El pánico no explotó.
Se propagó.
Comenzó como un murmullo que viajaba de edificio en edificio, de mensaje en mensaje, de mirada en mirada. Lo que pasó en la calle equivocada dejó de ser un incidente aislado cuando comenzaron a llegar reportes similares desde otros puntos de la ciudad.
Un hombre atacó a su esposa en un apartamento cerrado.
Una mujer mordió a un enfermero en una sala de urgencias.
Un paciente se levantó en la morgue.
Las palabras cambiaron.
Ya nadie decía desorientado.
Ya nadie decía crisis nerviosa.
Decían violento.
Decían incontrolable.
Decían imposible.
Los supermercados fueron desbordados. Carritos chocando entre sí. Gritos por botellas de agua. Puertas forzadas antes de que pudieran cerrarse. El instinto reemplazó cualquier norma social en cuestión de horas.
En las avenidas principales, algunos intentaron atravesar los bloqueos por la fuerza. Las discusiones escalaron. Los disparos comenzaron a escucharse con más frecuencia.
El humo seguía inmóvil, como un techo opresivo bajo el cual la ciudad se desmoronaba.
Las autoridades finalmente hablaron.
Pero ya era tarde.
El comunicado fue breve, impreciso, cargado de términos técnicos que evitaban lo esencial. Eventos de comportamiento extremo. Medidas de contención. Recomendación estricta de permanecer en interiores.
La palabra prohibida nunca fue pronunciada.
Eso no impidió que todos la pensaran.
En hospitales, el personal empezó a abandonar turnos. En estaciones policiales, algunos agentes se negaron a responder llamadas sin refuerzos suficientes. El sistema comenzaba a fracturarse desde dentro.
Gael, con el brazo vendado de forma improvisada, observaba la ciudad cambiar frente a sus ojos. Ya no era solo una escena aislada. El patrón era claro.
No había cura visible.
No había explicación oficial.
No había control real.
El pánico no necesitaba confirmación.
Solo necesitaba repetición.
Y cuando los primeros incendios comenzaron a iluminar la noche bajo el humo negro, la ciudad entendió que había cruzado un límite invisible.
El Día Cero ya no era un comienzo silencioso.
Era un grito colectivo.