susurró Gael, aunque sabía que no podía oírlo.
El hombre cayó sobre una persona que no logró escapar a tiempo. Fue rápido y brutal. Un empujón seco. Un cuerpo contra el suelo. Un grito que se cortó demasiado pronto.
La sangre comenzó a extenderse en un charco irregular, colándose por las grietas del pavimento, como si la calle misma la absorbiera. Algunos testigos se quedaron paralizados, incapaces de procesar lo que veían. Otros corrieron sin mirar atrás.
Gael quiso avanzar. Quiso intervenir. Quiso creer que aún había algo que hacer.
Pero sus piernas no respondieron de inmediato.
El hombre se incorporó con dificultad, dejando atrás un cuerpo inmóvil. Su boca estaba manchada de rojo. No mostraba emoción alguna. No parecía satisfecho ni enfurecido. Solo continuaba.
Ese detalle fue el más aterrador.
No había rabia.
No había dolor.
Solo una acción repetida, mecánica, impulsada por algo que no necesitaba conciencia.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos, demasiado tarde, demasiado débiles. La sangre seguía marcando el camino, señalando el lugar exacto donde la normalidad había muerto.
Gael miró su brazo herido. La sangre seguía brotando lentamente. No sabía si era suya o si ya no importaba distinguirla de la del resto.
Alzó la vista hacia el humo suspendido sobre la calle.
Por primera vez, no le pareció una consecuencia.
Le pareció un origen.
La sangre en el pavimento no era solo evidencia de violencia.
Era una advertencia.
La ciudad acababa de ser bautizada en rojo.
Y el Día Cero ya tenía su primera marca visible.