Las sirenas se acercaron por fin.
Dos patrullas y otra ambulancia doblaron la esquina con luces encendidas, pero sin la convicción habitual. Los agentes descendieron con cautela, evaluando la escena con armas desenfundadas que temblaban apenas lo suficiente como para delatarlos.
Gael levantó las manos.
—No se acerquen —advirtió—. No está…
No terminó la frase.
Uno de los agentes avanzó demasiado rápido. El hombre, cubierto de sangre y polvo, reaccionó con un movimiento brusco, desproporcionado. El disparo sonó como un trueno bajo el humo.
El cuerpo cayó.
Esta vez no se levantó de inmediato.
La calle quedó en un silencio absoluto, roto solo por la respiración agitada de quienes aún estaban de pie.
—¿Qué demonios es esto? —susurró alguien.
La radio de uno de los policías crepitó.
—Central, tenemos múltiples heridos. Posible alteración masiva del comportamiento. Necesitamos protocolo sanitario y…
La voz se cortó.
Estática.
—Repita, unidad —insistió el agente, golpeando el dispositivo.
Nada.
En los edificios cercanos, las luces comenzaron a parpadear. Primero una. Luego otra. El zumbido eléctrico se volvió irregular, como si la red estuviera fallando.
Gael sintió un frío distinto recorrerle la espalda.
No era solo el ataque.
No era solo el hombre.
Algo más estaba ocurriendo.
Los teléfonos dejaron de tener señal casi al mismo tiempo. Las pantallas mostraron mensajes de error. Las transmisiones en vivo que algunos vecinos habían iniciado se congelaron en imágenes borrosas: un cuerpo en el suelo, humo suspendido, personas corriendo.
En una sala de noticias, a kilómetros de allí, un presentador intentaba mantener la compostura frente a una cámara que empezaba a fallar.
—Estamos recibiendo reportes sin confirmar de incidentes violentos en distintos puntos de la ciudad. Las autoridades aseguran que la situación está bajo control, aunque…
La imagen tembló.
La señal se fragmentó en líneas horizontales.
El audio se distorsionó.
—…mantengan la calma y permanezcan en sus…
Negro.
En la calle equivocada, los agentes miraron sus radios muertos, luego el cielo cubierto de humo. No era solo un fallo técnico. Era sincronizado. Preciso.
Como si alguien hubiera decidido que ya no hacía falta informar.
Gael miró el cuerpo en el pavimento, el charco de sangre extendiéndose lentamente.
—No fue un incidente aislado —murmuró.
Porque si la transmisión se había interrumpido en todas partes al mismo tiempo, significaba una sola cosa:
No era la única calle equivocada.
Y el Día Cero acababa de quedar oficialmente fuera del aire.